Aitor García, el futbolista sincero

El andaluz, la apuesta más fuerte del mercado invernal, llega al Sporting a base de fútbol sincero. Hace solo tres años, su camino estuvo muy cerca de truncarse

Aitor García
Aitor García

En Gibraleón, un tranquilo municipio a poco más de diez kilómetros de Huelva, están de enhorabuena. No es para menos. Su paisano, Aitor García, el chico de la inquebrantable sonrisa, se siente en una «nube».

Mérida y la parada más importante

Hace solo tres años, tras un curso lleno de dificultades en el filial del Almería, el sueño de este joven onubense (24 años), con recorrido de auténtico veterano, estuvo a punto de truncarse. «O espabilas o nos volvemos para La Colmenilla», le advertían desde su entorno. Aitor García, mitad ángel y mitad diablo, víctima de su énfasis futbolístico, entendió el mensaje. Se fue a Mérida y su juego, imprevisible y descarado, en permanente búsqueda del regate, despegó. Fue su renacer futbolístico. Todavía no se ha detenido.

No demasiado tiempo antes, Aitor y su hermana pequeña -María- se pasaban los veranos ayudando como camareros en La Colmenilla, el restaurante familiar que regentan sus padres en Gibraleón. Pero Aitor había nacido extremo. Apercibido de su difícil realidad, este fino estilista andaluz, que ha viajado por media España en su desafío por el regate, no claudicó.

Respaldado por su familia, su padre -Mario- muy futbolero y uno de sus principales apoyos, creció en cada aventura e inició un camino lleno de curvas y experiencias, algunas especialmente duras: Recreativo de Huelva, Celta, Toledo, Almería, Mérida, Cádiz y Rayo Majadahonda, muchos pasos en busca de la estabilidad.

Su crecimiento en el Rayo Majadahonda

Tras un segundo año más complicado en Cádiz, Aitor vio como su incipiente protagonismo amenazaba con detenerse. Tras conversar con Álvaro Cervera, decidió elevar la apuesta. «Creíamos que era el momento de ir a Madrid. Hablamos con el Rayo Majadahonda. Por proyecto y estilo de fútbol alegre era el lugar idóneo para crecer», señalan con detalle desde su círculo.

Fueron seis meses de vértigo. Con Antonio Iriondo, un entrenador convencido en las posibilidades y talento del andaluz, el mejor Aitor García aparecía cada domingo. Jugando liberado y con confianza, su fútbol llamó la atención de los grandes de la categoría. Su impacto en el equipo majariego era incuestionable. 

Los gigantes de Segunda -Málaga, Las Palmas- amenazaban con su fichaje. Incluso el Leganés, que había controlado la evolución del jugador, sondeó su futuro. Pero llegó la llamada del Sporting y lo cambió todo. «En la segunda quincena de enero aparece el Sporting. No dudamos: era el destino perfecto. A Aitor siempre le ha impresionado Mareo, Gijón y el ambiente de El Molinón».

A pesar de los intentos de Las Palmas o Málaga, la decisión estaba tomada: sería jugador rojiblanco. Faltaban los flecos definitivos en una operación cocinada a tres bandas entre Cádiz, Rayo Majadahonda y Sporting. «Era el paso definitivo. Nos daba igual la clasificación; el Sporting, por historia y afición, es un club grande», explican sus allegados. 

Ahora, Aitor García, el chico de siempre: familiar, sonriente, seguidor del cante flamenco, muy católico y amante de los animales, ha llegado a la estación que siempre ha buscado con su fútbol descarado. La apuesta de Miguel Torrecilla, que lo conoce de su etapa en Vigo, cierra la siempre complicada búsqueda del extremo izquierdo. Todo dependerá del rendimiento del un talento que juega al fútbol de la misma forma que entiende la vida: con una sonrisa. El premio a la osadía.

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