La Voz de Asturias

Carreteras al infierno

Opinión

Eduardo García Morán
Tramo de la autovía del Cantábrico próximo al lugar del accidente, en Avilés

23 Apr 2023. Actualizado a las 05:00 h.

España está sin pintar. Y Asturias no pinta nada. No llegamos a la negritud de Cádiz (provincia), ponemos por caso, pero estamos muy bien colocados en el pelotón de cola. Y sin cola. O sea, sin pintura. Sin pintura en las carreteras

Ya despejamos de la ecuación el asfaltado y los puntos negros, que tanto abarcan. Sólo con quedarnos con las líneas laterales y centrales de las calzadas, nos sobra para aseverar que las carreteras de este país conducen al infierno. Hay una salvedad, aparentemente sorprendente: las islas canarias. Sean autovías, nacionales, regionales, locales o calles, Canarias mantiene cerrado el acceso al Infierno: el blanco, que parece siempre fresco, te guía de noche por el buen camino. No te despeñas. No te estampan.

Otra tierra, Cantabria, que, si bien no prohíbe taxativamente conducir hacia el infierno, te deja abiertas las puertas del purgatorio. Sí, pero también las del cielo. En Cantabria no se escudan tras el Estado. No, en Cantabria pegan un puñetazo en Madrid y la brocha viaja del centro al norte. 

Así que, si usted circula por la A-8, en cuanto entra en Asturias, percibe de tanto en tanto una brochita, brochita que ya vieron en el Triásico los primeros dinosaurios. Por descontado, hay tramos (tramitos) que se han asfaltado en tiempos de la caída del Imperio romano y, por tanto, lucen un poquito. Entre Unquera y Oviedo, el infierno está en las rectas y en las curvas, y en las salidas. Por ejemplo, tanto en una dirección como en la contraria, se encuentra el área de servicio de Colunga. Bien, como sea de noche y no se conozca, y si encima llueve, entrar o salir sin contratiempos está solo al alcance de la visión nocturna de un depredador.

Continuemos hacia Oviedo. La A-64. Un poco más allá de la salida a Pola de Siero, cuando se pasa de dos a tres carriles, hay algunos kilómetros que, en las condiciones antes señaladas, no se ve por dónde se va. Conozco a una persona que tiene una agudeza visual del 110%: él tampoco ve. O ve el infierno. Llegamos a Oviedo, calzadas de titularidad local: calles, rotondas, cruces, isletas y pasos de cebra a oscuras. Se es afortunado cuando, como en el caso de las autovías, al asfaltar una calle, reponen la señalización horizontal. Y esto no se da de Pascuas a Ramos en esta ciudad ultra religiosa y ultra y ultra económica y ultra política; se da de cuando Calígula susurraba a su caballo al presente.

Hacia atrás. Llanes. Llanes es un destino turístico que maltrata a las masas visitantes. Fijémonos sólo (¡hay tantos!) en el tramo que enlaza la salida de la A-8 con Posada de Llanes. Una rotondita en sombras y una recta a oscuras: ni una sola huella blanca desde los «Comentarios al Apocalipsis» del Beato de Liébana y la determinación de Alfonso II de permanecer casto.

¿Acaso se precisa arrojar más luz a una Asturias descaradamente de espaldas a la luz? ¿Acaso merece la pena ni siquiera hablar de las tinieblas? ¿Acaso se debió escribir este artículo? ¿Acaso quienes detentan el poder, aquí, allí y acullá, sentirán una repentina conmoción por recordarles que las carreteras de este necio país conducen al infierno, o sea, a la muerte?


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