Murió el maestro


«Como se fue el maestro,

la luz de esta mañana»

Antonio Machado

Se fue García Rúa, el incombustible libertario, a los 93 años. Conocí a Rúa en 1974, cuando yo tenía 16 años. Vino a charlar con un grupo de amigos y amigas que aprovechábamos unos espacios católicos para iniciar nuestra andadura política e ideológica. Fue en Gijón, la villa en la que había nacido en agosto de 1923. Fue brillante y condescendiente, amable como pocos otros invitados lo habían sido. Dos de nosotros, Miguel Cuesta y yo, le acosamos a preguntas. Fue muy claro. A Miguelín le dijo: «no nos vamos a entender, eres un comunista». A mí, en cambio, me trató con más cariño: «pareces un socialista pero tienes una base anarquista muy evidente». Acertó en los dos casos. Miguel era de familia comunista, mientras que yo tenía un abuelo de la CNT y de la FAI que compartía con Rúa algo muy importante: habían sido los dos discípulos de Eleuterio Quintanilla en la Escuela Graduada Neutra. Y mi abuelo, Manolo Infante, influyó mucho en mi vida y en mi visión del mundo. Desde aquel día, García Rúa se convirtió para mí en un referente. 

Siendo un niño se plantó delante del cadáver de su padre, al que le dedicó su Reflexiones para la acción: «dedico este libro a mi padre Emilio García, militante del sindicato de la construcción de la CNT de Gijón, muerto en combate, el 4 de octubre de 1936, en el Monte Naranco de Oviedo, luchando contra las fuerzas fascistas del general Aranda». Delante de su padre muerto se echó a llorar. Un viejo confederal que velaba el cuerpo de su compañero caído lo abrazó y le dijo: «no llores y cuando seas mayor tendrás ocasión de vengar a tu padre». Y Rúa se vengó, pero no con la violencia, sino con su vida de trabajo y compromiso. Años después escribiría: «yo, la verdad, nunca he tenido el sentimiento de venganza y, andando un tiempo, me di cuenta de que vengar a una persona que luchó por la justicia era tener un sentido profundo de la justicia». 

Pesaba en él la enseñanza de Quintanilla, el maestro que seguía dando clase aunque Gijón, una ciudad desmilitarizada, sufría los bombardeos día sí y otro también del acorazado Cervera español y de la Legión Cóndor alemana, bombardeos que duraron catorce meses. Escribe que la actitud de Quintanilla le hizo pensar mucho y que «de mucho me sirvió en momentos muy difíciles que tuve que vivir». Y pesaba también su profunda educación humanística, la de Séneca (sobre quien hizo la tesis doctoral), de Jesucristo y de los idealistas rusos, además de su pasión por el romanticismo. Y, al fondo, evidentemente, Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Malatesta, Godwin, Reclús…, los grandes autores del anarquismo. 

Después de una etapa en la universidad de Maguncia ingresó en la de Oviedo. El comisario Claudio Ramos, de la brigada político-social, torturador vocacional, consiguió que a Rúa, al que tildaba de «pordiosero social», le expulsaran del claustro. Nadie levantó un dedo en la «ovetensis» por el brillante profesor, salvo el lingüista Emilio Alarcos, que a punto estuvo de acompañarlo al averno. Al final recaló en la universidad de Granada, perdiendo Asturias a uno de sus más preclaros pensadores. 

Rúa tenía un deseo que nunca llegó a ver realizado: volver a hermanar a los anarquistas con los socialistas. No fue posible porque, aparte de cuestiones ideológicas y filosóficas, la trayectoria del PSOE fue la que fue, incluso cooperando en montajes criminales contra la CNT y su entorno. Yo siempre pensé que Rúa era anarquista moralmente, la vieja ética kropotkiniana, pero un tanto marxista metodológicamente. Y me reafirmé en ello cuando, siendo secretario de la CNT, ejerció un notable sectarismo, muy en línea leninista. Después de los años transcurridos pienso que tal vez no pudo actuar de otra manera. 

García Rúa pudo ser el gran teórico de un anarquismo moderno, el que sacara al movimiento libertario de la confusión entre contingencia e inmanencia, que tanto daño le hizo tras el traumático V Congreso de la CNT. Había sido brillante secretario de la Asociación Internacional de Trabajadores pero se perdió en el secretariado de la Confederación. Su compromiso militante lo hizo intransigente, él, que jamás lo había sido. Se sacrificó en el altar de un anarcosindicalismo caduco y trasnochado que había abandonado el libre pensamiento para caer en el dogmatismo. Fue, tal vez, un rehén de la envejecida FAI. Sufrió ese cierto grado de alienación militante que padecen quienes aplican a la organización a la que aman exclusivamente lo que Weber llamaba «ética de la convicción«. Rúa era hombre de convicciones y le costaba mucho ceder, como se pudo ver en la línea editorial del periódico Cnt. 

Soy deudor de mi compatriota asturiano García Rúa. Lo de la patria igual no le gustaría pero los grandes anarquistas, desde Bakunin a Quintanilla, siempre creyeron en la nación como un hecho, aunque no como una idea. Su obra es grande y su vida más grande todavía. Con 90 años andaba por las plazas de Granada cuando el 15M, entusiasmado pero alertando de que no se cayera en devaneos políticos. Una vez más, profético. Rúa siempre creyó en la libertad, la igualdad y la fraternidad, en la sagrada trilogía de la revolución. Fue su auténtica fe. 

«El bien más preciado es la libertad,

hay que defenderla con fe y valor»

Himno de la CNT

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