La Voz de Asturias

Ignacio Pedrosa, psicólogo, sobre la vigorexia: «El problema aparece cuando la búsqueda de mejora física se convierte en una obsesión»

Asturias

María S. Condado Redaccion
Ignacio Pedrosa, doctor en Psicología

El experto destaca la importancia de promover una cultura del ejercicio centrada en la salud, el disfrute de la práctica deportiva y el bienestar que genera, y no únicamente en la apariencia física.

14 Mar 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Hacer ejercicio físico es una de las principales recomendaciones para mantener un estilo de vida saludable. Sin embargo, cuando la práctica deportiva se vuelve compulsiva o aparece una distorsión en la percepción del propio progreso físico, pueden surgir problemas importantes. La vigorexia es uno de ellos: se trata de un trastorno mental caracterizado por una obsesión por conseguir un cuerpo musculoso, acompañada de una percepción distorsionada de la propia imagen corporal.

Ignacio Pedrosa es doctor en Psicología y cuenta con un máster en Investigación en Psicología de la Salud y otro en Psicología de la Actividad Física y del Deporte. Además, posee experiencia investigadora en el ámbito deportivo y ha trabajado como psicólogo del deporte tanto a nivel individual como con clubes. Actualmente coordina la Comisión de Psicología del Deporte del Colegio Oficial de Psicología del Principado de Asturias y desarrolla su labor profesional en la Facultad de Ciencias de la Salud de UNIR, donde forma parte del grupo de investigación TECNODEF —Transformación Educativa y Capacitación para la Noción del Deporte y la Educación Física—. Además es docente, entre otros programas, del Máster Universitario en Atención Educativa y Prevención de Conductas Adictivas en Niños y Adolescentes.

A continuación, Pedrosa analiza las consecuencias sociales, psicológicas y físicas asociadas a la vigorexia y a la adicción al deporte. Asimismo, reflexiona sobre el papel que desempeñan las redes sociales y el auge de los creadores de contenido relacionados con el fitness en la percepción del cuerpo y en el posible desarrollo de este tipo de trastornos. 

—¿Qué es la vigorexia y cuáles son sus características? ¿Se relaciona con otros trastornos de la alimentación o de la imagen corporal?

—La vigorexia, conocida en psicología como dismorfia muscular, es un trastorno relacionado con la imagen corporal en el que la persona se percibe como poco musculada, incluso cuando objetivamente tiene una musculatura desarrollada. Esa preocupación deriva en conductas muy rígidas como un entrenamiento excesivo, controlar la dieta de manera extrema, sentir malestar intenso si no se entrena o evitar situaciones sociales que afecten a alguna de las cuestiones anteriores. Popularmente se habla mucho de ella en el ámbito de los gimnasios, pero forma parte de un grupo más amplio de problemas vinculados a la insatisfacción corporal. De hecho, con frecuencia, el problema convive con conductas alimentarias muy restrictivas o desordenadas, por lo que puede compartir características con algunos trastornos de la conducta alimentaria.

—¿Es lo mismo la vigorexia que la adicción al deporte? ¿Cómo distinguir entre disciplina y conducta problemática?

—No son exactamente lo mismo, aunque pueden solaparse y comparten el componente de pérdida de control. La vigorexia está centrada en la imagen corporal, cuando la persona siente que su cuerpo nunca es suficientemente musculoso. En cambio, la adicción al ejercicio implica exclusivamente una necesidad compulsiva de entrenar, incluso cuando hay lesiones, fatiga o el ejercicio genera consecuencias negativas, y se relaciona con la búsqueda de sensaciones placenteras al entrenar. La clave para distinguir la disciplina de la patología reside en la flexibilidad y el bienestar. La diferencia con una persona que practica deporte de forma disciplinada está en varios indicadores claros como la pérdida de control, la aparición de ansiedad intensa si no se entrena, el hecho de priorizar el ejercicio sobre otras responsabilidades como el trabajo, los estudios o las relaciones personales o continuar entrenando a pesar de tener problemas físicos en donde el descanso o la rehabilitación serían lo más conveniente. Desde el punto de vista de la prevención y la promoción de la salud, practicar ejercicio de forma saludable y responsable mejora claramente la vida. Cuando el deporte empieza a dominarla, es necesario prestar atención muy de cerca.

