La mayor amenaza se llama Big One

La posibilidad de que se registre un gran terremoto aumenta cada año en el oeste de Estados Unidos

La mayor amenaza se llama Big One La posibilidad de que se registre un gran terremoto aumenta cada año en el oeste de Estados Unidos

redacción / la voz

California ha registrado durante las últimas semanas varios terremotos de cierta intensidad. Uno de magnitud 3,5 y otro de 5,3. Los seísmos son algo habitual en la costa oeste de Estados Unidos debido a la actividad de la falla tectónica de San Andrés. «Son dos placas litosféricas continentales, la del Pacífico y Norteamérica, que se mueven en la misma dirección aunque en sentidos opuestos», explica Juan Ramón Vidal Romaní, catedrático emérito de Geología de la Universidade da Coruña.

Estos movimientos de la Tierra han despertado el fantasma del Big One, un teórico terremoto con una intensidad superior a 8 en la escala de Mercalli y que duraría varios minutos. «La definición según esa escala sería la destrucción total de todo, aunque los efectos dependerían de la densidad de población en la zona, de los edificios e infraestructuras y de cómo hayan sido construidas», añade Romaní.

En abril de 1906 un potente seísmo de 7,9 arrasó San Francisco. Fallecieron tres mil personas y más del ochenta por ciento de las viviendas quedaron en escombros. Aunque no existe un ciclo o período de retorno definido, estadísticamente se piensa que ocurre un gran terremoto cada cien años. Esto supone que el contador sísmico lleva doce años de descuento. El principal temor reside en que la falla acumule demasiada tensión que podría liberar de golpe. «No tiene por qué ser así. El hecho de que no se haya registrado hasta ahora puede querer decir que se han ido liberando gradualmente las tensiones. El siguiente podría ser mayor o no existir, aunque es poco probable que no se dé», reconoce el experto.

Afortunadamente el impacto de un terremoto de esas características hoy en día no sería tan destructivo como en el pasado. Las construcciones son mucho más sólidas y la población está más preparada para una catástrofe que más tarde o temprano parece que ocurrirá. «El mejor ejemplo quizás es el de Fukushima, que no afectó a las grandes ciudades y los efectos se debieron a una deficiente gestión del litoral y de la central nuclear. Si todo hubiese estado construido racionalmente, las bajas y daños hubieran sido anecdóticas», asegura el geólogo gallego.

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