Restaurante El Fontán, un trozo de Asturias en Bruselas
Asturias
El gijonés Alejandro Quintana sirve comida en la capital europea para nostálgicos de su tierra y belgas enamorados de la riqueza gastronómica española
12 Nov 2025. Actualizado a las 05:00 h.
Hace 15 años, la agrupación Oviedo Asturiana, un equipo de fútbol radicado en Bruselas, quería disfrutar de una buena fabada y necesitaba alguien para que preparase con garantías el plato estrella de la gastronomía asturiana. Serían 200 personas. Por entonces, el cocinero gijonés Alejandro Quintana Meana trabajaba en Cataluña, y dos amigos asturianos afincados en Bélgica le propusieron el reto. Sin pensárselo dos veces, accedió. Su idea era hacer la fabada y regresar. Entonces no sabía que su vida daría un giro decisivo tras aquel viaje. Porque la fabada triunfó y, a raíz de aquel éxito, le plantearon quedarse en Bruselas a trabajar de cocinero. Lo habló con su familia y, finalmente, accedió.
Hoy, el gijonés regenta junto a su mujer, Raquel Blanco, el restaurante El Fontán, un sitio de tapas y platos españoles que se ha hecho un muy buen nombre en la capital belga. Él no fue el fundador del restaurante. Lo abrió en 2006 un ovetense —de ahí que el local tenga un nombre más propio de la capital del Principado—, Enrique Miranda, en 2006. Durante varios años, Alejandro Quintana trabajó de cocinero, hasta que en 2019 el dueño se jubiló y lo puso definitivamente en sus manos.
Bruselas siempre ha tenido mucha emigración asturiana. Durante décadas hubo muchísimos bares y agrupaciones asociados a la tierrina. Y aunque ahora ha descendido esa presencia, no deja de haber tanto asturianos como emigrantes llegados de otras partes de España que añoran los platos de su tierra. La mitad aproximada de su clientela está formada por emigrantes que quieren comer como en casa. Pero la otra mitad la forman comensales belgas, a los que les gusta mucho la cocina española. «La encuentran muy amplia y muy buena, y es apreciada por todo el mundo. Sobre todo, yo hago cocina asturiana y mediterránea, aunque si me piden un cocido madrileño, lo hago», explica. También tienen mucho éxito platos de la mar como la zarzuela de pescado o las zamburiñas.
«Todos los belgas van de vacaciones a España, les gusta mucho nuestra comida», asegura. Y aunque la fabada siempre está presente («vendo dos o tres kilos a la semana»), lo que más triunfa es la paella. Porque el gijonés ha tenido la suerte y el acierto de adentrarse mucho en la cocina mediterránea durante su estancia en Cataluña, y gracias a ello tiene mucha mano para el arroz. No obstante, tiene un amplio abanico de platos asturianos que le piden mucho, como los chorizos a la sidra, las patatas o las setas al cabrales y el cachopo.
¿Y cuál es la diferencia de tener un restaurante en Bruselas a tenerlo en Asturias? Principalmente, los horarios. Ya se sabe que los españoles tenemos unos hábitos muy tardíos que no hay en ningún otro país. El Fontán, si estuviese en la plaza homónima de Oviedo, cerraría a una hora muy distinta. «Lo bueno de tener aquí restauración es que a las 10 ya acabaste; a las 9.30 o 10 cierro la cocina y puedo tener vida familiar». El único día en el que el restaurante se vuelve un híbrido de belga y español es el domingo. Porque tiene dos horarios para comer: a las doce del mediodía para los belgas y a las tres de la tarde para los españoles.
Alejandro Quintana está muy a gusto en su negocio en Bruselas, pero reconoce que echa de menos su tierra. Entre otras cosas por el clima de Bélgica, que es mucho más duro, con fríos muy intensos y donde «no ves el sol ni queriendo». En invierno a las cinco ya es de noche. Por eso, se las arregla para visitar España casi todos los meses. Su idea es regresar una vez que se jubile, pero hasta entonces está muy a gusto con la marcha de su negocio en Bruselas.
Una de sus principales dificultades está en el producto. «No tenemos las mismas opciones para conseguirlo que si estuviéramos en España», asegura. Con todo, se las arregla para tener siempre material para platos de ascendencia española que se comen como si uno estuviera en su país. Y también ha destacado por tener una carta de vinos que él mismo no duda de calificar de «espectacular». Porque antes de irse a Bélgica, había estudiado profundamente el tema de los vinos, y una vez que se hizo cargo de El Fontán, empezó a reunir una bodega que es la envidia de muchos restaurantes. Un enólogo belga escribió en su día un artículo valorando enormemente su bodega. Según aseguró, El Fontán tenía «unos vinos muy buenos, alguna pepita de oro; tenemos buenas críticas y la gente lo aprecia un montón», dice satisfecho.
El Fontán es un restaurante pequeño, familiar. En él trabajan solo seis personas: Alejandro Quintana, Raquel Blanco y cuatro trabajadores. Uno de ellos es Toni Miranda, sobrino del fundador. Este tamaño modesto es también, sin duda, uno de sus valores. Estar bajo su techo es para muchos una forma de volver a casa, un sitio acogedor donde te sirven la comida con la que creciste.