Carolina Sarmiento, escritora: «Los acuerdos sobre el clima son papel mojado cuando prima producir»
Cultura
La asturiana, también periodista, acaba de publicar «Las Fronteras» una obra en la que imagina un mundo sin la mitad de su población
03 May 2026. Actualizado a las 05:00 h.
El agotamiento de los recursos naturales ya no es una advertencia lejana, sino una realidad palpable. Ante la amenaza de un colapso ecológico, la periodista asturiana Carolina Sarmiento (Oviedo, 1981) lanza una pregunta tan provocadora como necesaria: ¿y si devolviésemos a la naturaleza la mitad del planeta? Esa es la premisa de Las Fronteras, su nueva novela, en la que explora, bajo el amparo de la editorial Siruela, los límites —físicos, emocionales y simbólicos— que nos definen como individuos, al tiempo que profundiza en su consolidada faceta literaria.
—¿Cómo nace la idea de Las fronteras?
—Empecé a tirar del hilo cuando una mañana me dio por pensar, ¿y si alguien o algo pudiera colarse en nuestros sueños y fotografiarlos? Escribí partiendo de esta sugestión. El guarda de una zona fronteriza se encuentra la foto de su pesadilla. Para el lugar me inspiré en la franja vegetal que separa Finlandia y Rusia, una espesura salvaje y kilométrica diseñada para mantener alejados a dos países enemigos a lo largo del tiempo. Lo puse como vigía y recordé esa teoría que mantiene que solo deshabitando la mitad del planeta y devolviéndosela a la naturaleza tenemos una esperanza de sobrevivir.
—En la obra se puede leer: «En menos de tres generaciones, el mundo ya no es habitable». ¿Cree realmente que la sociedad puede llevar al planeta a ese punto de colapso?
—Sí, seguimos produciendo y consumiendo como si no hubiera un límite, como si lo destruido se pudiera recuperar. Tenemos el conocimiento, sabemos que hemos destruido paisajes, ecosistemas, especies, pero continuamos. No debe de resultar beneficioso frenar toda esa maquinaria de cara a las elecciones. Solo hay que escuchar a los vecinos de la zona oeste de Gijón cuando ponen sobre la mesa los datos de cáncer o enfermedades respiratorias por culpa de la contaminación, pero no hay cambios. La recomendación de los expertos es aumentar los espacios verdes en las ciudades para paliar el aumento de la temperatura del planeta. ¿Y qué sucede? Viviendas en los terrenos del Cervigón, pérdida de praos en el campus de Viesques para construir universidades privadas o supermercados, una promoción de chalets en Deva... En su ensayo Svalvard Jordi Soler apunta que en el último siglo ha desaparecido el 75% de las especies vegetales del planeta. En esas islas noruegas hay un búnker con millones de semillas. ¿Acaso creemos que es un parque temático? No, es un arca de Noé para cuando ya no haya una vuelta atrás. La urgencia está en los estudios, pero los acuerdos del clima son papel mojado cuando prima producir. Se estima que la tasa de extinción de especies y razas es 877 veces superior a la que existía antes del origen de la humanidad. Antes era una extinción cada tres millones de años. Es un dato del ensayo Medio planeta, de Edward O. Wilson. Ya lo dice el saber popular, la avaricia rompe el saco.
—El protagonista de Las fronteras es un guarda que se dedica a proteger el espacio para que el paisaje se recupere por completo. ¿Cómo fue el proceso de creación de un personaje así?
—Él cree ciegamente en el Tratado de la Desocupación, un documento que obliga a la renaturalización absoluta de la mitad del planeta. Su pueblo es uno de esos lugares llamados a desaparecer a favor de la naturaleza. Construí un personaje roto, solitario, férreo, pero a través de sus pensamientos vemos que al otro lado de la coraza hay un tipo sensible. Me gusta esa frontera entre lo que vemos de una persona y lo que hay dentro. La novela conjuga una aventura exterior y otra interior. Se desarrolla todo en una única jornada en la que vive su propio día de furia. Es como esos sherifs del oeste empeñados en hacer cumplir la ley, pero claro, ¿dónde está el límite?
—¿Cuánto hay de usted en este personaje?
—Nada y todo. Tenemos rabia acumulada, nos ablandamos si nos cuidan, confiamos en el tacto, soñamos con fuerza, amamos a los caballos, veneramos la música y las canciones populares, nos emocionamos ante las pinturas rupestres, corremos, nos gusta estar en la naturaleza, intuimos que somos animales a pesar del ropaje.
—A través de este personaje aborda el conflicto interior que genera la toma de decisiones. ¿Hasta qué punto es consciente de sus propias contradicciones?
—En un momento de la novela dice algo así como que la cueva representa la contradicción que lleva dentro. En esa cueva hay pinturas ancestrales que representan momentos de caza. Le emociona lo que detesta. Creo que es consciente. ¿Quién no lo es? Las fronteras son lugares desdibujados y las personas también lo somos.
