Las patatas fritas más caras del mundo son asturianas

La empresa gijonesa Deba Luxury Snacks se prepara para desembarcar en el mercado internacional con un aperitivo premium pero que «vuelve a los orígenes»

Presentación de las patatas fritas Deba
Presentación de las patatas fritas Deba

Redacción

Patatas fritas. Parece un punto de partida fácil, a partir de un producto cotidiano y un proceso de preparación sencillo, además de contar con el estigma de comida basura. Algo muy lejano a eso es lo que plantea Gabriel Cabana Pedreira, gerente de Deba Luxury Snacks, un gijonés que ha ideado una patata frita gourmet de agricultura ecológica, partiendo de la filosofía de «volver a los orígenes». Cultivan su propia patata y controlan todo el proceso desde que ponen el tubérculo en la tierra hasta que lo envasan. «Queremos que el cliente sepa que el producto es como si lo hubiera plantado él o se lo hubiera dado su abuela», explica Cabana. Actualmente la empresa  asturiana -también con nombre asturiano, Deba, por su hija-, que ofrece las patatas fritas más caras del mundo, se encuentra en negociaciones con los llamados mercados premium, integrados por zonas como los Emiratos Árabes, Reino Unido, as dos costas de los Estados Unidos, Asia o Sudáfrica. 

«En España se están vendiendo ahora mismo a un precio que ronda los 4 euros la caja grande, y 2 y pico la pequeña, según el establecimiento», explica el empresario, aunque eso no es todo. En su asalto al mercado internacional está recibiendo ofertas que elevan el precio de venta al público de la presentación grande -100 gramos- hasta los 20 dólares americanos. «Es la propuesta de precio que hemos recibido de algunas aerolíneas para venderlas en su clase business, como sería el caso de Turkish Airlines, entre otras», explica Cabana. La presentación pequeña -35 gramos- también estaría al alcance de los viajeros por unos 12 dólares.

En Asturias se pueden adquirir actualmente en un puñado de comercios de alimentos de alta calidad, que como explica el propio gerente están tratando de desmarcarse del término gourmet, ya que «actualmente se esta desvirtuando». Entre ellas están las tiendas de Coalla Gourmet; Delicatessen Antonio, en Avilés; y las pastelerías Camilo de Blas y Pomme Sucre, en Oviedo y Gijón respectivamente. «Donde hay mucho dulce siempre es fácil vender una pizca de sal», opina el responsable de Deba Luxury Snacks.

Su aspiración: dar de comer «rápido y bien»

Una de las aspiraciones de Gabriel Cabana es que con sus productos se coma «rápido y bien». «La gente tiene menos tiempo y a comer no le dan la importancia que tiene. El hecho de hacerlo en 10 minutos, comer cualquier cosa, de pie, etc. El primer mundo se encamina a comer rápido y mal», expone. Le encantaría ir evolucionando y que «en un mismo bocado se coman varias cosas diferentes que alimenten bien para que uno pueda seguir funcionando». También le gustaría aplicar estos principios a la patata frita para elaborar nuevos sabores que se saldrían de «los típicos». Para ese objetivo le encantaría colaborar con algún chef asturiano, como Nacho Manzano, para que le ayudase a crear «un sabor auténtico». «No es lo mismo echar unos polvos con aroma a queso o jamón que hacer una patata al ajo negro, u ofrecer una ración de especias para poner en un plato al lado y sazonar al gusto», comenta.

En su deseo de alimentar bien al cliente, buscó y rebuscó entre los productores hasta que encontró a uno que cultivaba una producto de calidad, que se adaptaba a su idea y que le maravilló. «Encontré a un auténtico fanático de la huerta. Se levanta a las 4 de la mañana para regar, cultiva en la luna adecuada, recoge las patatas a mano antes de la salida del sol para que no se sequen y se estropeen, las mete en un almacén a la temperatura y humedad adecuadas como si estuvieran en la tierra todavía, etc.», desarrolla Gabriel, agregando que además creó una técnica para elaborar el producto en frío. Según cuenta el estándar de las comercializadoras de patatas fritas es lavar el tubérculo con agua caliente para que pierda el almidón, que después se usará en harinas, piensos, etc. «Al perder ese almidón la patata no cruje o solo lo hace al principio. Él se lo ha currado con este proceso que permite que la patata cruja hasta el último bocado», comenta Cabana.

La historia detrás de la patata

Detrás de toda idea hay una historia y la de esta patata frita tuvo su origen hace casi 20 años, en un viaje que Cabana hizo a Reino Unido con unas bolsas de pipas y kikos como compañeras de travesía. En una reunión en casa de una amiga a la que acudieron varios ingleses se percató de que les encantaban esos aperitivos. «Se comían los kikos a dos carrillos, así que pensé que a esta gente había que traerles kikos», comenta. La idea quedó en standby durante muchos años en los que el empresario desarrolló su carrera profesional como comercial especializado en muebles de cocina. Hace unos años, en plena crisis del ladrillo, la idea de tomar el camino de los snacks regresó, pensando esta vez en darles un valor añadido basándose en su experiencia como comercial.  «Año tras año me venían los italianos con unos catálogos de cocina alucinantes, guapísimos. Las señoras se pegaban por esos muebles, aunque después la calidad no era la esperada ya que no tenían el estándar con el que trabajábamos los españoles. Nosotros íbamos intentando hacer la mejor cocina del mundo con un catálogo de birria y no nos comíamos un colín», recuerda. Cansado de esa dinámica  se dijo a sí mismo «vamos a bienvender lo que tenemos» y lo aplicó al mundo del snack.  

Regresó a Inglaterra e intentó vender kikos, pero no había una demanda porque los ingleses desconocían la existencia del aperitivo, y «crearla es muy complicado», así que lo desestimó. Se planteó tirar por las cortezas de cerdo, de gochu ibérico, porque «allí son muy apreciadas», pero por una serie de circunstancias no pudo ser así que pensó en el mercado de las patatas fritas. «Si no puedes con el enemigo únete a él. Allí comen patatas fritas de todos los tipos y sabores, y si querían patatas que no se preocupasen que yo se las iba a dar. Eso sí, si están hasta las narices de comer porquerías yo voy a llevarles una patata frita auténtica, buena de verdad», concluye Gabriel Cabana.

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