«El terrorismo de ISIS es atroz e inexcusable, pero no estamos exentos de culpa»

La estudiosa de las religiones insiste en que «no deberíamos desdeñar la religión porque ha sido una fuerza mayor en la humanidad», y aboga por «la comprensión y la compasión», más allá de la tolerancia

Karen Armstrong
Karen Armstrong

Redacción

Apenas unas horas después de conocer su designación como Premio Princesa de Ciencias Sociales de este año, la escritora y estudiosa de las religiones británica Karen Armstrong se presta a través de su editorial española, Paidós -con quien ha publicado varios de sus libros, entre ellos su más reciente traducción al español, Campos de sangre (2015)- a responder un cuestionario vía correo electrónico. Lo hace con generosidad.

-Hace siglo y medio Niezstche dijo: «Dios ha muerto». Eso no hay forma de comprobarlo. Pero sí el hecho de que, con Dios o sin él, la religión no ha muerto. Ni siquiera en el laicizado mundo occidental...

-La existencia de lo que podríamos llamar «Dios» no es algo que pueda probarse empíricamente pero es verdad que la religión no está muerta en el mundo moderno. En el norte de Europa, parece que estamos encantados con nuestro secularismo pasado de moda. En cualquier otro lugar del mundo la religión está, ciertamente, muy viva y en buen estado… especialmente en los Estados Unidos. El ser humano ha sido llamado Homo Religiosus. La religión ha sido siempre un factor de la vida humana y, por lo tanto, es esencial comprenderlo correctamente, porque no va a desaparecer del mapa. 

Después de la Revolución Islámica de Irán en 1979, un frustrado funcionario del Departamento de Estado estadounidense exclamaba: «Pero ¿a quién le importaba la religión?» Si el Departamento de Estado se hubiese molestado en aprender un poco más sobre el Islam shií y su papel en Irán, los Estados Unidos se hubiesen ahorrado muchos vergonzosos y gravosos errores durante la Revolución. Se puede no ser religioso, pero la religión es uno de los factores que tenemos que comprender en cualquier región junto con los políticos, económicos, culturales y medioambientales. Por desgracia, los agentes de la política occidental no se han tomado la molestia de considerar seriamente la religión y verla como la compleja actividad que realmente es… Y ese desdén ha contribuido, con certeza, a nuestros problemas actuales. 

-¿Cuál diría que es la esencia del sentimiento religioso, a través de los tiempos y las culturas?

-La trascendencia. Nuestras mentes están construidas de tal manera que tenemos experiencias que van más allá de lo mundano. Nos sentimos elevados más allá de nosotros mismos, tocados en lo más hondo, sentimos que estamos habitando nuestra humanidad con más plenitud de la usual. Buscamos esas experiencias fuera de nosotros -en la música, el baile, el sexo, el deporte, el arte… y en la religión. El impulso religioso está también arraigado en el dolor, en el sentimiento de que algo está radicalmente equivocado. A diferencia de otros animales, nosotros, los humanos, debemos vivir con el espectro de nuestra mortalidad y encontramos eso muy difícil de sobrellevar. Nos atribulan además la injusticia, los abusos, los desastres naturales. Debido a la pequeñez de nuestros cerebros, necesitamos construir significados en nuestras vidas para no caer fácilmente en la desesperación. Para eso hemos creado las religiones -a la vez que hemos creado las obras de arte- que dan a nuestras vidas significado y valor, siquiera por un tiempo.

-¿La religión como una forma del arte?

-De hecho, la veo de ese modo. La religión siempre se ha expresado mejor a través del arte -en la música, la poesía, la canción, la danza, la arquitectura, la pintura o la escultura- y resulta mucho peor cuando trata de expresarse a través del discurso lógico, racional. La teología es poesía -la expresión de una verdad que no puede ser expresada de ninguna otra manera. En el mundo moderno, de todos modos, hemos tratado de probar que nuestra teología es empíricamente cierta o la hemos desechado porque, claramente, no lo es. La palabra «mito» ha cambiado su significado. Ahora significa algo que no es verdad: un político, acusado de un crimen de su vida pasada, dirá que es un mito, que nunca ocurrió. Pero tradicionalmente un mito era algo que había sucedido, en algún sentido, una vez, pero que sucede todo el tiempo. Expresaba una verdad esquiva e intemporal, no un hecho histórico o una realidad susceptible de ser probada científicamente. 

-Cuando muchos plantean aún el reto de la tolerancia hacia otras culturas y religiones, usted pide que vayamos más allá, hacia la compasión y la comprensión. ¿Es eso posible, en un mundo donde la religión se utiliza como coartada para la violencia?

-No me gusta nada la palabra «tolerancia». Proviene de una raíz latina que significa «aguantar, soportar algo». Es el lenguaje del vencedor: nadie quiere ser «tolerado» en ese sentido. Y la palabra tiene una historia horrenda. El filósofo británico John Locke hizo de ella una virtud ilustrada; pero en su Ensayo sobre la Tolerancia, dijo que el Estado liberal no debería tolerar ni a los musulmanes ni a los católicos. Hoy necesitamos movernos desde la tolerancia al respeto. Debemos reconocer que compartimos el planeta, no con inferiores a los que podemos o no «tolerar», sino con iguales.

-Y «comprensión» va aún más allá que mero «respeto».

