El maltrato que no sangra

Una víctima de violencia psicológica relata su calvario y la incomprensión del sistema: «¿Quién me arregla el corazón?»


redacción / la voz

«Un día cogí todas las pastillas, las de dormir y las otras, y me fui a la viña. Me vi allí sentada, bajo la lluvia, con las pastillas en la mano mientras me preguntaba para qué seguir». Aquel fue el momento límite de María, una víctima de violencia machista, una de esas que nunca han recibido ni una bofetada, pero que tienen la mente y el corazón taladrados por el sadismo de su agresor. Y, pese a todo, para María, aquella mañana en la viña no fue lo peor: «Lo peor viene cuando denuncias».

María está inmersa en un proceso judicial que se inició hace poco más de un año. Según relata, en medio de una relación ya muy deteriorada, una cuestión económica acabó con su expareja acantonada en su casa con un bidón de gasolina y la amenaza de quemarlo todo: la casa y el negocio. Tal vez también a ella. La Guardia Civil tuvo que sacarlo de allí detenido y ella, animada por su familia, dio ese paso que tanto cuesta, denunció: «Sentí un dolor enorme cuando puse la denuncia. Tan grande como el sentimiento de culpa y el miedo».

Ahora, más de un año después del incidente, María es capaz de analizar más fríamente los últimos años de su vida; cómo él la fue minando, minusvalorando su trabajo, alejándola de sus hijos, de sus amigos, insultándola, susurrándole al oído que sin él no era nada, ejerciendo un control enfermizo sobre su vida, aplicando humillaciones: «La mayoría de las mujeres que sufrimos esta violencia psicológica no somos conscientes de lo que pasa. Te lo dice la gente que te rodea, que cada vez es menos. Pero tú lo disculpas, dices que es cosa de su carácter, de la crisis, que pasa una mala racha... porque la dependencia es feroz».

Sin embargo, cuando María tuvo que declarar aquella noche, su discurso era mucho más disperso: «Estaba alteradísima, no era capaz de contestar a lo que me preguntaban. La verdad es que el guardia civil que me atendió fue muy amable, su serenidad fue muy importante para mí. Yo hablaba entre llanto y llanto». Por la mañana, en el juzgado, poco antes de la vista previa, el abogado de su pareja le pidió que retirara la denuncia. Pero no lo hizo. Consiguió una orden de alejamiento de 300 metros, aunque su vida no ha mejorado: «Porque una vez que denuncias es cuando él desarrolla todo su odio y cuando más riesgo corres».

Hasta ahora, la causa se ha visto alimentada por denuncias constantes que se van incorporando al expediente y que han impedido que se pudiera celebrar el juicio: reclamaciones económicas, denuncias por injurias... Ella también ha incorporado las suyas: como el día que le entraron en la finca saltando una tapia y le rompieron las cerraduras, pero no le robaron nada: «Mi vida es un infierno. En mi agenda ya no están las citas de mi actividad laboral; ahora solo hay pleitos y denuncias». 

«Solo quieren sangre»

Pero todas las declaraciones, los testimonios, el informe del Imelga que da fe de su situación psicológica, compatible con una realidad de maltrato psicológico arrastrada durante años, todo eso no ha servido de mucho. Hace unos días, María recibió un escrito del fiscal en el que, tras estudiar el expediente, entendía que no existían malos tratos continuados. Y, de todas las cosas que María puede relatar sobre su calvario, esta es la que más le duele: «Da la impresión de que la Justicia lo único que quiere es sangre». Dice María que cuando tienes un ojo morado o sufres una puñalada, la gente, el sistema, cree: «Pero la violencia psicológica sucede entre cuatro paredes y es muy difícil de demostrar, aunque puede ser peor. Una herida se cura, pero ¿quién me arregla el corazón, quién me quita el miedo que he padecido durante años?».

A medida que avanza el relato, la víctima incorpora aspectos de violencia de los que se oye hablar menos: la violencia económica, cuando el agresor incide sobre el patrimonio de la víctima a quien, en este caso, le sobraban posibles: «Pero me he visto en la obligación de pedirle cinco euros para poder bajar a comprar el pan»; o la violencia sexual: «De la que ni siquiera hablé en mi declaración por respeto a mí misma».

Ahora María trabaja en la recuperación de sus hijos, de su negocio y, sobre todo, de su autoestima. «La Justicia no me protege», asegura: «Solo pediría que se aceleren los trámites y que se destinen más medios para la formación de jueces y fiscales que atiendan igual a las que sangran por fuera y a las que sangramos por dentro».

«Sé que esto me va a traer consecuencias», dice la víctima

El relato de María es de aquellos que hacen que te revuelvas, incómodo, en la silla mientras ella abre los cajones de los recuerdos que pretende exorcizar: «Me decía que mi negocio era una ruina [y era mentira], que yo era una incapaz, que todo lo hacía mal. Me decía que era despreciable, que ni mis hijos me querían... y yo lloraba. En un silencio absoluto. Entonces me decía que utilizaba mis lágrimas contra él porque quería hacerle daño. Cuando me decía eso, me volvía loca». Es su relato. Probablemente, el juez habrá escuchado otro radicalmente distinto desde la parte contraria. El maltrato psicológico es prácticamente indemostrable. Un forense puede ratificar la herida en el alma, pero allí no hay huellas, ni restos de ADN.

La denuncia y el año que llevan separados no ha servido para que María haya estabilizado su vida, enfocada ahora a la batalla jurídica y velada por el miedo a que su agresor dé un paso más allá: «Sé que esto me va a traer consecuencias. Pero no quiero seguir callada. Quiero hablar por mí y por las mujeres que sufren esta violencia. Por las que mataron y no pudieron hablar». Cuenta cómo en los últimos años él entraba en su correo, en su móvil, decidía sobre su agenda buscando siempre su aislamiento, controlándolo todo, a qué médico podía ir, qué zapatos se tenía que poner... «¿Cómo puede ser que no se aprecien los malos tratos?», se pregunta.

«Lo malo es que, después de todo, aún te enfrentas a gente que te dice que tú tienes la culpa por haberte dejado maltratar. Él ya no está pero tú sigues siendo la culpable. La verdad es que la mayoría callamos por vergüenza; porque sentimos vergüenza de habernos dejado maltratar. Pero yo ya no me callo».

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