La Voz de Asturias

Lourdes Morte, diagnosticada de trastorno bipolar: «El sufrimiento de esta enfermedad es realmente inhumano. Sufres por tu incapacidad para vivir en este mundo»

Asturias

Carmen Liedo Redacción

La presidenta de la Asociación de Bipolares de Asturias relata una vida marcada por el impacto de un trauma en su niñez, el laberinto de diagnósticos erróneos y la lucha constante por recuperar la identidad en un sistema sanitario que, a veces, olvida la humanidad del paciente

31 Mar 2026. Actualizado a las 11:14 h.

Lourdes Morte tiene 54 años y una memoria que en algunos momentos de su vida ha tenido que reconstruir. Su historia no comienza con una fluctuación del ánimo común, sino con un quiebre profundo a los siete años a raíz de un episodio de abuso sexual que marcó el inicio de una ansiedad y depresión silenciosas. «Ese suceso genera muchísima culpa», explica, detallando cómo esa carga la acompañó durante una adolescencia aparentemente normal en la que, mientras estudiaba la carrera de piano, por dentro se sentía «destrozada». Esa es la génesis de una patología que, según los especialistas, suele eclosionar ante traumas o momentos críticos de la persona.

Recuerda Lourdes Morte que a los 20 años el abismo se hizo insostenible, una fase de depresión bipolar tan aguda que desembocó en una anestesia emocional absoluta: «fue un sufrimiento constante cada vez más intenso, cada vez más intenso, cada vez más intenso. Hasta que un día dejé de sentir. Y se lo digo a mi madre: no siento nada», relata sobre aquel momento en el que, «estirada en la cama», asegura, la falta de sentir se convirtió en su única realidad. Tras un periplo por médicos de cabecera y psiquiatras, que inicialmente le diagnosticaron una depresión endógena, Lourdes sobrevivió a un intento de suicidio con la misma medicación que le habían recetado. La explicación médica fue que los antidepresivos le habían dado la fortaleza física para actuar, pero no había dado tiempo a que repararan su psique.

Cinco años después de aquel primer contacto con la psiquiatría, tras un episodio de exaltación y energía desbordante en una fase maniaca, llegó por fin el nombre de su dolencia: trastorno bipolar. Para Lourdes, el diagnóstico fue un alivio, confiesa: «me puse a llorar de alegría porque pensé: me están dando el diagnóstico correcto, pues entonces darán con el tratamiento correcto». De alguna manera, ella sospechaba que podía padecer la enfermedad considerando la base genética, ya que una tía y un abuelo habían tenido antecedentes similares e ingresos hospitalarios. La confirmación, además, le abrió la puerta al uso del litio, el máximo estabilizador del ánimo, aunque su experiencia con esta medicación conllevó efectos secundarios y complicaciones, como el hipertiroidismo.

Terapias alternativas y empeoramiento

La historia de su vida también incluye capítulos de una maternidad valiente. A los 28 años, desafiando las advertencias médicas sobre los plazos para ser madre, Lourdes decidió seguir el instinto maternal que se le despertaba. Si bien su primer embarazo fue estable, el segundo resultó ser una travesía «fatal» donde la prueba de terapias alternativas y homeopatía, lejos de ayudar, empeoraron su estado. «Nuestro cuerpo tiene una sensibilidad tan sumamente delicada que todo eso lo empeora», reflexiona con la perspectiva de quien ha probado desde el Reiki hasta la terapia electroconvulsiva, una terapia esta última tan agresiva que le llegó a dejar secuelas de memoria tan graves que llegó a olvidar el día de su propia boda o, mismamente, añade, «cuando salía del hospital, no sabía hacia dónde me tenía que dirigir. Estaba completamente perdida».

La experiencia hospitalaria de Lourdes tras cinco ingresos también ofrece una visión dura. Relata episodios de contención mecánica en el HUCA, donde se sintió tratada «como a una rana y no a un humano» después de que la ataran de pies y manos sin haber opuesto resistencia, simplemente por la imposibilidad física de quedarse quieta durante una fase maníaca. «Y yo tenía mucho pipí, hasta el punto que la vejiga ya no podía más, y me trajeron el orinal, pero en esa posición de manos atadas, tobillos atados y abrir rodillas, yo así no podía hacer pipí de ninguna de las maneras. Entonces me dije, Lourdes, o gritas o aquí no te va a hacer caso nadie. Empecé a gritar: así no puedo hacer pipí, porque yo no soy una rana, soy un ser humano. Y lo empecé a decir varias veces, muy fuerte, hasta que conseguí que me llevaran al baño», rememora.

