Los valores que esta crisis necesita

La alcaldesa de Gijón, Ana González
La alcaldesa de Gijón, Ana González

Cada año por estas fechas, desde 1981, Asturias se convierte en el norte ético de una brújula orientada hacia los mejores valores del pensamiento, la creación, la investigación, el activismo social, la acción humana y, en definitiva, de cualquiera de los campos donde esta se despliega. Los Premios que hoy llevan en nombre de la Princesa de Asturias nacieron con ese propósito, e invariablemente lo han cumplido a lo largo de estas casi cuatro décadas. Cada otoño, la presencia en Asturias de los premiados y premiadas pone rostros y logros concretos a ese palmarés anual de la excelencia, y nos permite un contacto cada vez más cercano y enriquecedor con sus protagonistas.

 Pero, con todo, se produce cierto fenómeno que creo que merece una reflexión, sobre todo en las extraordinarias circunstancias que han convertido este 2020 en un año para la historia en su sentido más estricto y profundo: un momento en el que el curso de las cosas ha cambiado de forma radical, y que tendrá consecuencias duraderas, cuando no irreversibles, sobre las vidas de cada persona de este planeta, sin excepciones.

 El fenómeno del que hablo tiene que ver con el talante con en el que recibimos esas lecciones de ejemplaridad. Quizá por una sensación -cada vez peor fundada- de seguridad y de relativo bienestar social, tendemos a pensar en que los premiados y premiadas ofrecen respuestas excelentes a desafíos concretos, pero en cierto modo distantes; logros que se verifican en un laboratorio, en el estudio o el taller, en las aulas o en las bibliotecas, en el recinto de una cancha o un circuito deportivo… y que afectan a problemas abstractos a base de ser globales y a respuestas que no nos afectan de modo general o directo, que se refieren a colectivos concretos o a zonas del planeta que no tienen demasiado que ver con nuestro día a día salvo que seamos, a nuestra vez, científicos, deportistas, creadores o destinatarios de una determinada actividad artística, deportiva, cultural, científica o social.

 Naturalmente, no es así. Y menos en este momento. La pandemia de la covid-19 nos está mostrando de la forma más sensible y contundente que no hay asuntos globales que no lo sean a la vez locales, incluso domésticos y personales; que no hay colectivos aislados del resto; que la aplicabilidad de los talentos que reconocemos con estos Premios es y debe ser inmediata, Y, en definitiva, que los valores y actitudes que revelan en este admirable elenco se requieren para respuestas urgentes a cuestiones tan cercanas como cualquiera de las que pueda preocuparnos en nuestras vidas cotidianas. En este caso, ese problema común está bien claro: responder en todos los frentes, con firmeza y unidad, a la incertidumbre y los efectos de una crisis sanitaria, social y económica sin precedentes para nuestras generaciones.

 De ahí que la constancia y el rigor en el trabajo, el talento y la imaginación, la empatía, la audacia, la capacidad de sacrificio, la destreza, la visión de largo alcance que ameritan los galardonados puntúan más que nunca este año. Y quisiera resaltar que no se trata de cualidades aisladas, sino que todas ellas están conectadas de forma transversal e inseparable en cada uno de sus logros. Estos hombres, mujeres e instituciones han ejercido en una u otra medida cada una de esas formas de la excelencia: una fórmula que tenemos la obligación de intentar reproducir todas y todos en nuestros respectivos cometidos, los públicos y los privados.

 Dani Rodrik, sabiendo conectar el abstracto juego de los mercados y de las finanzas globalizados con sus efectos concretos y reales sobre las personas y las sociedades, y apotando una perspectiva multilateral para afrontarlos.

Carlos Sainz, haciéndonos hecho vibrar con su destreza, su deportividad, una tenacidad que no se rinde -tampoco con la edad- y que sigue transmitiendo su fuerza motriz a nuevas generaciones.

Anne Carson, universalizando la experiencia individual a través de un lenguaje poético que ensancha emociones y reflexiones y mantiene puentes tendidos entre las raíces clásicas de nuestra cultura y sus territorios de avanzada.

El talento combinado de Meyer, Daubechies, Tao y Candès, construyendo modelos que a su vez, construyen mundo, puesto que convierten la matemática en clave de ordenación y puente sensible hacia el universo que habitamos, con infinitas aplicaciones prácticas.

Los maestros Morricone y Williams, aportando un impulso titánico al viejo sueño del cine como arte total con composiciones que consiguen emanciparse de las imágenes y a la vez acompañar la película biográfica de todas y todos nosotros.

La Feria del Libro de Guadalajara y el Hay Festival, actuando como poderosos agentes de exhibición y difusión de la cultura escrita en tiempos en el que las letras, tristemente, se revelan también a menudo en un viral transmisor de todo lo que se opone a la cultura.

The Vaccine Alliance, llevando la vacunación a los lugares del mundo adonde las vacunas no llegarían de otro modo en un estimulante contraste con la frivolidad y los negacionismos de quienes sí podemos acceder a ellas, y con la codicia de quienes las consideran una mercancía o un arma de superioridad geoestratégica.

Y las mujeres y los hombres de la sanidad española, especialmente desde la pública, realizando un esfuerzo sobrehumano para luchar por nuestras vidas, y permitir así que su propia valentía, su saber y su saber hacer sigan también vivos en la nosotras y nosotros.

 En nombre del concejo entero de Gijón les doy las gracias a todos ellos por su ejemplo, y gracias a la Fundación Princesa de Asturias por recordárnoslo y hacerles justicia.

*Alcaldesa de Gijón.

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