La Voz de Asturias

Hans Geilinger presenta su nuevo libro «Tuvalu»: «Si hay un lugar donde el mar se une con la sociedad, ese es Asturias»

Cultura

María S. Condado Redacción
Hans Geilinger

Tras doce años dando la vuelta al mundo el velero, el autor sueco, arquitecto de profesión, presenta su obra autobiográfica este 30 de enero en el Museo Marítimo de Luanco

30 Jan 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Hace doce años, Hans Geilinger, un arquitecto sueco afincado en Barcelona, partió en su velero, Tuvalu, junto a su mujer. Sin un destino fijo, pero con la ambición de recorrer el mundo, el matrimonio comenzó a surcar los mares. Su primera parada fue el Caribe, donde tuvieron que tomar una gran decisión: dar la vuelta o continuar. Tras cruzar el canal de Panamá, ya no había vuelta atrás; la única manera de regresar a casa era completar la otra mitad del mundo.

En su regreso, Hans Geilinger se embarcó en una nueva aventura: recopilar todas sus vivencias en un libro. Su velero da ahora nombre a su obra. Tuvalu no pretende ser una guía para dar la vuelta al mundo ni un manual de lecciones náuticas. Tuvalu recoge los sentimientos y reflexiones de un navegante que, tras más de una década en alta mar, regresa con más preguntas de las que tenía al partir.

Este 30 de enero, a las 19:00 horas, Hans presentará Tuvalu, su obra autobiográfica, en el Museo Marítimo de Luanco.

—Hace 12 años decidió subirse a su velero para comenzar la vuelta al mundo. ¿Cómo surgieron los inicios de aquella aventura?

—Había sido regatista alguna vez, pero Suiza es un país de interior: tiene cosas muy bonitas, como sus montañas, pero no tiene mar. Yo ya me veía en Suiza trabajando como arquitecto, pero en 1993 decidí tomarme un año sabático en Barcelona. Allí conseguí algo que siempre había querido: vivir en un lugar donde el mar estuviera muy presente.Era justo el año después de los Juegos Olímpicos, y la arquitectura de Barcelona en aquel momento también era muy interesante. Allí también conocí a la que hoy es mi mujer. En 2004 compramos Tuvalu, nuestro velero, y comenzamos navegando por el Mediterráneo, pero pronto nos quedó pequeño. Me volvió a pasar como en Suiza: empecé a ver límites de nuevo. Fue mi mujer, estando en Mykonos, quien me propuso dar la vuelta al mundo. Para mí era un sueño que había tenido toda la vida, y no tardé ni un milisegundo en decir que sí.

—¿Cómo se prepara uno para un viaje tan ambicioso?

Tardamos casi un año en hacer todos los preparativos del barco. Además, obviamente, uno tiene una vida en tierra: muchos compromisos, familia, amigos, trabajo. En mi caso, era catedrático en Zúrich y tenía un estudio de arquitectura en Barcelona; teníamos un piso, un coche, y tuvimos que decidir qué hacer con todo eso. Zarpar con el barco era algo muy simbólico: era dejar atrás una vida controlada sin saber qué podría pasar. Te metes en la incertidumbre porque, aunque puedas preparar tu barco, nunca sabes las cosas que sucederán a lo largo del viaje.

—¿Qué le impulsó a dar el paso y zarpar?

—El mar, y esto se sabe muy bien aquí en Asturias, es muy directo. Te da sensaciones muy auténticas: cuando llueve o cuando hay olas de tres metros, te mojas. Quería recuperar un poco eso, el poder disfrutar de cualquier cosa: una manzana, un café, una taza. Quería recuperar esa inocencia que todos vamos perdiendo con el tiempo, la capacidad de disfrutar las pequeñas cosas. Ese fue el motor que me impulsó a lanzarme, junto con mi mujer, a este viaje.

—¿Cuándo comenzaron la travesía, pensaban que duraría doce años?

—No, nadie puede planificar su vida para los próximos doce años. A lo mejor puedes tener una idea, pero es muy ingenuo pensar en algo así. Sí hay dos cosas que te puedo decir. Por un lado, cuando compramos el barco le pusimos el nombre de Tuvalu. Tuvalu es un archipiélago situado al sur del océano Pacífico; recibió ese nombre porque nuestra idea era, algún día, llegar hasta allí. Pero, en realidad, cuando empezamos el viaje solo pensábamos en cruzar el Atlántico y, una vez allí, decidir qué hacer. Estuvimos tres años en el Caribe. El siguiente paso fue cruzar el canal de Panamá, lo que nos llevó al Pacífico. Fue algo muy simbólico, como cruzar una puerta: ya no había marcha atrás. Cuando llegas a la mitad del viaje, solo te queda seguir hacia delante y completar la otra mitad de la vuelta al mundo para poder regresar.

—¿Cuál ha sido el momento más difícil de su viaje?

