Las lecciones que aprendimos de los Corleone

En marzo de 1972, Nueva York vivió el estreno de un hito de la historia del cine. Tan fresca 45 años después, la ciudad le rendirá homenaje en abril en el Festival de Tribeca

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Hay huecos imposibles de llenar. Como el inmenso espacio que dejó Marlon Brando. O ese, tal vez más pequeño, pero quizás más doloroso, que quedó tras John Cazale. El próximo 29 de abril, Don Vito y su hijo Fredo se perderán el homenaje que el Festival de Tribeca rendirá a la familia Corleone en el Radio City Music Hall de Nueva York.Porque El Padrino cumple 45 años este mes, y el certamen creado por uno de los suyos, Robert de Niro, juntará a lo que queda de la familia cinematográfica. Al Pacino, James Caan, Robert Duvall, Diane Keaton y Talia Shire. Y, por supuesto, Francis Ford Coppola. No todos ellos han sobrevivido a estas cuatro décadas y media con la misma salud. La película, afortunadamente, sigue igual de fresca. Y gana peso con cada visionado, como si a pesar de las anécdotas mil veces contadas, de las citas mil veces repetidas, de las escenas aprendidas de memoria, todavía quedasen capas de El padrino por descubrir.

Son solo negocios

Que Coppola no era la primera opción de la Paramount para dirigir El Padrino forma parte de la leyenda de la película. Y que tenía una notable deuda por producir la primera cinta de su amigo George Lucas, también. Deuda que le animó definitivamente a embarcarse en la aventura de adaptar el novelón de Mario Puzo, que ya había sido un éxito. Con un presupuesto de unos 6 millones de dólares de la época, la película reventó la taquilla en el año 72.

Batió récords, superó a Lo que el viento se llevó y sigue haciendo caja casi medio siglo después. ¿Tendría razón Michael y eran solo negocios? Varias ediciones especiales, videojuegos, y probablemente la tercera parte de la saga demostrarían que sí. La respuesta de un público entusiasta, de la crítica internacional, y el aplauso que aún recibe de espectadores que la descubrieron mucho más tarde confirma que, en realidad, es mucho más. En el fondo, sí es algo personal.

La tercera entrega

«Mira lo que han hecho con mi hijo», se quejaba Vito a Bonasera, con Sonny acribillado tendido en la mesa de la funeraria. La legión de seguidores de los Corleone podrían decir lo mismo a Coppola por culpa de El padrino III. ¿Era necesario semejante cierre después de presentar no una sino dos obras maestras? ¿Merecía Michael este final después de la oscurísima segunda parte? La pregunta, en realidad, puede aplicarse también a Al Pacino. Tocado por la varita de Coppola, como Duvall o De Niro, y elevado a la categoría de icono, Pacino ha ido subiendo peldaños en la escalera de la sobreactuación, casi al mismo ritmo que lo hacía Michael en la tercera película de la saga. Aunque maravillas de los 70 como Serpico o Tarde de Perros redimen a cualquiera, incluso a Tony Montana.

Peor le ha ido a James Caan, al que apenas recordaremos, más allá del salvaje Sonny, por sufrir a manos de Kathy Bates en Misery. Ironías de la ficción, acabaría dirigiendo un muy familiar casino, el Montecito, en la serie Las Vegas. ¿Qué ha sido de Connie? La hermanísima de Coppola, Talia Shire, creció con su personaje a lo largo de las tres películas. Y es imposible separar su imagen de Adrian, la chica de Stallone en Rocky.

Mejor suerte ha tenido Robert Duvall. El más veterano de los actores de la saga ha consolidado, a sus 86 años, una reputación como secundario de lujo. Y hasta tuvo el valor de embarcarse con Coppola en la odisea de Apocalypse Now para regalarnos al zumbado coronel Kilgore esnifando napalm.

Como consolidada está la carrera de Diane Keaton, la musa de Woody Allen, y una de las que mejor ha sabido librarse de la carga de haber sido parte de un icono del cine. Ella es más Annie Hall que Kay, y eso le ha permitido dejar atrás ese papel.

Cabría recordar más que a nadie a John Cazale, que bordó cada papel de su brevísima carrera. Como Fredo, en los dos Padrinos. En Tarde de perros, en El cazador. Solo cinco películas, pero qué películas. Cazale no estará en Tribeca. Tampoco Brando. Tal vez los dos aparezcan en algún flash back memorable en la cabeza de Coppola, que sigue buscando todavía esa chispa que demuestre que aún es el hombre que dirigió una de las mejores películas de la historia del cine.

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