—«Sin pasado, seremos olvido», dice el protagonista de la novela. ¿Qué importancia tiene mantener vivo lo vivido?
—Prefiero disfrutar el momento y no caer en la nostalgia. El protagonista anhela ese olvido. Quiere que la naturaleza tome las calles de su pueblo, regresar al punto cero del planeta.
—Es curioso porque ha escrito una novela en la que no hay mujeres. ¿Por qué tomó esa decisión? Teniendo en cuenta el contexto actual, en el que se busca visibilizar el papel de la mujer, ¿cómo la justifica?
—En el pueblo protagonista solo quedan hombres, las mujeres se han ido donde aún hay vínculos y sociedad, a la parte habitada del planeta, la que no va a desaparecer. Creo que es bastante representativo. Hay una excepción, una familia (madre, padre y su bebé), que no debería estar ahí. Por otra parte, quien desencadena el Tratado de la Desocupación es una divulgadora. Su mensaje provoca la toma de consciencia de que ha llegado la hora de actuar. Desencadena el fin de nuestra civilización tal y como la conocemos. Una líder histórica, trascendental.
—La frontera es, además de la delimitación física que deja a un lado las zonas habitadas, una metáfora que a lo largo de la novela permite marcar límites. ¿Qué fronteras le interesaba romper o cuestionar al escribir esta obra?
—Más que romper me interesa explorar. Por ejemplo, ahondar en la frontera entre lo animal y lo humano: ¿cuánto queda de nuestro instinto de mamíferos omnívoros? ¿Seguimos siendo animales? También me atraen los límites entre el sueño y la vigilia. Me resulta apasionante lo que nuestro inconsciente es capaz de crear cuando desconectamos la razón y cómo un sueño nos puede modificar el ánimo del día. En la novela también está presente el límite entre la amistad y el amor o entre el bien y el mal. Y otra frontera radical y de actualidad: partiendo de una idea utópica de consenso mundial para salvar el mundo puede surgir un totalitarismo.
—¿Cree que vivimos en un mundo con más fronteras visibles o invisibles?
—Las fronteras visibles son las del paisaje, por ejemplo un río que no puedes cruzar. Las invisibles requieren palabras y estas a veces son más difíciles de encontrar que el material con el que se construye un puente.
—Después de escribir esta novela, ¿siente que ha cruzado alguna frontera, tanto a nivel personal como profesional?
—He conseguido adentrarme y profundizar en temáticas que me convocan: la naturaleza, la violencia o nuestro yo animal. Escribirla me ha generado la misma satisfacción que las anteriores, cada una con sus ecos. Emprender una historia que solo está hecha de imaginación es una temeridad que me da vida. El hecho de publicarla con Siruela es un respaldo profesional y la esperanza de alcanzar más lectores.
—En esta novela se hace eco de autores como Olga Tokarczuk o Cormac McCarthy.¿Qué aportan sus referencias a la historia?
—Una cita de Todos los hermosos caballos de Cormac McCarthy abre la novela. Ambas historias comparten un deslumbramiento hacia el halo magnético de los caballos y creo que mi estilo directo y poético conecta también con el de McCarthy. Si hay una distopía que me atrapó, esa fue La carretera. La comparación con Olga Tokarczuk parte de la editorial. Reconozco que me emociona.
—¿Qué mensaje le gustaría que calara en quien la lea?
Me gustaría que quien la leyera la sintiera con una fuerza telúrica, que le despertara reflexiones, desasosiego, emoción. La novela toca muchos temas: naturaleza, guerras, soledad, amor, humanidad… Creo que cada lectura es única. No pretendo hacer alegato de nada, no escribo ensayos, no quiero convencer a nadie de lo que debe pensar. Sí que busco emocionar. Ojalá la historia de Las fronteras les atrape como un sueño poderoso.
—¿Ha cambiado su manera de ver el mundo después de escribir Las fronteras?
—Las noticias diarias me recuerdan el contexto en el que se desarrolla Las fronteras. Todas las atrocidades que estamos viendo, los mensajes terribles de Trump anunciando que va a aniquilar civilizaciones o convertir la Franja de Gaza en un resort o esas investigaciones que demuestran que en los tiburones hay restos de cafeína y cocaína o que los arrecifes de coral han muerto. A nivel regional nos vendemos como Paraíso Natural y nos estamos convirtiendo en un Paraíso Militar. Hay una alfombra roja en Asturias para la industria armamentística. ¿Ves como todos y las instituciones también somos contradictorios? No hace falta lanzar a una tripulación a la luna para que desde la distancia nos digan que somos una excepción de vida en el universo. Tal vez escribir Las fronteras me ha hecho más sensible a la distopía diaria en la que estamos metidos. Mientras revisábamos la novela teníamos la sensación de que la actualidad nos adelantaba. Estamos en un momento de cambio social y temporal en el que tanto como individuos como sociedad debemos preguntarnos qué huella queremos dejar. Sucede lo mismo en la novela.