Un buque abre una nueva ruta al cruzar el Ártico por primera vez en invierno

El Eduard Toll completó la ruta Corea del Sur-Rusia por el norte sin rompehielos

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redacción / la voz

La naturaleza del ser humano siempre le ha empujado a explorar su entorno. Ya fuera por escapar de un clima hostil, saciar la curiosidad o expandir las fronteras, en el siglo XVI había conquistado el planeta entero. Faltaban las zonas más inhóspitas y peligrosas, los océanos y los polos. La historia de los exploradores que se aventuraron en el Ártico presenta más fracasos que éxitos. El primer intento de navegar las aguas árticas se remonta a comienzos del siglo XIX. La erupción del volcán Tambora provocó un importante descenso de la temperatura en Europa, dando a lugar al famoso año sin verano. Pero, paradójicamente, aumentó en el polo norte, generando un importante deshielo. El almirantazgo inglés aprovechó esa ventana de oportunidad y en 1818 envió a un naturalista escocés llamado Sir Roger Ross en busca de una ruta marítima que permitiese pasar del Atlántico al Pacífico por el norte. En el tiempo en el que se prepararon las expediciones, el hielo regresó y muchas de ellas quedaron atrapadas.

La explosión del Tambora no fue suficiente para deshacer el hielo, pero el actual calentamiento global sí que podría conseguirlo. En las últimas tres décadas el retroceso de la capa helada ha alcanzado el millón de kilómetros cuadrados. Esto permite que en verano, cuando hay más agua al descubierto, quede libre una buena parte de esa histórica ruta del noroeste. En el último período estival varios petroleros, e incluso un crucero, han atravesado el Ártico. Hace unas semanas un buque ruso dio un paso más al navegar por la ruta del noroeste por primera vez en toda la historia durante el invierno y sin necesidad de rompehielos. Una hazaña que da buena cuenta del estado actual del hielo. El Eduard Toll, un barco cargado con gas natural licuado de la compañía rusa Teekay, completó el trayecto desde Corea del Sur hasta el puerto ruso de Sabetta ahorrando unos 7.000 kilómetros respecto a la ruta convencional, por el Canal de Suez. Una vez más se ha puesto de manifiesto el potencial del paso del noroeste frente a otros como el canal de Suez o de Panamá. «A modo de ejemplo, la ruta desde Róterdam, el puerto más importante de Europa hasta Shanghái, el más importante de China, recorre a día de hoy algo más de 20.000 kilómetros. Si la ruta marítima del noroeste estuviera abierta, esta distancia se reduciría 13.600 kilómetros, quedando en algo más de 6.000 en la distancia a recorrer. Por lo tanto, hablamos de una considerable reducción en los costes de transporte», explica Bartolomé Sánchez, del Instituto de Historia y Cultura Naval de Ferrol. «Desde el punto de vista económico, Mead Treadwell, presidente de la comisión de investigación ártica ha calculado el coste estimado de transportar un contenedor en un barco entre Europa y las islas Aleutianas, en Alaska, sería de unos 500 dólares, y llevar el mismo contenedor entre Europa y el puerto de Yokohama, a través del canal de Suez, cuesta actualmente unos 1.500 dólares», añade este experto. En definitiva, menos tiempo y combustible, mayor rapidez para entregar los encargos e incluso más seguridad. «En las rutas convencionales hay que pasar por el océano Índico, que actualmente es uno de los más peligrosos desde el punto de vista de la piratería», añade Sánchez.

El transporte marítimo sigue siendo el principal medio para desplazar mercancías por todo el planeta, cuya cifra asciende a unos 9.000 millones de toneladas cada año. El 80% del comercio mundial transita por los mares. Los océanos han hecho posible la globalización. La apertura de la ruta del noroeste podría llevar a cabo una auténtica revolución.

Rusia ha renovado las bases árticas ante una posible escalada de tensión

Mucho ha cambiado el motivo para explorar el Ártico. El espíritu aventurero ha sido sustituido por el interés económico. La ruta del noroeste y la ingente cantidad de recursos convierten esta región en una de las más cotizadas del planeta. Pero los problemas que se presentan no son pocos. Para empezar, hay un acalorado debate entre los ocho miembros que conforman el Consejo Ártico: Canadá, Rusia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Estados Unidos, Suecia y Finlandia. Recientemente China se ha sumado como miembro observador permanente. El gigante asiático no parece dispuesto a quedarse al margen de una región con tanto potencial. El punto conflictivo reside en la pertenencia de ciertas zonas del océano. «La Conferencia de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, es el instrumento jurídico que en la actualidad regula las reclamaciones de los estados circumpolares. El mar territorial lo conforman las doce millas desde la costa, y sobre esas aguas un Estado tiene soberanía. Sin embargo, existe una buena puerta del océano Ártico que no es de nadie y aquí está el problema», explica Bartolomé Sánchez.

Rusia ha mostrado más interés que nadie por la zona hasta el momento. El gobierno de Putin incluso ha tenido algún gesto de provocación, como colocar su bandera en las profundidades de una parte del polo norte de la que asegura tener jurisdicción. También ha renovado las bases militares abandonadas desde la Guerra Fría y ha instalado unas cuantas más. Actualmente dispone de unas cien bases militares. Ese progresivo aumento de presencia de las fuerzas armadas rusas en la región podría ser un anticipo de un conflicto que está por llegar. «El anterior presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunció la prohibición de las prospecciones en aguas del Ártico pero su sucesor, Donald Trump, ha prometido producir más energía y su demostrado desprecio por los temas medioambientales, las desconocidas relaciones que pueda mantener con Rusia y el patente rechazo hacia China crean unas condiciones bastante complicadas sobre esta cuestión», termina el experto en asuntos internacionales. El tiempo dirá que va a pasar con el Ártico. Parece una batalla perdida en muchos aspectos, al menos desde el punto de vista medioambiental. Veremos si también en lo tocante a las relaciones internacionales. La ciencia se esfuerza hoy al máximo para evitar que al menos no ocurra lo mismo en la Antártida.

La paradoja del Ártico: a mayor deshielo, más petróleo

El Ártico sufre como ninguna otra zona del planeta las consecuencias del calentamiento global. Al igual que el resto del mundo, las temperaturas están aumentando, pero aquí existe además un fenómeno de retroalimentación. El hielo tiene un albedo muy elevado, devuelve casi toda la radiación solar que le llega. Sin hielo, el océano queda al descubierto y absorbe más cantidad de radiación procedente del sol, intensificando los efectos del cambio climático.

El derretimiento de los casquetes está dejando al descubierto un pastel muy goloso, del que nadie ha comido todavía pero muchos países quieren probar. El Ártico concentra una gran cantidad de recursos, muchos de ellos combustibles fósiles. «De acuerdo con la Administración de Información de Energía de Estados Unidos, aproximadamente el 22 % de las reservas mundiales de hidrocarburos se encuentran en el Ártico. Se está hablando de más de 412.000 millones de barriles de petróleo. Se ha estimado que el 30% del gas natural por descubrir y el 13% de las reservas de petróleo no descubiertas, además de otras reservas muy ricas en diamantes, oro, estaño, plomo y otros minerales están allí», comenta Bartolomé Sánchez, que colabora también con el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

El retroceso del hielo que permite explotar los recursos en el polo norte da lugar a una paradoja: quemar combustibles fósiles en el Ártico haría que aumentase más la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera y que subiesen aún más las temperaturas. Este favorecería que el deshielo en el polo siguiese creciendo hasta su desaparición.

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