Cien años de igualdad en el voto

El 6 de febrero de 1918 el Reino Unido aprobó el sufragio universal, un derecho por el que las británicas se dejaron la piel durante años


redacción / la voz

«Qué lástima que no seas un muchacho», le susurró al oído el señor Pankhurst a su hija Emmeline creyendo que estaba dormida. Estas palabras cayeron como una losa sobre la pequeña, que a su corta edad no entendía por qué inmersos en el siglo XX la igualdad de género ni se contemplaba. Emmeline Pankhurst se revolvía pensando que en su ciudad, Mánchester, y en el resto del país, las mujeres llevasen casi cincuenta años ejerciendo una lucha pacífica para obtener el derecho al sufragio femenino que en la Cámara de los Comunes caía, una vez tras otra, en saco roto. Marcada por los cánones tradicionales de la época victoriana buscó una alternativa que le permitiese ser libre. «Hechos, no palabras» se convirtió en su seña de identidad y en el lema del movimiento sufragista que lideró, a través del que miles de mujeres se radicalizaron para poder votar y ampliar sus libertades. El 6 de febrero de 1918 lo consiguieron, y el Reino Unido celebró ayer el centenario de este hito.

«En regímenes liberales el sufragio tiene un valor simbólico que no se puede obviar. Dejan en manos de los ciudadanos la capacidad de decidir, así que si las mujeres no tenían esta opción subyace la idea de que no eran consideradas ciudadanas». Gloria Nielfa, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, explica que la intención de las sufragettes, que llegaron a encadenarse frente al palacio de Buckingham y a romper cristales de sedes ministeriales, iba mucho más lejos de querer ir a las urnas. «Esperaban poder cambiar las leyes a través en lo referente al trabajo, a la familia o a la educación. Por eso a los movimientos feministas de aquel momento se les llama sufragistas, era la única vía que tenían para ganar terreno», afirma la experta.

Coto a la edad

Hace ahora un siglo el Parlamento británico aprobó la Ley sobre la representación popular, que permitía votar a las mujeres mayores de 30 años. Fue un hito pese a que, como mantiene Nielfa, «se tenía miedo a lo desconocido; nadie sabía qué iba a pasar si todas las mujeres comenzaban a tener voz, así que se puso coto a la edad. Teniendo en cuenta que en el Reino Unido la población era muy joven y los hombres podían votar a los 21, la decisión de las mujeres estaba aún limitada». No fue hasta diez años después que las jóvenes pudieron votar a la misma edad que los varones.

La historia demuestra que los avances en materia de igualdad suceden piano, piano pese a que muchas mujeres pusieron en riesgo su vida para que las diferencias por género se borrasen de un plumazo. Entonces tildadas de «histéricas» y «bárbaras», fueron encarceladas y se sometieron a huelgas de hambre para cambiar las cosas. Fue el caso de la propia Emmeline. Pero en esta encarnizada lucha también hubo mártires como Emily Davison, una joven que se abalanzó sobre el caballo del rey Jorge V y que acabó muriendo a causa del atropello. Si estas guerreras levantaran la cabeza verían que después de cien años la igualdad se escribe aún con un interrogante. Incluso en su país, pese a que está gobernado por una mujer.

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