-Sí, ciertamente necesitamos «comprensión», porque a menos que «comprendamos» lo que hay realmente en las mentes de nuestros vecinos y enemigos globales (no solo de que asumamos meramente que están ahí), no tendremos esperanza de resolver nuestros problemas actuales. Y la compasión no significa cálido y tierno afecto. Viene también de una raíz latina que significa «sentir o aguantar algo con otro». Necesitamos ponernos en la piel de los otros y ver las cosas desde su punto de vista. Se resume en la Regla de Oro que se ha formulado en todas las tradiciones religiosas: «Nunca trates a otros como no te gustaría que te tratasen». Y eso requiere que miremos en nuestros propios corazones, descubramos lo que nos causa dolor y luego rechacemos bajo cualquier circunstancia cualquier cosa que inflija daño a cualquier otro. Es algo que no hemos hecho en el pasado. Los gobiernos occidentales, por dar un ejemplo, han apoyado en la mayoría de los países musulmanes regímenes que no permitían a su pueblo libertad de expresión; algo que ellos nunca tratarían de imponer a sus compatriotas. A menos de que nos aseguremos de que todas las gentes, sean quienes sean y nos gusten o no, obtengan el trato que esperaríamos para nosotros, el mundo, sencillamente, no va a ser un lugar viable. 

-En libros como Campos de sangre argumenta frontalmente contra el lugar común de que históricamente la religión es la raíz de todo tipo de violencias. ¿Cuál es su argumento central en contra de ese tópico?

-Hablas de lo que los estudiosos llaman el «mito de la violencia religiosa» que se desarrolló durante la Ilustración como una parte esencial de la secularización del estado. Pero es una falacia. Los historiadores militares nos cuentan que nunca se va a una guerra por una sola razón. Hay siempre muchos factores implicados, junto a una ideología: económicos, territoriales, políticos, culturales y sociales. Del mismo modo, los expertos en terrorismo insisten en que, sea cual sea su motivación ideológica, el terrorismo es siempre político de una forma que le es inherente: va sobre cambiar el status quo, forzar a un gobierno a aceptar o rechazar una política. Los sentimientos religiosos están ciertamente involucrados en la actual oleada terrorista, pero hay otros factores también: la frustración política, una sensación de injusticia, el ser testigos del sufrimiento de los musulmanes a lo ancho del mundo, al tiempo que elementos políticos, como Palestina. Bin Laden fue muy claro sobre sus preocupaciones políticas: Palestina, la política occidental en Oriente Medio y el régimen saudí. De modo similar, ISIS es una mezcla de secularismo degradado y religiosidad pervertida: muchos de sus líderes eran generales en el ejército de Saddam. Son seglares, socialistas del partido Baaz. Si culpamos a la religión de nuestros actuales problemas ignorando esos otros factores, no estamos enfocando el problema racionalmente y estamos, por tanto, condenados al fracaso. 

-Esperamos de otras religiones, especialmente el Islam, que repita nuestro camino a través de la Ilustración y la laicización. ¿Cree que eso es posible, o cada religión y cultura debe hallar sus propios procesos para «ilustrarse»?

-Cada país debería avanzar en sus procesos de modernización por su propio camino. Una cosa es adaptarse a la economía moderna que nosotros mismos hemos creado y otra muy distinta asumirla y asumir sus normas como la imposición por la fuerza de algo importado del extanjero. La secularización en el mundo musulman se ha aplicado a menudo de una forma cruel. Los líderes reformistas tenían que hacerlo a toda velocidad y la población no comprendía lo que estaba sucediendo. Bajo el régimen de los Shahs de Irán, por ejemplo, la gente era asesinada o apresada por no vestir ropas occidentales o por hacer la peregrinación del Hajj. Esto no solo dio mala prensa al secularismo sino que también ayudó a fomentar el extremismo religioso. Pero no hay marcha atrás en este reloj. La irrupción masiva de la modernización ha dejado cicatrices y dañado comunidades, y ahora estamos sintiendo y viendo algunos de los resultados.

-¿Y al revés? ¿Deberíamos nosotros dar algunos pasos atrás, repensar nuestro rechazo hacia la religión en la esfera pública, reconsiderar sus posibles valores políticos o sociales?

-No hay necesidad de hacerlo. Pero no deberíamos alardear de nuestras instituciones políticas como si fueran perfectas e irrefutables. No lo son. Tampoco deberíamos desdeñar la «religión», porque como hemos visto es y ha sido siempre una fuerza mayor en la humanidad. Necesitamos reconocer el hecho de que nuestra arrogancia ha sido muy dañina, y ahora estamos cosechando algunos de los resultados de esa actitud. Esto no significa que el terrorismo sea excusable. Son atrocidades criminales y crueles. Pero debemos comprender que no estamos exentos de culpa… y recordar que, con mucho, el ISIS ha matado a más musulmanes que a occidentales, aunque nunca los mencionemos. Y esto se percibe en el mundo musulmán: damos la impresión de que consideramos unas vidas más valiosas que otras.

-Su Carta de la Compasión, ¿cree que ha sido escuchada, que ha encontrado eco en las autoridades e instituciones religiosas? 

-Sí, en el mundo musulman. No en Occidente, donde la mayor parte de la gente que se ha animado a apoyar a la Carta de la Compasión han sido hombres de negocios seglares.

Valora este artículo

1 votos
Comentarios

«El terrorismo de ISIS es atroz e inexcusable, pero no estamos exentos de culpa»