—En doce años hay muchos momentos buenos y muchos momentos malos. Creo que en la vida, en general, hay que fijarse en las cosas buenas, pero tengo que reconocer que cada año tuvimos uno o dos momentos en los que llegamos a pensar que ese era el final y que hasta ahí habíamos llegado. Por ejemplo, en Fiji se nos rompió una boya y acabamos en medio de corales, sin tener ni idea de cómo salir de allí. En el mar Rojo nos encontramos con tres piratas que nos apuntaban con kaláshnikov y pensé que ese era mi final, pero también me di cuenta de que, si me iba, lo hacía siendo feliz. Ha habido muchos momentos de dificultad, pero siempre hemos sabido superarlos y extraer la parte positiva.

«Empiezas a conectar con comunidades indígenas y te das cuenta de que hay tiempo para todo»

—Háblenos de esas partes buenas.

—Si las condiciones son buenas, para mí el barco tiene una paz insuperable. La vida es muy sencilla en alta mar. En tierra tienes muchos compromisos y preocupaciones. Por otro lado, una de las cosas más mágicas del viaje fue conocer muchos lugares y a muchas personas. Entras en contacto con gente de islas remotas, totalmente alejadas de todo; empiezas a conectar con comunidades indígenas y te das cuenta de que hay tiempo para todo. Dejas de estar preocupado por el mañana y te centras en el ahora.

—¿Cómo ha cambiado usted a título personal durante el viaje?

—De profesión soy arquitecto y, al final, un arquitecto acaba siendo un planificador. Me fui con ese espíritu, pero al cabo de un año me di cuenta de que el mar hace lo que le da la gana; no hace lo que yo quiero ni lo que yo he planificado. Entendí entonces que esa planificación era inútil, que las cosas pueden cambiar en cualquier momento y que la mejor inversión de futuro es vivir bien el presente.

—¿Le ha cambiado su visión sobre el mundo?

—Sí. Tuvalu, como te comentaba, es un archipiélago en el Pacífico Sur. Allí, cada año, el nivel del mar sube aproximadamente medio centímetro. Además, cuando se producen fenómenos meteorológicos extremos, el mar asciende aún más y la tierra se cubre de agua. Es una zona muy llana y el agua entra por todos lados. Es algo profundamente dramático, porque allí viven cerca de 9.500 personas que, cuando esto sucede, se agarran a una palmera y esperan a que todo pase. Pero dentro de veinte años será cada vez más difícil vivir allí. Las pozas de agua dulce se inundan y la situación se vuelve cada vez más crítica. Los niños que ahora nacen en Tuvalu y en otras regiones del Caribe acabarán siendo refugiados climáticos en Australia, Nueva Zelanda o Europa. Y, paradójicamente, son precisamente estos países los que están siendo responsables de este cambio climático. También descubres a la gente que huye de sus países porque están en guerra. En este viaje he aprendido que hay dos tipos de personas en alta mar: las que salen a trabajar, como los pescadores asturianos, y las que huyen de su tierra. Nosotros, viajando tranquilamente en velero y por puro placer, éramos una minoría y, sobre todo, unos privilegiados.

—¿Cómo fue el final de su travesía?

—El verdadero viajero nunca quiere llegar. Recuerdo mirar el GPS y ver que solo quedaban 24 horas para llegar y pensar: «Vaya puta mierda, ya llegamos». No quería llegar. Aunque al día siguiente se me pasó y tenía ganas de ver cómo estaba todo.

—¿Qué podemos esperar de Tuvalu?

—No somos los primeros en dar la vuelta al mundo ni hemos sido los más rápidos. Hay muchos libros que hablan de este tipo de experiencias y mi intención no era hacer un libro técnico sobre náutica. Tuvalu no sirve como manual para dar la vuelta al mundo; quería reflejar la parte interior del navegante: cómo gestiona uno todas estas situaciones, las buenas y las malas, cómo actúas tú como persona. Una vuelta al mundo es, sobre todo, mental; es lo que ocurre en tu interior, y eso es lo que he querido plasmar. Quería recoger las preguntas que me han ido surgiendo, porque después de doce años tengo más preguntas que respuestas.

—La presentación de su libro será este 30 de enero en Luanco. ¿Por qué ha elegido Asturias?

—Tengo mucho respeto por la gente del mar que hay en Asturias, que son básicamente pescadores. Ellos son los verdaderos navegantes, auténtica gente de mar que se hace a la mar por necesidad. Lo que vi hace años, cuando vine por última vez a Asturias a visitar a un amigo, es que se trata de una tierra muy unida al mar. La gente que vive de él y que, a pesar de todo, se lanza durante meses al océano forja una cultura y un carácter que admiro muchísimo. En ese sentido, creo que si hay un lugar donde realmente el mar se une con la sociedad, es Asturias.

 

 


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