Esta historia, ojalá fuese ficción y no realidad, que voy a contar en la columna me tiene a mí como protagonista. Al final, casi siempre que se escribe uno habla de sí mismo, pero dando rodeos. «Hablo de mí porque es el hombre que tengo más a mano», decía Unamuno.
Yo ya debía de estar vacunado hace unos cuantos días, pero por el momento sigo sin estarlo. Y no porque yo no quiera, eh, que conste: siempre con el progreso y la ciencia. Hay que ser un descabellado para no creer en las vacunas y sí, por ejemplo, en Jesucristo o en Miguel Bosé. Bueno, se crea en lo que se crea, como si se cree en nada, hay que estar trastornado para ser antivacunas.
Cuando a todos los de mi quinta les empezó a sonar el teléfono, un 984, y les emplazaban para la primera dosis, el mío seguía sin sonar. «Estate atento», «fijo que es que lo tienes en silencio y no te enteras», «igual no tienen bien tus datos». Todo esto y más me decían mi familia y amigos. Como si uno no supiese descolgar un teléfono o mirar las llamadas perdidas. Me sorprendió la poca confianza que tiene en mí la gente cercana, puesto que me dieron a entender que no era capaz de hacer una tarea tan sencilla y ensayada como atender una llamada.
Pasaban los días y todos mis cercanos, unos años arriba y otros abajo, eran citados para el pinchazo; todos menos yo. Me aseguré de que tenían mis datos correctos, mandé correos y llamé a infinidad de números de información y atención donde casi nunca me respondían, comunicaban o me salía un robot con el que era imposible razonar. Envié más correos y marqué a más números, hasta que se obró el milagro y contacté con una trabajadora del SESPA. Pero se cortó y tuve que volver a intentarlo unas cuantas veces hasta que lo logré. El lunes, milagro.
A todo esto, cuando consigo contactar con el servicio de salud ya han pasado casi dos semanas desde que han vacunado a los de mi edad. La señora, muy amable, me indica que algo habrá pasado con mi número de contacto y que no me preocupe, que lo mejor es que me apunte en la repesca de los de entre 40-49 años, busque donde haya hueco y vaya. Lo había en Gijón y allí me apunté: miércoles 28, 19.10 horas aprox. Parecía que por fin lo lograba.
El miércoles por la mañana, me llama un 984 y me dice que es de la vacuna y tal, le explico que tengo cita para Gijón ese mismo día y me dice que entonces listo, que vaya allí. A eso de las 18.00, tranquilamente, arranqué para Gijón, para el Palacio de los Deportes que es donde me habían citado, tan pichi. Aparco sin problema, espero una cola a la entrada del Palacio y cuando iba a pasar me pregunta un chico por mi edad y me dice que menores de 40 años no pueden pasar porque están poniendo Janssen. Le digo que tengo cita, le explico todo y me asegura que no pueden administrarme Janssen, que lo siente, pero que no vacunan con otras. Me aconseja que espere, que ya me llamarán. Así que al coche y vuelta para Oviedo, estamos en las mismas.
Aquí sigo, pendiente de una llamada para vacunarme que parece que nunca llega: la vacuna imposible. Y que a mí me da igual una que otra, la verdad, no voy a ponerme exquisito después de jugar al duro y beber en antros infernales. Quién me iba a decir que en mi caso lo más difícil del covid no iba a ser el confinamiento ni las restricciones, sino el lograr que me pinchen la vacuna. Sigo esperando.
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