La Voz de Asturias

El australiano y la madrileña que encontraron en San Esteban su lugar en el mundo

Asturias

Manuel Noval Moro Redacción
De izquierda a derecha, Matthew Bray y María Carrasco

La pareja, que cruzo medio mundo para instalarse en Asturias, no conocía el pueblo: lo descubrió haciendo un viaje en furgoneta por el norte de España

21 Mar 2026. Actualizado a las 12:46 h.

María Carrasco y Matthew Bray viven desde hace un año en San Esteban (Muros de Nalón), un pueblo que no llega a los 500 habitantes. Hace poco más de dos años, vivían en Sidney, una ciudad de más de cinco millones de habitantes, de donde él es oriundo. María, por su parte, pasó toda su vida en Madrid, hasta que decidió irse a Australia, donde conoció a su actual pareja. Él es cocinero. Ella, graduada en Administración y Dirección de Empresas. Ninguno de los dos ejerce ahora en el oficio en el que se habían formado, y lo cierto es que, hasta que llegaron a San Esteban, nunca habían pisado esta tierra y no tenían ningún vínculo con ella. El cambio es muy grande.

¿Y cómo han llegado hasta aquí?

La historia comienza hace dos años. El matrimonio buscaba un cambio de aires y María echaba de menos España. Decidieron entonces regresar. En un principio, Asturias no estaba en sus planes. «Miramos el sur, por el calorcito y porque había menos lluvia, pero no nos cautivó en exceso», explica María. Por otra parte, la llegada a España no fue todo lo fácil que esperaban. Tuvieron que regresar a Australia por problemas de burocracia y, casi un año después, de vuelta en la península, probaron con el Norte. Los padres de María son vascos, y el Cantábrico acabó por ganar la partida. Se subieron a una furgoneta y comenzaron su viaje por el norte en Galicia, dispuestos a recorrer toda la cornisa cantábrica. Pero no pasaron de Asturias.

Lo que los animó fue la casa que encontraron. Tuvieron suerte por partida doble. Por una parte, la vivienda les gustó. Por otra, se vieron rodeados de buenos vecinos. Los de la casa de al lado fueron fundamentales para su decisión. Porque cuando vieron el que ahora es su hogar, no estaba todavía en su punto ideal, con paredes recias y habitaciones oscuras, entre otras cosas. Fueron los vecinos, que les enseñaron lo que habían hecho con la suya, los que los convencieron de todo el potencial que tenía la vivienda. Desde entonces, se han dedicado a reformarla poco a poco para convertirla en un buen lugar donde vivir. «Nosotros no tenemos ningún tipo de visión de diseño, y verlo nos convenció. Hemos tenido suerte con los vecinos».

El cambio ha sido drástico, pero han sabido adaptarse. Matthew Bray no hablaba ni una palabra de español cuando llegó. Aun así, consiguió un trabajo de cocinero en una empresa de cocina casera. «En Asturias se enamoró de la comida y queria aprender a cocinar como las guisanderas; aprendió a cocinar como los asturianos», explica su pareja. El trabajo lo ayudó a hablar mejor y también a hacerse más asturiano a través de la comida. «Toda la comida es muy distinta pero muy rica». Entre los platos favoritos de ambos está el cachopo. «Dicen que es de turistas pero da igual, nos gusta mucho», señala María.

María Carrasco asegura que al principio tenían sus dudas. Porque «en la gran ciudad tienes teatro, cine, exposiciones, bares y una vida muy activa». Pero pronto supieron que el cambio era lo que más les apetecía. «Llega un momento en el que que cada vez que sales te gastas un dineral, y tampoco te lo pasas tan bien; entonces elegimos dejar lo de salir por la ciudad para cuando realmente queramos hacerlo y pasar nuestra vida cotidiana más en la naturaleza».

Ahora parece que Australia les ha traído a ambos los pilares de lo que hacen ahora en Asturias. Porque allí el abuelo de Matthew, que era horticultor, despertó en María el amor por este oficio, que es el que ahora ha emprendido en Asturias. Ha fundado una empresa, Passiflora Jardines, con la que ayuda a la gente a montar jardines en sus casas. Y aunque Asturias es muy verde y la naturaleza está siempre presente, lo cierto es que ha descubierto que «aquí no hay mucha cultura de jardín; trabajo mucho más con la gente que viene de fuera». Pero hay algo que aprecia especialmente: su propia huerta, a la que poco a poco va incorporando productos que le gustan mucho. «Tenemos tomates, fresas, unos piescos exquisitos, de esto ya no compro más en el súper», dice.

En cuanto a Matthew, como buen australiano siempre ha practicado surf, y a este deporte dedicará a partir de ahora su tiempo, dejando de lado la cocina. Hay una escuela de surf en el pueblo que tiene mucha actividad, y el será uno de sus monitores, con la ventaja que le da ser angloparlante para los alumnos llegados de otros países.

La reforma de la casa está en proceso, los trabajos, evolucionando bien, y su vida en el pueblo, cada vez más asentada. Están muy contentos con la decisión, porque han tenido suerte con los vecinos y han encontrado de la forma más insospechada su lugar en el mundo. Un lugar cuyos paisajes admiran y recorren con placer, y a cuyo desarrollo también contribuyen poniendo su granito de arena.


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