Andrés Meana, docente de la Universidad de Oviedo, elegido entre los mejores de España: «La clave es la empatía con el estudiantado»
Asturias
Graduado en Ingeniería Industrial e Ingeniería Mecánica, el asturiano desarrolla su carrera profesional como docente en el área de Máquinas y Motores Térmicos, del Departamento de Energía.
08 Feb 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Andrés Meana, profesor de la Universidad de Oviedo, ha sido reconocido como uno de los mejores docentes de España en 2025. Una distinción que llega gracias a la presentación de su candidatura por parte de su propio alumnado y que supone un reconocimiento a su pasión por la docencia y a su implicación en el aula.
Meana se graduó en Ingeniería Industrial por la Universidad de Oviedo y en Ingeniería Mecánica por la Universidad Técnica de Clausthal, en Alemania. Tras finalizar su doctorado y el máster en Formación del Profesorado, Andrés decidió compatibilizar su faceta como investigador con su trabajo como profesor en el área de Máquinas y Motores Térmicos, del Departamento de Energía de la institución asturiana. Además, forma parte de «Profes con impacto», un proyecto que busca ampliar los horizontes del estudiantado más allá de las aulas.
—¿De dónde viene tu vocación docente?
—Creo que desde la adolescencia. Ya cuando estaba en la ESO, cuando mis compañeros tenían alguna dificultad o problemas para aprobar, les echaba una mano en algún hueco del recreo.
—Has sido reconocido como uno de los mejores profesores de España en 2025. Pero ¿cómo te recuerdas como estudiante?
—Siempre he tenido mucho interés por todo; si me hablas de un tema que te interesa, quiero escucharlo. Siempre me gustó saber cómo funcionaban las cosas y nunca me suponía un esfuerzo ponerme a estudiar. Es verdad que, si lees mi currículum, puedes pensar que he estado muy centrado en los estudios, pero si preguntas a las personas que me quieren, te contarán que también he disfrutado mucho de la vida fuera de los estudios y del trabajo.
—¿Cómo ha sido tu trayectoria hasta convertirte en profesor?
—En 2008 comencé los estudios de Ingeniería Industrial en la Universidad de Oviedo, en la Escuela Politécnica de Gijón. Durante ese periodo, realicé una estancia Erasmus en Alemania, en la Universidad Técnica de Clausthal, dentro de un acuerdo de doble titulación. En 2014 me gradué en Ingeniería Industrial y, en 2015, en Ingeniería Mecánica. Posteriormente, me surgió la oportunidad de comenzar mi tesis doctoral. Desde pequeño siempre había tenido curiosidad por cómo funcionaba el mundo, pero fue entonces cuando descubrí mi faceta como investigador. Durante el último año de la tesis me matriculé en el máster de Formación del Profesorado, y fue ahí cuando pasé de una formación cien por cien centrada en la ingeniería a aprender también sobre ciencias sociales. En ese proceso adquirí aspectos muy importantes para desarrollar las habilidades necesarias para trabajar con personas.
—Ahora que eres profesor, ¿se han cumplido tus expectativas? ¿Esta profesión es como lo esperabas?
—La verdad es que lograr la estabilización dentro del mundo académico es bastante complicado. Ha sido un proceso duro, pero estoy muy agradecido a la Universidad de Oviedo, especialmente a mis compañeros del área de Máquinas y Motores Térmicos, que es en la que trabajo. Desde el pasado mes de noviembre he conseguido estabilizarme con un contrato indefinido. Y sí, se han cumplido mis expectativas y estoy muy contento.
—Eres uno de los mejores docentes de España en 2025. ¿Qué supone para ti esta distinción?
—A raíz de este reconocimiento, hablaba con mis conocidos de que está muy bien tener un currículum formal, ese que aparece por ahí y que todo el mundo presenta. Pero hay toda esa parte del currículum oculto, que es el reconocimiento que te hacen las personas con las que vas teniendo la suerte de encontrarte. Por ejemplo, cuando te eligen para la foto de la orla dices: «Jolín, cómo mola esto», y realmente no es un mérito valorable en ningún proceso.
«Me parece un premio muy bonito porque es el propio estudiantado el que tiene que proponerlo»
—¿Cómo fue el proceso para salir elegido?
—La primera noticia que tuve me llegó en julio, fue la confirmación de la nominación. Ahí fue cuando pensé: «Mira, yo ya gané». Me parece un premio muy bonito porque es el propio estudiantado el que tiene que proponerlo. Ver que la gente a la que le has estado explicando conceptos en clase, con quien has estado trabajando, reconoce tu trabajo, no está pagado.
—¿Cómo te definirías como profesor?
—Me cuesta hablar de mí mismo, pero, reflexionando un poco, creo que la clave es la empatía con el estudiantado. Creo que tengo bastante capacidad para ponerme en su lugar, y eso me ayuda a tomarles el pulso al principio de la asignatura. Intento sondear qué intereses tienen o qué manera de aprender prefieren. Si hubiese una metodología docente que fuese perfecta, nos obligarían a todos a aplicarla. Al final, uno intenta, con base en lo que va leyendo, aprendiendo y comentando con otros compañeros, ir probando metodologías y ver si funcionan. Puede ser que lo que te funciona un semestre, al siguiente no. Hay que ser flexible porque las personas no son una hoja de Excel.
—Además, formas parte del proyecto «Profes con impacto»
—Sí, es un grupo que se ha ido gestando a lo largo de los años en la cátedra MediaLab. Ya somos más de veinte docentes, y lo que hacemos es reunirnos periódicamente para comentar y debatir acerca de cómo podemos mejorar la docencia. A raíz de esos debates han ido surgiendo varias iniciativas y proyectos de innovación docente conjuntos, como el premio de Impacto Positivo de la Universidad de Oviedo, que ya ha abierto su plazo de inscripción. También surgen actividades con la idea de sacar la universidad de las aulas e incluso de ir a espacios de participación ciudadana.
—¿A qué retos se enfrentan hoy en día los profesores? ¿Crees que ha cambiado la situación dentro de las aulas desde que tú eras estudiante hasta ahora?
—A veces, bromeando con los compañeros, decimos que ya no podemos hacer bromas de Los Simpson. Sí es verdad que las generaciones cambian. Ahora mismo, un tema que nos preocupa es la capacidad de atención. Con tantas redes sociales, estamos acostumbrados a contenido de un minuto como máximo, y nos cuesta mantener la atención durante más tiempo. Aunque creo que habría que distinguir entre la capacidad de atención, que sí la tienen, y luego lo que es su puesta en práctica. En mi caso, durante las clases voy midiendo el pulso, y si veo que se dispersan, intento aplicar distintas técnicas para volver a centrarlos; a veces opto por cambiar la actividad o suelto alguna broma. Lo que está claro es que no puedo entrar en el aula, soltar mi rollo y marcharme. Para eso se pueden poner a estudiar por su cuenta con un libro o verlo por internet. Creo que hay que hacer un esfuerzo por medir el pulso de la clase de manera continua y adaptarse.