La vuelta al mundo en 80 días, ¿o fueron 79?

Aventuras épicas reales y literarias ayudan a entender una paradoja temporal ligada a la rotación de la tierra

El periplo de Phileas Fogg, en «La Vuelta al  Mundo en Ochenta Días», la novela de Julio Verne
El periplo de Phileas Fogg, en «La Vuelta al Mundo en Ochenta Días», la novela de Julio Verne

El 20 septiembre de 1519, parten del Puerto de Sanlúcar de Barrameda cinco naves con 237 tripulantes a bordo. El capitán general de la flota es un portugués llamado Fernando de Magallanes, que cuenta con financiación real y tiene como misión encontrar una ruta alternativa a las islas de las Especias o islas Molucas (Indonesia) navegando hacia el oeste. Hasta ese momento la única ruta marítima conocida discurría por dominios portugueses a lo largo de la costa de África y el océano Índico. La Corona española  intentaba de este modo romper el monopolio portugués del comercio de las especias.

Un capitán general portugués, una tripulación mayoritariamente española y un rumbo desconocido son ingredientes que no auguran una travesía sosegada. En la tripulación, viaja un italiano nacido en Vicenza, Antonio Pigafetta, que actuará como cronista de cuanto suceda durante los próximos tres años.

Tras hacer escala en las Islas Canarias la escuadra alcanzó Sudamérica y con las costas brasileñas a estribor continuó viaje en dirección sur  hasta alcanzar la desembocadura del río de la Plata, que navegaron hasta percatarse que se trataba de la desembocadura de un río y no del buscado paso al mar del Sur.

Una historia épica

En las costas sudamericanas tiene lugar el motín de San Julián (abril 1520), que se salda con varios cabecillas ajusticiados. Las naves se hicieron de nuevo a la mar encontrando el anhelado paso al mar del Sur, el océano Pacífico, a través de un laberinto de canales, que hoy conocemos como estrecho de Magallanes.

La navegación continuó hasta alcanzar las Filipinas, con el descontento de la tripulación y los enfrentamientos con las tribus locales, en uno de los cuales Magallanes fue mas allá de donde la prudencia aconsejaba y terminó perdiendo la vida (abril, 1521). La expedición, ahora bajo mando de Juan Sebastián Elcano, llega finalmente a las Islas de las Especias.

La nave Victoria, la única de las cinco que completó la travesía, con las bodegas repletas de especias, puso rumbo a la costa oriental de África,  dejó atrás el Cabo de Buena Esperanza y navegando en dirección norte llegó a las Islas de Cabo Verde. El 6 de septiembre de 1522 llega, por fin, al puerto de Sanlúcar de Barrameda. Lo que significó la primera circunnavegación de la Historia y la demostración práctica de la esfericidad de la tierra.

El balance de la exitosa expedición arrojaba la pérdida de más de doscientas vidas humanas y de cuatro de las cinco naves. Pero había más pérdidas. Antonio Pigafetta, el cronista, había perdido un día. Sí, un día.

La clave del diario de a bordo

Durante  la expedición fue redactando un detallado diario de a bordo, El libro de Pigafetta, con detalladas descripciones de los seres vivos con los que se iba encontrando. Darwin, 300 años más tarde, llevará consigo un ejemplar en la travesía  del Beagle.

Pigafetta se percató de que la llegada a España quedaba reseñaba en su diario el viernes 5 de septiembre de 1522, cuando la fecha que señalaban los calendarios españoles era el sábado 6 de septiembre de 1522. No hubiera sido extraño cometer un error de fechas, ocupado como estuvo en salvar el pellejo durante no pocos días de la travesía. Pero no; el diario estaba fechado correctamente. ¿Dónde estaba el día que faltaba? ¿A dónde había ido a parar ese día?

La longitud de la tierra puede ser divida en meridianos imaginarios, el más conocido de los cuales es el de Greenwich, localidad situada al sudeste de Londres, que se toma como referencia.  Al mediodía el sol se encuentra encima del meridiano correspondiente. Si una persona permanece sobre el mismo meridiano, transcurrirán 24 horas hasta que el Sol vuelva a estar en la misma posición. Si una persona se desplaza hacia el oeste, el sol volverá a estar sobre su cabeza al cabo de 24 horas más el tiempo necesario para que la rotación de la tierra lo sitúe de nuevo sobre ese individuo. Podríamos decir que los días son más largos para quien navega en dirección oeste.  

Si dividimos los 360 grados de la circunferencia terrestre entre 24 horas, o lo que es lo mismo entre 1.440 minutos, tenemos que la tierra tarda 4 minutos en rotar un grado. Si un navegante imaginario se desplazase un grado hacia el oeste, el día habría durado para él 24 horas y 4 minutos. O dicho de otro modo, iría acumulando un retraso de 4 minutos diarios durante su periplo. Al cabo de 360 días habría acumulado un retraso de 1.440 minutos, 24 horas: ¡habría perdido un día! Al completar la circunnavegación de la tierra, los tripulantes de la nave Victoria vieron un día menos el sol sobre sus cabezas.

La aportación de Julio Verne

Esta paradoja temporal fue utilizada por Julio Verne en su novela La Vuelta al  Mundo en Ochenta Días. Phileas Fogg, el protagonista de la novela, había apostado con sus colegas del Reform Club que daría la vuelta al mundo en ochenta días. El caballero inglés y su criado Passepartout  salieron de Londres el 2 de octubre de 1872 a las 8:45 pm, pero en este caso viajaron hacia el este: Europa, Asia, etc. Para ganar la apuesta deberían estar de nuevo en la capital británica antes de las 8:45 del día 21 de diciembre.

Tras su periplo por los cinco continentes, mister Fogg creyó haber llegado a Londres a las 8:50 del día 21 de diciembre lo que significaba que había perdido la apuesta por cinco minutos. Sin embargo no fue así, ya que al viajar hacia el este había ganado un día, al contrario de Pigafetta que lo había perdido. Había regresado a Londres el día 20 de diciembre. Por tanto, había ganado la apuesta pues completó la vuelta al mundo en 79 días... y cinco minutos.

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