Por qué nadie va a lamentar la muerte de Charles Manson

«Soy el demonio y estoy aquí para hacer el trabajo del demonio», exclamó un joven llamado Tex Watson el 8 de agosto de 1969 a las puertas de la mansión de Roman Polanski, en Cielo Drive, al norte de Beverly Hills. Lo que vino después fue una de las peores matanzas que se recuerdan en EE.UU.


Tras el verano de 1969, Charles Manson pasó a ser el rostro del mal, la encarnación de la perversidad humana más extrema. A pesar de contar con duros competidores en el cargo, como el mismísimo Hitler, le ayudó a consagrarse como tal un batiburrillo de factores en el que prima, además del titular de la prensa de entonces, lo fascinante, hipnótico y despiadado de su persona, su doctrina propia del mejor predicador y una cuadrilla que, a lomos de una furgoneta vieja, se dedicó a seguirle obedientemente por la costa oeste de Estados Unidos. Topanga, Canyon, Malibu, Venice. Flotando en una burbuja de humo. Sexo, drogas de diseño, rock and roll; el encantador sueño hippie de la contracultura norteamericana que empezó a pudrirse cuando Manson, en un colocón que se convertiría en un delirio que le duraría toda la vida, comenzó a obsesionarse con sueños extraños, con premoniciones e instrucciones ocultas en las letras de las canciones de los Beatles.

Suena a secta y lo era. Un líder carismático, con el peculiar atractivo que aporta la admiración, y una puñado de adeptos con las neuronas secas prestos a seguir cualquier orden del jefe de la tribu. Todo eso era «La Familia». La matanza que les dio la gloria y a Manson una estancia perpetua entre barrotes hasta el último día de su vida se fraguó en un rancho cutre, un antiguo set de rodaje abandonado, en pleno desierto, en el que la comuna se instaló durante un tiempo. Los hechos sucedieron de la siguiente manera: avanzaba el 68 y Charles Manson, aspirante a estrella del rock, escuchaba obsesivamente a los Beatles; entonces, en plena curda, sugestionado por los acordes, el bochorno y el LSD, creyó distinguir un recado entre los acordes de Revolution 9. «Number nine, number nine, number nine...», le susurraba la canción. Buscó en la Biblia. Apocalipsis, capítulo 9. «El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó sobre la tierra; y se le dio la llave del pozo del abismo». «Right, right, right», repetía Lennon. Y él entendió «rise, rise, rise (álzate)». «Go Helter skelter, Helter skelter, Helter skelter», susurraba McCartney. No tuvo la menor duda: el cuarteto de Liverpool estaba intentando decirle algo.

Charles Manson decidió revelar sus sospechas a sus chicos un Año Nuevo, alrededor de una hoguera. Estaba seguro el líder de que se cocía en Estados Unidos una guerra racial entre blancos y negros que culminaría con un levantamiento de los segundos para instaurar un nuevo orden mundial. Pero claro, ellos eran blancos. Así que, para no morir en la batalla, debían esconderse en una ciudad perdida en el desierto («la llave del pozo del abismo») y observar desde allí. Algún día, el mundo se daría cuenta de que ellos eran realmente los elegidos.

Pero pasaban los días y el prometido holocausto, al que el hippie con pretensiones de mesías se refería como Helter skelter, no llegaba. Algo había que hacer. Un empujón, encender la cerilla. Eligió Manson Cielo Drive como cuna de la revolución y hasta allí, hasta el número 10.050, envió la noche del 8 al 9 de agosto de 1969 a sus acólitos más fieles: su mano derecha Tex Watson y sus tres «chicas», Patricia Krenwinkel, Susan Atkins y Linda Kasabian, las favoritas de la tribu femenina que se alternaba para compartir cama y mimos con Manson. 

La dirección postal escogida no fue casual. Se localizaba allí una vieja villa que había servido de residencia al productor musical Terry Melcher, a quien Charles Manson, empecinado en grabar un disco, nunca llegó a perdonarle sus múltiples desplantes. No le interesaba para nada lo que el expresidiario hacía con sus cuerdas vocales, ignoraba sus maquetas, harto de su insistencia. Rechazaba las invitaciones, los ágapes en la hacienda a base de galletas horneadas, lasaña y marihuana. Y Manson, resentido, prometió vengarse. No contó con que la mansión de Beverlly Hills había cambiado de dueños. En ella hacían vida aquel verano Roman Polanski y su impresionante y embarazadísima mujer, Sharon Tate.

