La Voz de Asturias

El primer amor

Opinión

Álvaro González López

07 Jun 2017. Actualizado a las 05:00 h.

En una de estas tardes de sol, viento, polen y revolución que nos trae los rescoldos de la primavera, caminaba arrastrando la cabeza y levantando al cielo los pies. Paseaba en zigzag y dando rodeos para llegar más tarde a mi destino y así pensar adónde ir. Lo más bonito, siempre, es no llegar a ninguna parte.

Me deslicé por Uría, entre vuelta y vuelta llegué al Antiguo. Me senté en el muro de la Universidad y pasé un rato observando a la gente vociferante y feliz al sol mientras tomaban algo. Raro en mí, no me apetecía beber nada, me quedé allí: observando, empapándome de la vitalidad primaveral. Decidí seguir. Atravesé Altamirano, cruce Cimadevilla hasta la plaza del Ayuntamiento, me deje caer por la plaza del Sol y acabe tomando asiento en un banco junto al parque infantil del Campillín.

Me quité las gafas de sol, arrastré los pies y levanté cabeza. Saqué de mi cazadora El Cuaderno Gris de Plá y me puse a leer. Cada línea me llevaba a momentos de serenidad, de plenitud payesa, de prosa magistral elaborada con hechos cotidianos. Es un libro que leo al azar, lo abro por cualquier página y me dejo deleitar por el maestro Josep Plá. Leo la entrada correspondiente al 2 de abril de 1918, el destino ha querido que sea así. Trata sobre la importancia de escuchar y de ser escuchado, el afán que tienen los hombres por ser escuchados y el peligro que ello conlleva. «Un hombre escuchado se convierte en un presuntuoso absolutamente feliz. Ahora bien: cuando los hombres se saben escuchados, se vuelven débiles. Estos momentos de debilidad son la única rendija a través de la cual puede desprenderse una gota de generosidad del granito humano». También dice que el poderoso no necesita escuchar a nadie, son los otros los que adulan a éste y se arremolinan a escucharle. «Como siempre he sido pobre -dice Joan B. Coromina en el café- he pasado muchos ratos de mi vida escuchando a la gente».

Leo unas pocas páginas más y cierro el libro. Miro a mi alrededor: los niños juegan en el parque y al fútbol con la vitalidad de ese sol que es la infancia. Los padres y abuelos esperan, atentos y precavidos ante cualquier peligro, sentados en los bancos o junto a los columpios. Ser padre es eso, tener siempre la sartén en el fuego. Me palpo meticulosamente los bolsillos buscando alguna manoneda, pero no encuentro nada. No tengo dinero ni nadie que me escuche, sólo puedo escuchar. Que, por otra parte, es de lo más inteligente que puede hacer uno en la vida.

Me levanto y paseo, y no puedo evitar fijarme en dos niños: una niña y un niño hablando cara a cara. Me acerco con disimulo, me siento a una distancia prudencial, con dificultad, pero puedo escucharles. Un nerviosismo me invade, me veo como un joven aprendiz voyeurista. Los dos visten uniforme, pero son de distintos colegios. Tendrán unos 5 ó 6 años. La niña es rubia de melena ondulada; él, pelo corto, negro y despeinado. Ella le enseña una mano con chucherías, le dice: «si me das un beso te doy las chuches». Él mira sus náuticos de velcro y se pisa el pie izquierdo con el derecho, niega con la cabeza. La niña no se da por vencida y vuelve a la carga, ahora le enseña una moneda de 50 céntimos. Mantienen sus miradas unos segundos. El chico, con voz temblorosa: «no puedo darte un beso, no quiero tener hijos». Ella da un paso atrás, guarda en su sudadera sus presentes, y le dice que vale. Los dos vuelven a sus juegos. Pasa un rato y ella vuelve a llamarle, dice que le tiene que contar un secreto. El pequeño se acerca iluso y nervioso, cuando está cerca, la niña hace un movimiento rápido y le da un beso en los labios. Antes de que éste pueda reaccionar, ella corre por el parque a resguardarse entre los brazos de su madre. Él se queda helado en medio de la plaza, se toca con su mano los labios y vuelve a correr tras la pelota. Esa pelota que no para un segundo, pues la pelota nunca se cansa. Y el primer amor no se olvida.


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