Canción triste de El Molinón
Deportes
05 May 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Habíamos entrado antes, cuando abrían las puertas en los últimos minutos. Había enloquecido reconociendo a Maceda, que en realidad era Tocornal. Pero mi primer partido fue el Alemania-Argelia del Mundial del 82. Recuerdo la luz de junio, el imborrable olor a puro y hierba recién segada, la marea de asombro que rompió en las gradas cuando aquellos argelinos que no habían ganado a nadie empezaron a ganarle a Alemania. Mi segundo partido fue también histórico: Austria-Alemania, el tongo del Molinón. Tenía siete años y alguien en el fondo de mi corazón decidió por mí que aquel era mi lugar en el mundo.
Desde entonces vi marcar sobre ese césped a Quini, Ferrero, Joaquín y Maceda. Salté y grité con Villa, Narciso y Lucho Flores. No teníamos miedo: teníamos a Ablanedo. Luego Ciriaco, Bert Jacobs, Luhovy, Nilsson, ¡Iordanov! Ya siendo adulto, Lediakhov, Diego Castro, Lorita, De las Cuevas. Como se dice ahora, éramos felices y no lo sabíamos. Aunque a ratos nos sigan inyectando dosis de felicidad Gelabert, Otero y Dubasin. Cada uno tenemos nuestro paseo de la fama particular. El mío está aquí, en esta Gradona Este a la que me trajo mi padre a ver el Alemania-Argelia.
Manolo Preciado juega otra liga. Cada vez que traigo a alguien lo llevo a su estatua. Y le obligo a arrodillarse para buscar nuestros nombres en las placas, una genuflexión que le debemos a la gran divinidad del Sporting en el que yo creo. Preciado no era gijonés. Yo tampoco. Pero no he conocido a nadie que encarne mejor lo que para mí significa serlo: «Si a este hombre no se lo dice nadie, se lo digo yo, si está hablando en serio, es un canalla, quien escupe pa arriba…». El grupo de whatsapp de mi pandilla del Piles, nuestra familia numerosa, sigue existiendo como tal gracias al milagro que aquel hombre obró en los años de plomo, cuando el club tocó fondo y muchos que dan lecciones miraron a otro lado. Edu en Las Palmas; Pablo, en Bruselas; Fernando, en Cádiz; Dani y Jorge, en Gijón… Yo vivo desde hace 28 años en A Coruña, la ciudad que ha construido la mayor cervecera de España y la mayor textil del mundo. Trabajo en el mismo polígono que ellos. Tomo cañas donde ellos, cojo aviones con ellos, y los admiro profundamente. Porque en esos casi treinta años Coruña ha ido a más y Gijón a menos. He estado en Riazor viéndoles ganar a los mejores, pero no he sido del Depor ni un segundo de mi vida. Sigo manteniendo mi butaca en esta Gradona donde de guajes Dani y yo nos cambiábamos para ver atacar al Sporting. Gracias a Dios he andado medio mundo. He encontrado en Galicia a la persona que más quiero. Pero todos saben que el centro de mi universo es la geografía que une la escalera 13, El Molinón, el Instituto del Piles, El Grupo y El Continental.
Todo este impúdico ejercicio de yoyoísmo lo hago consciente para explicar por qué me identifico con ese gran genio gijonudo que es Nachín Vegas. Veo a mucha gente triste en la avenida Schulz. Veo a mucha gente triste en el Alimerka. Veo a mucha gente triste en El Molinón. Gijón ha ido a menos por la desgracia de unos gobernantes a cuál más negado y pusilánime. De todo lo bueno que tuvieron aquellos años ochenta reivindicativos y dinamiteros, nos hemos quedado con lo peor: el recelo a todo lo que venga de fuera, el odio ancestral a quien quiera hacer negocio o progresar. Los proyectos estrella hoy son tirar un puente, tirar una fábrica de colchones y seguir haciendo paseos junto al mar para jubilados.
Pese a todo, el Sporting cumple ciento veinte años. Algún día saldrá el sol, tendremos un Molinón como Dios manda y un equipo como el que soñamos. Para eso hay que merecerlo. Y no tengo claro que lo que hemos hecho como afición en los últimos años haya servido para ello. La canción de Nachín no se rinde a la tristeza. Termina con estacas de nogal, una radial de Duro Felguera y la decisión de salir a destripar vampiros, exigir que nos devuelvan la ciudad y, si hace falta, prenderle fuego. Reparar la tristeza desde hoy. Que así sea. Y que nos ganemos merecerlo.