Imagen:Calle Mon, en Oviedo

Crónicas del Oviedo Antiguo (I): El jamón, en el pan

El recorrido sentimental del paisaje urbano del centro de la capital de la mano de Belen Suárez Prieto


Redacción

En el momento de escribir estas líneas, es domingo por la mañana, temprano. Si no salgo el sábado por la noche, el domingo madrugo y en mi casa, aledaña con el Oviedo Antiguo, extramuros con la muralla enfrente, escucho las voces de la gente que todavía anda por ahí, y de su vuelta a casa. A veces, una pareja discute y a mí me apetece asomarme a la ventana y decirle, «id a dormir; cuando despertéis, todo será más claro». Pero decido no inmiscuirme. Ya se darán cuenta, él y ella, de que cuando despierten todo será más claro. O no. Pero, al menos, habrán descansado.

Para escribir estas líneas, pongo a Chet Baker, «Every Time We Say Goodbye», en la versión cantada que aparece en el documental de Bruce Weber sobre los últimos tiempos del genio, Let’s Get Lost. Como siempre, encantador, embaucador, Chet Baker se apoya en una mujer, aquí es Diane Vavra, en el estudio, y Chet empieza a cantar y luego toca la trompeta y esta interpretación es majestuosa. ¿Por qué pongo a Chet Baker? Porque come y cena a diario por aquí cerca. Y también pasea y dormita.

Y porque en el Oviedo Antiguo, además, hay música, mucha, y debería haber más o debería haber más de modo más seguro y debería haber más sin que los voceros del Apocalipsis la criminalicen, mezclándola, de modo muy dañino, con ruido, gamberrismo y pernicie para la salud hasta extremos gravísimos. Mezclándola, de tal modo que contribuyen a interrumpir algo que se lleva haciendo desde que nos reconocemos como animales sociales; que ponen trabas a veces insuperables al desarrollo honesto y ordenado de un modo de ganarse la vida; que pretenden convertir el barrio ya en un lugar ausente de alma, ya en un lugar caro y excluyente, excluyente de la mixtura de ahora.

Hay música y cuando voy a El Boca a Boca, abajo del todo de la calle San José, en el local de una de las casas más bonitas de Oviedo, suena, enterito, el Unearthed, gloriosas versiones de Johnny Cash, «¡qué gusto entrar aquí y escuchar “Redemption Song”, Vane!». A veces, si estoy sola, me pongo a leer en la barra y escucho algo y me vuelvo a la pantalla de la televisión, desde donde salen las canciones, y allí está escrito «Neil Young -Out on the Weekend- Harvest».

Salir el fin de semana, salir el fin de semana y cómo no recalar en el Diario Roma, que está en la calle Mon, casi 31 años allí, con Luis Salgado en la barra con la música, con la misma música, y a quienes necesitamos anclas para no irnos a pique nos gusta entrar allí y ver a Luis Salgado y escuchar la misma música y agarrarnos a la barandilla de la escalera que sube y baja al cuarto de baño, para anclarnos y no irnos a pique.

En la calle Mon, que va desde el cruce de Santa Ana con San Antonio y baja hasta Oscura, donde está la mejor vista de la torre de la catedral, está el Diario Roma; también está Fina Clemente, con 88 años, en la tienda de ultramarinos que abrió su abuelo en 1904, y la colchonería Aladino, que vende almohadas y tapiza sillas. Y La Mar del Medio, con el barco en la barra, anclado, para no irnos a pique.

Y está la hermosísima casa donde nació don Alejandro Mon, de ahí el nombre de la calle.

Bajo por la calle Mon, entro en Fina con mi pequeña. Ella sale con una chocolatina, yo, con cebollas asturianas, y Fina, «Belén, como el nombre de mi hija».

A Fina a veces también va Chet Baker. Le pide jamón de York, ella lo envuelve en este papel en que se envuelve el fiambre, él le dice, «Fina, en papel de plata, que se conserva mejor». Ella le dice: «No, hijo, que ya sé para qué lo quieres. Te invito al bocadillo, te pongo el jamón en el pan».

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