No nos falles
Opinión
El expresidente reivindica su inocencia mientras crecen las dudas sobre el caso que amenaza con empañar el legado político que comenzó a forjar tras el histórico «no nos falles» de 2004
19 Jun 2026. Actualizado a las 08:25 h.
La primera vez que pude votar en mi vida fue en las elecciones generales del 14 de marzo de 2004. Hacía casi dos meses que había alcanzado la mayoría de edad y cursaba segundo de bachillerato en el IES Alfonso II de Oviedo/Uviéu.
Todas y todos no nos olvidaremos de aquellos durísimos días, primero por el salvaje atentado en varios trenes de Madrid (con 192 asesinados y más de dos mil personas heridas de diversa consideración), pero también por lo que se derivó después. Aquellas mentiras y falsedades propagadas por el Gobierno de aquel entonces, presidido por José María Aznar, recibieron un severo castigo en las urnas por su actuación más que sucia y ruin, en un momento en el que las y los españoles no merecíamos más manipulaciones del PP.
Una vez que se conocieron los resultados, José Luis Rodríguez Zapatero prometió a la ciudadanía que el poder no le iba a cambiar mientras se escuchaba de fondo a quienes se congregaron en la calle Ferraz gritándole aquello de «no nos falles». Su paso por La Moncloa no fue un camino de rosas, especialmente cuando se vio obligado a cumplir con las exigencias marcadas por quienes le amenazaban con intervenir la economía del país (al igual que pasaba en Grecia), lo que derivó en un nuevo ciclo político nacido en las calles a partir del 15 de mayo de 2011.
Aquellas protestas ciudadanas fueron muy exitosas, especialmente entre la izquierda, y su primer éxito electoral se produjo en las elecciones europeas de 2014. Aquello conllevó la abdicación de Juan Carlos I y la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba, además de la convocatoria, por primera vez, de primarias en el PSOE para elegir a su secretario general.
Tras un tiempo apartado —o, por decirlo más suavemente, en barbecho— fue incrementando poco a poco su presencia en los mítines del Partido Socialista, muy especialmente en los celebrados durante las elecciones generales de hace tres años. Sus intervenciones consiguieron estimular y movilizar al electorado progresista para que Pedro Sánchez siga hoy al frente del Ejecutivo nacional, superando incluso el tiempo de permanencia de él mismo y de Aznar y, quién sabe, si algún día también el de Felipe González. Fue, en buena medida, una forma de darle la vuelta a los malos resultados registrados apenas dos meses antes en numerosos municipios y comunidades autónomas.
Con sus luces y sus sombras —incluyendo también su etapa como líder de la oposición entre los años 2000 y 2004— y veintidós años después de aquel «no nos falles», ahora es él quien les dice a los suyos: «no les decepcionaré».
Creo que ante situaciones como la suya es muy difícil posicionarse. Por una parte, quiero creer en su palabra y otorgarle tanto la presunción de inocencia como esa confianza que ha pedido en el comunicado difundido tras declarar el pasado miércoles en la Audiencia Nacional. Sin embargo, también reconozco que siento una ansiedad muy severa por conocer toda la verdad, aunque esta pueda acabar provocándome una profunda decepción.
Los tiempos de la justicia no son los mismos que las necesidades de respuesta rápida que vivimos en la sociedad actual y, para colmo, nos encontramos todavía en una fase muy embrionaria de la instrucción. No sé si desde la perspectiva judicial los seis supuestos delitos quedarán sin efecto, ya sea porque no ha tenido nada que ver con lo que se investiga en Plus Ultra, porque no existan pruebas que lo incriminen o porque estas hayan sido anuladas o hayan prescrito.
Lo cierto es que había muchas esperanzas depositadas en que su interrogatorio disipara todas las sospechas. Sin embargo, por ahora su testimonio no ha servido para eliminar los «indicios racionales de criminalidad». Como respiro para el expresidente, el juez rechazó la aplicación de medidas cautelares, como la entrega del pasaporte, la prohibición de salir de España o la obligación de comparecer periódicamente ante el juzgado.
No obstante, desde ayer se ha ampliado el número de investigados en este caso, concretamente a personas de un círculo tan cercano como sus dos hijas y su secretaria. Aunque entiendo que sus máximos esfuerzos se centren en convencer al juez Calama de que no ha cometido ninguna fechoría —y, por lo que ha trascendido, sus respuestas fueron muy similares a las que ya ofreció cuando compareció en el Senado—, pienso que dada su trascendencia pública está obligado también a ofrecer una explicación detallada y minuciosa.
Y, sobre todo, es elemental que no vuelvan a repetirse situaciones como la del valor de las joyas. Porque, independientemente de por qué las tiene —algo muy importante de conocer—, lo que ha supuesto un auténtico tiro en el pie ha sido comunicar una cuantía veinticinco veces inferior a la valoración realizada por la joyería Ansorena de Madrid.
Hay una evidencia difícilmente discutible: ha pasado a un segundo plano cualquier otra noticia que pudiera resultar trascendente. Ahí están las negociaciones para la formación del nuevo Gobierno andaluz, el memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán, la infumable celebración del cumpleaños de Donald Trump en la Casa Blanca —con boxeo incluido— o los asquerosos gritos lanzados por la ultraderecha en el hemiciclo de Estrasburgo tras aprobarse en el Parlamento Europeo el llamado reglamento de retorno.
Se trata de un modelo migratorio que, entre otras barbaridades, promueve la externalización de los centros de deportación a territorios extracomunitarios, al más puro estilo de lo que ya había impulsado la Italia de Giorgia Meloni en Albania.
Creo que el PSOE no tiene un problema con el PP en términos de relato político, sino con la ciudadanía en general. Es escandalosa la noticia conocida ayer de que la pareja de Isabel Díaz Ayuso facturó, según la Agencia Tributaria, más de cuatro millones de euros a Quirón Prevención entre 2021 y 2023. Pero la izquierda tiene todas las de perder si recurre al «y tú más», aunque sea cierto y relevante que estos hechos salgan a la luz. Si queremos ser diferentes, honestos, limpios y creíbles, debemos actuar en consecuencia.
José Luis Rodríguez Zapatero ha reconocido que «lo más doloroso es saber que mucha gente puede sentirse defraudada si cree las cosas que se afirman de mí. [...] Nos costará más o menos tiempo demostrarlo, pero la verdad se abrirá paso y devolveré la confianza a quien ahora duda». Ojalá sea así por lo que representó y, aún en este instante y pese a todo, por lo que representa ¡No nos falles!