El 8 de agosto, el director de cine se encontraba en Londres localizando exteriores para una película, El día del delfín, que nunca llegó a ver la luz. Eran días aburridos para su esposa, ya avanzada su gestación, hastiada de esperar y de pasar más tiempo sola que acompañada. Solía matar sus ratos muertos con Jay Sebring y amigos ricos varios, asiduos a las habituales fiestas que la actriz y el cineasta celebraban en su casa. Dos de ellos, además de Sebring, la acompañaban la noche de la tragedia: el actor y escritor polaco Wojciech Frykowski y su novia Abigail Folger, que llevaban unos días alojados en el 10.050 de Cielo Drive. En la propiedad se encontraban también el vigilante de la finca, William Garretson, y Steve Parent, un colega suyo de 18 años que se había pasado a saludar. Fue el primero a quién se encontraron los fieles de Manson. Tex había trepado a un poste telefónico y había cortado los cables, escalado al muro y accedido a la casa de un salto. En ese momento, Parent se disponía a abandonar el lugar en su Rambler blanco.

Antes de que le diese tiempo a pulsar el botón que abría el portalón, fue asaltado por un extraño, armado con un revolver en una mano y un cuchillo de caza en la otra. El joven suplicó, pero Tex no tuvo piedad. Le disparó a bocajarro hasta cuatro veces. La fiesta había comenzado. Fue breve, pero intensa. Dejó un escenario desolador, sembrado de vísceras y sangre, insoportable de analizar visualmente sin detenerse unos minutos para controlar la náusea. Presos de un subidón esquizofrénico, delirante, los discípulos de Manson acabaron con la vida de Sebring con siete puñaladas y un disparo en pleno cráneo. Tex le pateó el rostro varias veces durante su agonía; le rompió a puntapiés la nariz y la cuenca del ojo. Se ensañaron después con Frykowski, resistente y reacio a rendirse, a quien cosieron con 51 cuchilladas y remataron con dos disparos. Reservaron 28 golpes de puñal para su novia, Folger, que intentó escapar hacia la piscina y cayó rendida en el césped del jardín; y 16 para Tate, que no dejó de suplicar, incluso cuando se le cortó la voz, por la vida de su bebé. Fue apuñalada en el vientre, las asesinas remojaron sus manos en el líquido amniótico del feto, en su sangre, y se la bebieron a morro después. Ataron con una cuerda a Sebring y a Tate y los colgaron del techo. Empaparon una toalla con los fluídos del crimen y escribieron en la puerta de entrada: «Pig». Querían que pareciese una matanza racial -los activistas negros usaban frecuentemente este término para referirse a la gente de raza blanca-, pero el mensaje a Terry Melcher estaba ahí mismo. Delante de los ojos del mundo.

Cuando la casa se sumió en el silencio -Tex y las tres chicas de regreso al rancho-, Manson se presentó en el lugar para destruir cualquier prueba que pudiese involucrarlo en tal carnicería. Limpio el escenario, el trabajo estaba hecho, y sin embargo, seguía teniendo hambre. El estómago le rugía. Ni siquiera le había dado tiempo a digerir lo sucedido cuando, enfebrecido, seleccionó otro objetivo y decidió liderar él mismo una nueva masacre la noche siguiente. Fueron siete esa segunda vez, a pesar de que él se escabulló en el prólogo. Asesinaron brutalmente en el 3.301 de Waverly Drive a Leno, dueño de una tienda de comestible, y a su mujer Rosemary LaBianca. En su puerta, un nuevo mensaje: «Death to pigs». Y en el frigorífico, su firma: «Helter skelter».

Charles Manson nunca clavó el cuchillo en carne humana, no escuchó los lamentos desgarrados ni las súplicas. No olió el metal de la sangre fresca. Pero fue condenado a cadena perpetua. Sí lo hizo su cerebro, el lugar donde reside el mal. El resto -el cuerpo, sus chicas- fueron solo el instrumento. La semana pasada semana, abandonó la prisión de Corcorán para ser hospitalizado, gravemente enfermo. Este lunes se apagó. Sofocó el mal, 48 años después. Los malos -más tarde que pronto- también se acaban muriendo.

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