¿Merece «Love» una oportunidad?

A lo largo de las tres temporadas que pueden verse ya de principio a fin en Netflix, Mickey y Gus nos han dado una lección que no conviene olvidar: el amor no es lo que pensábamos, es otra cosa diferente. Pero diferente no necesariamente significa peor

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Que el amor era otra cosa uno empieza a intuirlo tarde, ya magullado. Confirma y reafirma Love -34 raquíticos episodios que se pueden ver en Netflix embalados en tres temporadas; la última, recién llegada-: esto, queridos, no es como en las películas, no al menos hoy, lleno el tablero de peones posmodernos, ombliguistas, alérgicos al compromiso y especialistas en prolongar forzosamente hasta la avería sus años mozos, divina juventud. Diagnosticó con atino Bauman que el amor contemporáneo era líquido, egoísta, de vínculos frágiles y límites peligrosamente flexibles, instalado en un constante estado de alerta -proclive a la mudanza, pendiente de cualquier otra oportunidad más atractiva, mejor- y aterrado, al mismo tiempo, ante la desapacible idea de forjar lazos demasiado fuertes. Quién los quiere ya. No vaya a ser que, otra vez más, salgamos escaldados.

De todo esto -de agarrarse al otro como a un clavo ardiendo, de la incapacidad crónica de estar solos, del amor como parche a la frustración- nos habla Judd Apatow en Love. Y quizá, por una vez, lo más interesante no sea tanto el fondo de la cuestión, que también -ese «romanticismo millennial», tan simplistamente etiquetado-, sino la forma, la manera que ha escogido el también productor y guionista de Girls para contárnoslo. Porque poco tiene que ver este relato con las desventuras de las chicas de Lena Dunham -a pesar de que aquí, como allí, también hay descaro, herida infectada y miserias, domésticas y endémicas-; menos aún con el primer aterrizaje en el mundo laboral y casi nada con la tan decepcionante inauguración de la independencia, explotada lo suficiente ya en las calles de Nueva York. En esta ocasión, el productor nos traslada a las de Los Ángeles para airear los trapos sucios del siguiente escalón -juventud, nivel dos-: el de los treintañeros con trabajos precarios, motivación en fase crítica, relaciones afectivas insatisfactorias y muchas, muchas adicciones. También diversión, eso sí. El disfrute que no les falte.

Es precisamente en el asfalto californiano donde, en el primer capítulo de Love, Mickey y Gus se refugian de sus particulares monstruos: él, de una ruptura fresca aún; ella, de un nada aconsejable compañero de colchón y de una mala vida que la hace frecuentar periódicamente cuanta reunión de todo tipo de anónimos localiza en sus reveses y resacas. Deambulando, haciendo el tiempo, retrasando la vuelta a casa, nuestros antagónicos chicos se cruzan de repente en una gasolinera. Se esquivan. Se vuelven a encontrar: qué poco tienen que ver -tan molona, tan pringado; tan narcisista, tan tierno-. Qué poco parecen encajar, qué pesadas sus respectivas mochilas emocionales. Qué empeño en intentar arruinar el presente, en aferrarse al pasado. En ser intencionadamente torpes, en autolesionarse sentimentalmente solo para sentir, para tener algo que experimentar. Y qué fácil, de repente, resulta todo cuando llega la casualidad.

Denle una oportunidad a lo ridículamente absurdo de sus derroteros. No recelen, no sean ellos. A veces las cosas salen bien.

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