Otro episodio especialmente doloroso que recuerda fue cuando, estando bajo el efecto de delirios, denunció una agresión inexistente: «un día me despierto y había un hombre mirándome que tenía la cara con marcas de acné y, de alguna manera, me generaba rechazo. Le dije, tú me has violado esta noche. Yo estaba enferma», explica Lourdes Morte, que añade que lo que recibió por parte de la jefa de servicio fueron gritos en lugar de hacerle una evaluación profesional sobre posibles traumas previos. «A nadie se le ocurrió preguntarme si yo había pasado por algún episodio de abuso sexual», lamenta la misma, subrayando que, aunque «a partir de esa noche superé ese trauma, la forma de tratarlo fue muy poco profesional», apostilla respecto a la falta de sensibilidad en aquel momento en un entorno en el que debía recibir cuidados.

«La locura, sana»

A pesar del estigma y la dureza de los ingresos, Lourdes sostiene una visión particular: «la locura, sana». Para ella, algunas fases maníacas le permitieron exteriorizar y finalmente superar obsesiones y traumas que arrastraba desde joven. Sin embargo, no ignora la otra cara de la bipolaridad: la incapacidad total para realizar tareas cotidianas como ducharse o hacer una llamada telefónica durante las fases depresivas. «En 2017, en una fase depresiva, fue mi último ingreso», señala Lourdes, que cuenta que en aquel momento fue capaz de engañar a la gente en un episodio de alucinaciones: «como ves alucinaciones y tienes creencias falsas, pensaba que había quedado con un amor platónico en San Sebastián. La Guardia Civil me llevó al ambulatorio y supe disimular la fase maniaca, así que me dejaron marchar y hasta cogí un taxi que me cobraba 300 euros para que me llevara. Pero a los 15 minutos se paró porque le llamaron por radio para que no me llevara», relata. Entonces ingresó en el Hospital de Arriondas donde una conocida la convenció para que la medicaran ya que rechazaba que le pusieran tratamiento.

Hoy, la estabilidad de Lourdes es el resultado de un «cóctel de medicamentos» y, sobre todo, de una relación de confianza con su psiquiatra actual, quien la visita semanal o quincenalmente para ajustar la química de manera consensuada, y es que ella misma ha aprendido a conocerse con esta enfermedad que, sobre todo al principio, le ha generado retos a nivel social: «si teníamos una quedada, una reunión, tenía que pensar cómo iba a comportarme, cómo iba a gestionar ese encuentro», preguntándose en los episodios en los que se sentía mal porque otras personas se sentían bien: «yo me decía, ¿qué tendrán?, ¿cuál será el secreto?», cuenta Lourdes, que asevera que «el sufrimiento del trastorno bipolar es realmente inhumano. Sufres mucho, sufres por tu incapacidad para vivir en este mundo».

Asociación de Bipolares de Asturias

Esa red de seguridad es la que intenta replicar desde la presidencia de la Asociación de Bipolares de Asturias, un colectivo fundado en 2003 que busca ser un refugio para quienes padecen la enfermedad, especialmente los jóvenes menores de 30 años, que a menudo rechazan el diagnóstico. Explica la representante de ABA que, en la asociación, el apoyo mutuo es el pilar fundamental, por lo que organizan grupos de lectura, salidas al teatro y visitas a quienes están atravesando crisis en casa. A su entender, compartir la experiencia es vital porque el entorno familiar, aunque actúe con amor, a menudo cae en la sobreprotección por miedo. En lo que a ella respecta, señala que «yo no les puedo reprochar que tengan miedo», refiriéndose a sus hijas y marido, reconociendo que la enfermedad transforma la dinámica de todo el hogar.

Por si sirviera a otras personas, Lourdes Morte ha volcado su vivencia en el libro Memorias de mis humores tristes, una obra que busca aliviar a otros a través de la identificación. «El sufrimiento compartido nos alivia. Un poco, poco, pero nos alivia», afirma con total sinceridad ya que habla abiertamente de su enfermedad. Eso sí, matiza que cada caso es un mundo, aunque considera que el nexo de unión entre los pacientes es un dolor que escapa a la comprensión de quienes no lo sienten: «este es mi testimonio y hay miles diferentes, pero que tienen en común el sufrimiento. Es que esa es la clave. El sufrimiento intenso», traslada la misma, que también aporta que su enfermedad, lejos de amedrentarla, ha forjado una identidad resiliente. «A mí me ha convertido en una persona fuerte y valiente», resalta.

Así, con su testimonio, Lourdes hace una llamada a la humanización de los tratamientos y a la ruptura del silencio en una enfermedad que aún está muy estigmatizada, porque, como ella misma concluye, nadie debería tener que transitar por el trastorno bipolar sin una mano que sostenga la suya.


Comentar