La llave del Santo Sepulcro

La hostilidad en el templo de Jerusalén es tal que desde hace siglos la llave de la iglesia está en manos de dos familias musulmanas, para evitar problemas


«Esta es la llave», me dijo el señor Joudeh sonriente. «Puede cogerla, si quiere».

Como estos días pasados, era Semana Santa en Jerusalén. La llave en cuestión era la que abría el portalón de la iglesia del Santo Sepulcro, el templo que se levanta sobre el lugar donde, según la tradición, fue crucificado y enterrado Jesucristo.

Esa iglesia se la reparten cinco confesiones cristianas distintas: ortodoxos griegos, católicos, coptos etíopes, coptos egipcios, armenios. Es un arreglo complicado y proclive al conflicto. El lugar exacto de la crucifixión, por ejemplo, es greco-ortodoxo, pero, cinco metros más allá, el del enclavamiento es católico. Algunos puntos concretos -una columna, el escalón de una escalinata- son causa de disputas poco ecuménicas que, en ocasiones, acababan a bofetadas.

Yo mismo presencié en cierta ocasión cómo los coptos etíopes se liaban a golpes con los coptos egipcios; todo porque un egipcio, buscando la sombra, había colocado su silla unos centímetros más allá de dónde le correspondía. La cosa acabó con once monjes en el hospital, uno de ellos en coma. Otra pelea estalló porque un greco-ortodoxo se había dejado abierta la puerta que da a la capilla de los franciscanos. En el 2008, cuando una procesión de armenios y otra de griegos se cerraron el paso mutuamente, incluso tuvieron que intervenir los antidisturbios. Hubo heridos en abundancia y dos monjes armenios salieron esposados camino de la comisaría.

Lo curioso es que estas distintas iglesias cristianas se llevan bien en el resto del mundo, pero hay algo en el aire de Jerusalén que parece que despierta el rencor y la intolerancia, como si a esta ciudad la hubiese maldecido alguien.

El caso es que la hostilidad en el Santo Sepulcro es tal que desde hace siglos la llave de la iglesia está en manos de dos familias musulmanas, para evitar problemas. Todos los días, a las cuatro de la madrugada, un miembro de la familia Joudeh y otro de la familia Nusseibeh llaman al portalón de la entrada y los frailes que duermen en el interior les pasan una escalera de madera por un ventanuco. El señor Nusseibeh sube a la escalera y el señor Joudeh le pasa la llave para que abra. A las siete y media de la tarde la ceremonia se repite al revés, y la llave que abre el templo más importante de la Cristiandad vuelve a dormir en una casa del barrio musulmán.

Esta era la llave que me había animado a coger el señor Joudeh, a quien había ido a entrevistar para el clásico reportaje sobre la Semana Santa de Jerusalén. La cogí. Era de hierro colado, de unos treinta centímetros, con un mango triangular y el otro extremo cuadrado. Pesaba bastante, más de lo que parecía a simple vista.

«¿Puedo hacer una copia?», pregunté en broma. El señor Joudeh torció el gesto: «¿Por qué tienen todos ustedes que hacer ese mismo chiste?».

Ya puestos, le pregunté entonces acerca de la familia Nusseibeh, sus compañeros en la custodia de la llave. Había en Jerusalén quien decía que era a ellos, y no a los Joudeh, a quienes les había sido confiada en principio. ¿Era cierto?

«Tonterías», respondió un poco picado. «Lo que pasa es que la nuestra era una familia de sheiks. No se iban a poner a subir por una escalera de madera como si fuesen pintores de brocha gorda. Por eso contrataron a los Nusseibeh, para que hiciesen ejercicio».

No pude evitar preguntarle entonces si entre ellos se llevaban mal. Hubo un breve silencio y entonces respondió con cautela: «Por supuesto que no. Solo tenemos nuestras peleíllas. Ya sabe usted… Lo normal por aquí».

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