Netflix quiere saber qué pasó con las niñas de Alcácer

Bambú producirá la primera serie documental española de la plataforma, cuatro capítulos que intentarán desentrañar lo sucedido la noche del 13 de noviembre de 1992


El pasado 13 de noviembre se cumplieron 25 años de la desaparición de Toñi (15 años), Miriam y Desirée (14). Era viernes, finales del 92. Su instituto celebraba una fiesta en la discoteca Coolor de Picassent, a unos 2 kilómetros de su pueblo. Tras intentar convencer sin éxito a una cuarta amiga, Esther, que, resfriada, se quedó en casa, las tres niñas de Alcácer optaron por hacer autostop para llegar a la localidad vecina. Fueron recogidas en un Opel Corsa por dos delincuentes de poca monta de Catarroja, Antonio Anglés y Miguel Ricart. Nadie volvió a verlas con vida.

Mes y medio más tarde, el 28 de enero de 1993, dos apicultores -José Sala y Gabriel Aquino- que caminaban por un paraje de difícil acceso conocido como La Romana, cerca de la presa de Tous, descubrieron una mano, con un reloj en la muñeca, medio enterrada en el suelo. Cuando llegaron, los agentes de la Guardia Civil y la policía judicial confirmaron que pertenecía a una de las tres jóvenes y que, junto a ella, se encontraban enterradas, envueltas en alfombras, las otras dos. Un día más tarde, Ricart y Enrique  Anglés fueron detenidos. Enrique fue enseguida puesto en libertad

Miguel confesó: aquella noche, él y Antonio -hermano de Enrique-, que en ese momento disfrutaba de un permiso penitenciario, invitaron a subir a su coche a las tres niñas de Alcácer, condujeron 20 kilómetros hasta el pueblo de Tous y las ataron, inmovilizándolas. Las subieron a un monte, hasta una casa abandonada. Las violaron repetidas veces: por la noche, al amanecer. Antonio las mató a tiros. Luego las enterraron y se largaron del lugar.

Pero Antonio nunca apareció. Unos papeles rotos, hallados junto al lugar donde estaban los cadáveres, confirmaron su supuesta participación en el fatal desenlace de las niñas. A pesar del relato detallado de Ricart, del que más tarde se desdijo, la versión oficial apuntó todo el tiempo con el dedo hacia Anglés: él, el supuesto planificador; él, el principal responsable. Él, el que se dio a la fuga. Él, del que nunca más se supo.

La autopsia confirmó que Ricart no exageraba. Que Miriam, Toñi y Desirée habían sido torturadas y violadas antes de morir a balazos en un crimen que sacudió a España entera, sobrecogida y descompuesta, siguiendo el caso al borde se sus mesas camilla frente a una televisión que no se ahorró detalle áspero, depredadora, súbitamente teñida de color amarillo, recién inaugurado el sensacionalismo. 

La cosa no se quedó ahí; todo incógnitas, todo especulación. Que nunca se encontrase a Anglés alimentó una teoría alternativa, defendida públicamente por Fernando García, padre de Míriam y portavoz durante algunos años de las familias, que implica en la desaparición de las niñas de Alcácer a poderosos hombres de traje e importantes sumas de dinero, que habla de torturas y violaciones, que especula con una snuff movie rodada en un chalet de lujo y que resuelve que Ricart y Anglés eran solamente dos cabeza de turco, dos yonkies encargados de capturar a las menores para que formasen parte de un macabro ritual.

Nunca llegó a demostrarse nada y en septiembre de 1997, Miguel Ricart fue condenado a 170 años de prisión por rapto, violación y asesinato con los agravantes de despoblado y ensañamiento. Sin embargo, hay piezas que siguen sin encajar: según el sumario del triple crimen, que desgranó El País en su edición impresa el 10 de noviembre de 1996, la primera versión que se dio de la historia hablaba de una mano semienterrada con un reloj, después se dijo que este cuerpo estaba maniatado; los papeles que aparecieron en la zona y que incriminaban a Anglés permanecieron en el lugar, donde soplan fuertes vientos, durante curiosamente casi tres meses; y el ADN hallado en las autopsias apunta a entre cinco y siete personas, no correspondiendo su análisis ni con el de Ricart ni con el de su compinche fugado. Pero hay más. En la casa abandonada donde se supone que ocurrió todo, no se encontró rastro alguno de sangre o fluidos orgánicos, y en uno de los cuerpos apareció incrustada una cruz de Caravaca que no pertenecía a ninguna de las niñas muertas.

Ahora, más de veinte años después de que se dictase aquella sentencia, Netflix intentará saber, en la que será su primera serie documental española, qué fue lo que realmente pasó. La tarea de repasar, revisar, analizar y desentrañar los detalles del crimen de Alcácer correrá a cargo de Bambú Producciones, que se pondrá esta misma semana manos a la obras para estrenar el año que viene el resultado final.

Será un relato de cuatro capítulos. En palabras de su productor ejecutivo, Ramón Campos -responsable también de llevar a la pequeña pantalla el mediático asesinato de Asunta Basterra-, «el documental definitivo sobre uno de los casos que han estremecido a la sociedad española durante años».

«Estamos orgullosos de embarcarnos en nuestra primera serie documental original española y traer esta historia tan importante a las audiencias tanto de España como de todo el mundo», ha señalado por su parte Erik Barmack, vicepresidente de series internacionales originales de Netflix. «Contará con todos los protagonistas para desentrañar por fin lo sucedido aquel oscuro noviembre de 1992 en Alcácer -ha añadido Campos-. Y se dará a todos la oportunidad de reflejar fielmente su verdad». 

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