Cada primavera, cuando abandono las montañas y vuelvo a Oviedo me vuelvo a enamorar de la ciudad: con sus cosas buenas y sus cosas malas. Ese Oviedín, que es mi Oviedín; esa gente, que es mi gente; volver a volver. Volver a volver a los mismos bares, volver a volver a los mismos lugares, volver a volver a ver la Catedral y decirle aquello que le decía Paco Rabal a la Maestranza en Juncal: «Buenos días, mi reina. ¿Has descansado bien? Y yo me alegro». 

Porque Oviedo nunca es tanto como en primavera, aunque septiembre se le puede parecer: con todas la gente morena y aún sabiendo a sal, y esas chicas que como avispas van de un lado a otro y esos chicos que se pavonean. La primavera es ese tiempo de anhelo al verano, donde te sientas con unos amigos y mientas echas un trago hacéis planes que nunca se cumplirán. Y la capital asturiana no es Madrid, pero bien se le podía aplicar esto que dice Garci de Madrid: «Esos días soleados y azul, vacaciones que, con tanta frecuencia, nos regala Madrid en primavera alta. Esas mañanas que traen ya en su aire tibio el perfume de las noches en vela a los estudiantes y de las madrugadas eternas a los artistas y bohemios».

Yo, que me pasé la adolescencia mirando todas las primaveras por un balcón que daba a Uría, y comentábamos y éramos felices con eso, con tan poco. Y estudiábamos, unos más y unos menos, y ahora, en tan poco, somos hombres de provecho buscando la felicidad, buscando aquel balcón y aquel momento por todo el mundo.

No hay nada que sepa mejor que el primer beso en primavera, esos amores que luego se traicionan en verano, porque no se puede luchar contra las chicas rubias y bronceadas, no se puede.

Y volver a volver, y volver a volver y volver a volver. De esto se trata la vida de odiar cosas y personas a las quieres, y hasta que no las pierdes no te das cuenta. Tropezamos tantas veces con la misma piedra que el pie se hace a ella, de esto va la vida. 

Y volver a casa; a la familia, que te recibe con los brazos abiertos; a los amigos, que siempre están aunque no estés; a esa novia que teníamos abandonada y se merece todo; a esos bares y restaurantes que son consuelo para la barriga y el alma. Volver a Oviedo en primavera, porque no se puede renunciar a la belleza.

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