La Voz de Asturias

Noelia o el furor del fundamentalismo

Opinión

Eduardo García Morán
Noelia Castillo, la joven catalana que falleció tras dos años luchando por recibir la eutanasia

05 Apr 2026. Actualizado a las 05:00 h.

En uno de sus poemas, Ted Hughes escribió en 1962 este verso: «Una vez más todo se arrastra hasta el límite de la navaja». De estar en el presente, doscientos años después, le pediría a Goethe que reescribiera Fausto y cambiara las condiciones por las que el sabio vendió su alma a Mefistófeles: no por salud, atractivo y potencia sexual, sino por hacer padecer a los petulantes defensores de la vida en toda circunstancia el sufrimiento, pero para la eternidad, que vivió Noelia Castillo, especialmente a los cristianos que se yerguen con el «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34) pero que pasan el tipes por la desesperación de Jesús, que recogen Marcos (15:34) y Mateo (27:46): «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonada?». O, sin necesidad de ocultar la desesperación, la interpretan como el sacrificio de un hombre para la «salvación eterna» de los pecadores hombres, que interpretaciones hay tantas como ocurrencias interesadas «ad hoc», especialmente a cargo de colectivos (Abogados Cristianos, Alianza Evangélica Española) o individuos (arzobispo de Oviedo).

Y la navaja de Hughes traspasó su límite y se ensañó con Noelia, y los depositarios de la «verdad» se ensañaron a su vez con una joven cuyo martirio no iba a beneficiar a pecador alguno, como el que se atribuye por conveniencia al crucificado (no el martirio; el beneficio). El derecho a morir es tan sagrado como el derecho a vivir, porque, justamente, uno quiere morir porque su vida no es vida. Una vida de explotación y miseria tiene el derecho vital a suicidarse, porque no es vida. No se quita una vida (digna). Se acaba con un sinvivir. Una vida lastrada por una familia reprobable y por experiencias lacerantes (esos abogados y Abascal, sin aportar prueba alguna, sostienen que fue violada en un centro de acogida por «varios menas», que los menas dan mucho juego; sin embargo, Noelia afirmó que fue violada por tres hombres cuando ya era mayor de edad y, por tanto, no estaba en ningún de esos centros). Esos traumas y otros, si los hubiera, y dolores de bayoneta subsiguientes bastan y sobran para pedir la eutanasia. Feijóo se apuntó a su manera, él, experimentado nadador entre dos aguas: «Las instituciones que debían protegerla, le fallaron». Interesante reflexión. Porque siendo cierta, las instituciones que fallan groseramente a los parias y, muy acentuadamente, a las mujeres maltratadas y asesinadas en un ritual satánico sinfín, son las que ocupa (desokupa) el PP, que las eliminan o jibarizan en los ayuntamientos y comunidades donde gobiernan con Vox; más certeramente, donde se arrodillan ante sus atronadoras pavorosas botas militares.

Es desesperante ver cómo tantos «amigos» de las vidas de los demás dan la espalda a la chusma, no denunciando, por ejemplo, los abusos sexuales de la Iglesia. O, como la política de Trump, que ha terciado en la eutanasia de Noelia pidiendo a su embajador en Madrid que la investigue (es el «sheriff» del Mundo), mata a miles y miles de estadounidenses cada año, a los que hurta un sistema sanitario público. O el aumento del 56% desde 1990 de niños fallecidos por cáncer en África y su reducción progresiva en Europa o América. Porque la navaja de Hughes, afilada ella, se revuelve enloquecida donde apenas queda ya esperanza de vida buena y se ausenta de los cubículos donde está el dinero (Oxfam acaba de informar que unos dos billones y medio de dólares están «desaparecidos») y todos los bienes terrenales y celestiales. Trump «dixit»:« Estamos ganando, en el espacio, en la Tierra y en todas partes».

Lo que ocurrió en el devenir de los cristianos, los fundamentalistas, fue sencillo. Una secta religiosa logró, con la fortuna de cara, hacerse con Roma y, por medio de ella, implantarse en el imperio y más allá, y transcurrido un puñadito de siglos, erigirse como una potencia universal, aunque a 380.000 kilómetros (Tierra-Luna) de distancia del iluminado pero misericordioso proyecto inicial. Desde su transformación y división en tantas ramas que conforman un frondoso árbol, el furor de los cristianos contra lo que no ha sido establecido canónicamente (¡?) es turbador, cuando no espantoso.

Entretanto, las bombas y los misiles siguen destrozando cuerpos y mentes, cercenando vidas de sanitarios, periodistas, niños, mujeres, hombres corrientes. Viviendas y tesoros familiares pulverizados. Millones de desplazados de sus tierras, de sus mundos. Hambre, enfermedad, humillación, desnaturalización. Oriente Medio, ya saben: «musulmán el que no bote», por asimilación del «maricón el que no bote». Todo por un tipo que dice ser un «genio» (Trump; Nerón también se creía un genio, del teatro, y su final fue el propio de una tragedia griega) y que es aplaudido por el partido español del pueblo que jode al pueblo y su socio supremacista, que, además, contemplan inmutables, cristianos ellos, desde sus vidas ampulosas, cómo los que sufrieron la «mayor extinción» de la Historia, están perpetrando otra, menor, pero extinción también: la de los palestinos.

En verdad, no obstante lo que están soportando tantas y tantas personas en este planeta que ahora contemplan en la lejana lejanía cuatro astronautas que ven «un solo pueblo», hay que acudir al Dante que escribió «hoy es el primer día de siempre». O sea, lo de siempre para siempre, que la única cuestión relevante es la relativa a la crueldad, cuestión que, y es solo un ejemplo, no se considera relevante en el barrio madrileño de Valdemarín, encuadrado entre el 1% de los barrios más ricos del país, un país donde estos días las multitudes veneran exaltadas las totémicas representaciones escultóricas que son muy pesadamente paseadas por las calles cuan reales divinidades que, Semana Santa sí y Semana Santa también, se reencarnan en esa estatuaria para sus anonadados incondicionales, fetichistas ellos; en Valdemarín, retomamos, los menores de edad (nuestros amados y cristianos «menas») no tienen noticia de la crueldad, sino de su contraria, porque no hay ni un solo colegio público.


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