«Influyen determinados entornos deportivos donde la apariencia física se valora especialmente»

—¿Qué factores psicológicos y sociales suelen contribuir al su desarrollo?

—Como ocurre en muchas otras patologías, no existe una única causa. Suele aparecer por la combinación de varios factores. En el plano psicológico encontramos aspectos como una baja autoestima, perfeccionismo excesivo, necesidad de control, inseguridad e insatisfacción con la propia imagen. En el plano social, suele tratarse de personas muy sensibles a los mensajes sobre el supuesto «cuerpo idea» y que tienden a asociar la felicidad y el éxito al físico. Cuando alguien empieza a entrenar y su cuerpo cambia, suele recibir muchos comentarios positivos de su familia o compañeros. Si además comparte imágenes en redes sociales, ese reconocimiento puede multiplicarse con los «me gusta» o los comentarios. A ese refuerzo externo se suma una satisfacción personal lógica al ver que su cuerpo se acerca al ideal físico que busca. En sí mismo, este proceso no es negativo. El problema aparece cuando esa búsqueda de mejora física deja de ser un objetivo razonable y se convierte en una obsesión. Por supuesto, en algunos casos, también influyen determinados entornos deportivos donde la apariencia física se valora especialmente o donde existe presión por alcanzar ciertos estándares estéticos.

—¿Qué perfiles de personas son más susceptibles?

—Aunque la incidencia en mujeres está aumentando, el perfil mayoritario sigue siendo el de hombres jóvenes, habitualmente entre los 18 y 35 años. Sin embargo, cada vez se identifica una mayor diversidad de perfiles. También pueden ser más vulnerables personas con antecedentes de insatisfacción corporal, experiencias de burlas sobre el físico o haber estado en un contexto competitivo donde haya existido una relación muy exigente entre rendimiento e imagen corporal. Es muy importante tener claro que practicar deporte o ir al gimnasio no causa automáticamente vigorexia. El problema aparece cuando ese hábito deja de ser saludable y la relación con el cuerpo y el ejercicio se vuelve obsesiva.

—¿Influyen los estándares de belleza y las redes sociales?

—Absolutamente. Vivimos en una cultura donde el cuerpo se expone constantemente y donde circulan imágenes muy idealizadas e irreales para el común de los mortales. Para gran parte de la población, la percepción de la realidad ya no se construye tanto en la calle o en la interacción cara a cara, sino a través del smartwatch, las pantallas, etc. Es frecuente ver en determinadas redes sociales imágenes o vídeos editados que promueven cuerpos extremadamente musculados, porcentajes de grasa muy bajos o entrenamientos de fitinfluencers que fomentan hábitos peligrosos, como rutinas extenuantes o retos deportivos extremos presentados como si fueran asequibles para cualquiera. Las redes sociales pueden amplificar estos mensajes y generar insatisfacción, pero debemos ser conscientes de que solemos ver versiones muy filtradas o excepcionales de la realidad que no debemos entender como norma. Al igual que ocurre con cualquier información que recibimos o consultamos, debemos tener siempre unas gafas con una mirada crítica. Si no es así, algunas personas pueden acabar comparándose de forma constante con modelos irreales que no son posibles de alcanzar ni son saludables.

—¿Cómo se puede detectar si alguien está padeciendo vigorexia?

—Insisto en la importancia de diferenciar entre el gusto y el hábito de hacer deporte controlado de lo que ya supone una adicción o patología y, por supuesto, de chequear esos posibles síntomas con profesionales colegiados expertos y no con terceros o fuentes poco fiables. Aun así, en términos generales, hay varias señales que pueden ser una alerta inicial. Entre ellas, conversaciones o pensamientos donde aparece preocupación constante por el tamaño muscular o una percepción del cuerpo realmente alterada, conductas repetitivas de verificación, como mirarse constantemente al espejo, irritarse si no se puede entrenar, seguir dietas extremadamente rígidas, usar suplementos sin control profesional o descuidar actividades sociales por no saltarse el entrenamiento o la dieta.

—Una persona que comienza a hacer deporte por motivos de salud, ¿puede desarrollar un trastorno de vigorexia?

