Bodas, bodas. Y niños

Álvaro Boro

OPINIÓN

Una pareja de recién casados, él con kilt escocés, posa para su álbum de boda en la escalinata de la Plaza de España en Roma
Una pareja de recién casados, él con kilt escocés, posa para su álbum de boda en la escalinata de la Plaza de España en Roma FABIO FRUSTACI

03 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Durante la pandemia nos trataron de convencer con que íbamos a salir más fuertes y mejores -sí, seguro-, incluso muchos se creyeron esos cantos de sirena, y lo que está saliendo la gente es casada y con hijos. Desde que se abrió la veda a esta normalidad, que cada vez se parece más a la del 2019 pero no es igual, no hacen más que caer una boda tras otra. Apretujadas por los temas de agenda, y porque todo el mundo quiere casarse en las mismas iglesias y comer y bailar en los mismos «monisitios», las ceremonias se suceden una tras otra. Hay iglesias que salen a cuatro casamientos por sábado, cada vez se le hace más complicado cuadrar agenda al clero, no me extrañaría que algún sacerdote solicitara trabajar a turnos. Pero trabajar, la pela es la pela. No está la Iglesia para perder posición de mercado, que con todas las limitaciones, y la gente mayor con miedo y en casa, el cepillo no se llena.

En este verano un enlace tras otro. Y que llega el mal tiempo, que miren quién se quiere casar con frío y lluvia, y la cosa sigue. Un atasco de anillos, arras, madrinas, padrinos y testigos que se extiende año tras año. Que alguien pare esto, por Dios, porque entre la despedida, la ropa, el traslado, el regalo, la preboda, la boda y demás gastos sin fin que van surgiendo uno pasa los meses tiesísimo. La gente se está casando por encima de nuestras posibilidades, al menos, por encima de las mías. Ya veo a algún banco ofreciendo créditos para poder permitirnos ir a las bodas: por semana arroz, pasta y agua; el sábado boda en un palacio con foie gras y champán. Si se rompe esta burbuja sí que nos van a joder.

Al menos siempre nos queda el descanso de que en las bodas uno se tiene que emborrachar por educación, pero nunca antes de sentarse a la mesa. Acabar colgado del cuello de tu compañero de mesa, al que acabas de conocer y os han sentado lo más lejos posible, antes del entrante no es un buen plan, pero es una piedra con la que cualquiera podemos tropezar. Y lo de ligar está bien, la verdad, pero siempre que no sea con ninguno de los recién casados.