El pulmón de las ciudades será vertical

Desde el 2014, Milán cuenta con una bomba de oxígeno en forma de torres gemelas que ya replican Lausana y Nankín, segunda ciudad más contaminada de China

En el centro de Milán, en los límites del barrio Isola, se yerguen desde el 2014 dos imponentes rascacielos abrazados por más de 2.000 especies vegetales. Diseñado por el arquitecto Stefano Boeri, el primer bosque vertical del mundo es, además de un ambicioso y espectacular proyecto -cambia de color con cada estación-, el ejemplo vivo de que una arquitectura sostenible es posible. El tema va en serio: Lausana, en Suiza, y Nankín, en China -mascarilla permanente encajada en la mandíbula-, ya le han comprado la idea a Boeri, acuciadas, especialmente la segunda, por sus altos niveles de contaminación y su pésima calidad del aire. Pronto -ya están en marcha- contarán con sus respectivas réplicas de este par de edificios capaces de respirar.

Lejos de las tradicionales fachadas con cobertura forestal, que no son más que muros con arbustos, enredaderas u otras plantas trepadoras incorporadas, los jardines verticales incorporan sustrato en su estructura. En ella, en toda su extensión, formada por múltiples recipientes, puede plantarse cualquier especie, lo que, al optimizar el espacio, contribuye a incrementar la biodiversidad vegetal. Pero no solo eso. Las arboledas perpendiculares al horizonte atrapan el polvo, absorben 25 toneladas de dióxido de carbono al año y producen hasta 60 kilos de oxígeno al día. Si, según la Agencia de Protección del Medioambiente, un coche emite cerca de 4,7 toneladas de CO2 al año, el bosque vertical neutralizaría las emisiones de cinco vehículo al año.

Estos edificios ofrecen además rendimiento y funcionalidad (reducen el consumo de energía al albergar generadores eólicos en el techo y paneles fotovoltaicos en las paredes), amortiguan el impacto acústico y controlan la expansión urbana: si en lugar de a lo alto, se distribuyesen uniformemente a lo ancho, en forma de casas unifamiliares, cada uno de los bloques ocuparía una superficie de unos 50.000 metros cuadrados. Y por si todo lo anterior fuese poco, suponen un indiscutible y rentable atractivo turístico.

Más ventajas: cada una de las torres equivale a 7.000 metros cuadrados de bosque horizontal, su frondosidad -cientos de árboles y miles de plantas y arbustos- genera un particular microclima que provee de humedad, se comporta como un filtro solar que protege de la radiación y funciona como un potencial hábitat para pájaros e insectos. Las italianas miden 78 y 110 metros de altura. La suiza, «la de los cedros», escalará hasta los 117 y las chinas, que estarán listas el año que viene, serán el doble de largas: 108 la más baja, 200 metros la otra. Albergarán oficinas, establecimientos comerciales, restaurantes, un hotel de 247 habitaciones, una discoteca, un museo y una escuela de arquitectura, todo un imán para los forasteros que, sin embargo, podría haberse exprimido todavía más si en lugar de pensar en los de fuera sus impulsores atendiesen a los de dentro: como apartamentos reducirían los desplazamientos de sus dueños por la ciudad y, con ellos, las cotas de polución.

Siguen la misma senda los proyectos de barrios, incluso ciudades, ecológicas y las granjas verticales, hijos todos de lo que se conoce como «agricultura vertical» (o framscraper), un enfoque no tradicional que, recurriendo a punteras tecnologías como la hidroponía (método de cultivo que en lugar de tierra usa soluciones acuosas) o la aeroponía (que recurre al aire y la niebla, prescindiendo del suelo) , hace de rascacielos urbanos auténticos invernaderos. Los hay que incluyen acuicultura y hasta ganadería.

Capaces de producir hasta 60 kilos de oxígeno al día, neutralizan las emisiones de cinco vehículos al año

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