—La realidad es que es poco frecuente y, como hemos comentado, deriva de una combinación de causas, pero puede ocurrir. La mayoría de las personas que comienzan a hacer ejercicio mejoran su bienestar físico y psicológico. Hoy en día, no hay duda de que el deporte, bien enfocado, es una herramienta muy positiva en múltiples niveles. El problema surge cuando el deporte se convierte en el único vehículo para modificar mi apariencia física. Por eso es importante promover una cultura del ejercicio centrada en la salud, en el hecho de disfrutar practicándolo y el bienestar que provoca, no solo en el aspecto físico. Y este es un trabajo que implica a muchos agentes sociales: entornos educativos desde edades tempranas, colegios profesionales, administraciones públicas y, obviamente, medios de comunicación, tanto en términos de mensajes que se lanzan a la población como de modelos o referentes que se muestran. Entrevistas de este tipo, sinceramente, creo que ayudan mucho en ese camino.

—¿Qué consecuencias físicas, psicológicas y sociales puede tener?

—Al igual que las causas, las consecuencias son variadas y pueden ser más o menos graves según la persona. En el plano físico pueden aparecer lesiones por sobreentrenamiento, fatiga crónica o problemas muy diversos como daños hepáticos derivados de dietas extremas. En la parte social, es frecuente que la vida acabe girando únicamente alrededor del entrenamiento, lo que puede deteriorar las relaciones personales, laborales o familiares. Desde el prisma psicológico, es característico sufrir ansiedad, frustración constante con la propia imagen y la sensación de que nunca es suficiente lo que se hace para conseguir el objetivo. En los casos más problemáticos, puede añadirse el consumo o la adicción a anabolizantes para acelerar el desarrollo muscular, con los riesgos físicos y psicológicos que ello conlleva.

—¿Se están detectando más casos de vigorexia en los últimos años? Si es así, ¿cuáles son los motivos?

—Es una pregunta que debería generar una reflexión general. En mi opinión, más allá de porcentajes y etiquetas, creo que en los últimos años hay, afortunadamente, mayor visibilidad y sensibilidad hacia los problemas ligados a la salud mental, pero esto también hace que se detecten más casos. Por supuesto, también es una cuestión cultural y temporal. Vivimos una exposición al cuerpo en redes sociales mucho mayor que hace 5 o 10 años. Existe un auge de la cultura del modelo de cuerpo fitness, entendida mucho más allá de lo que la especialidad deportiva en sí representa, y sufrimos por diversas vías un bombardeo de mensajes en determinados entornos donde la estética parece estar por encima de la salud. Aun así, es importante matizar que todavía no hablamos de un trastorno muy frecuente, aunque, obviamente, sí lo suficiente como para que merezca atención. Esto nos coloca en una situación muy positiva, porque permite trabajar la sensibilización y la prevención de una forma muy clara.

—¿Es posible prevenir este tipo de trastornos?

—Desde luego. La prevención pasa sobre todo por la educación en una relación saludable con el ejercicio y el cuerpo. Cuando nos dirigimos a la población, es esencial transmitir que el deporte es una herramienta de salud. Nunca debe convertirse en una obligación ni una forma de validación personal. Debemos entender que somos mucho más que nuestra imagen física, no solo la que proyectamos hacia fuera, sino también la que tenemos de nosotros mismos. En paralelo, entendiendo que es una habilidad que todos debemos trabajar muchos más, es necesario fomentar el pensamiento crítico frente a los modelos corporales irreales y, al mismo tiempo, promover una visión más diversa y realista de los cuerpos que existen en nuestra sociedad y que son los que vemos en la calle en nuestro día a día.

—¿Cómo se trata la vigorexia y los trastornos relacionados con la adicción al deporte?

—Lo primero es no minimizar el problema. En ocasiones estas situaciones se normalizan o se obvian porque la persona aparentemente «está muy en forma». Si hay señales de alarma, lo adecuado es consultar con profesionales de la salud colegiados, especialmente psicología y medicina. A partir de ahí, es necesario indagar en las causas, pero el tratamiento suele centrarse en trabajar la relación con la imagen corporal, las creencias sobre el ejercicio y la autoexigencia, para recuperar un equilibrio saludable en el día a día. En este proceso, el apoyo del entorno también es fundamental. Tanto la familia como el círculo más cercano pueden ayudar evitando reforzar la obsesión por la apariencia y centrándose en actividades, logros y relaciones más allá del entrenamiento deportivo.

 

 

 


Comentar