Une los puntos (y 2): de la negligencia emocional a la crisis global
Opinión
15 Jul 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Tras un siglo XX con dos guerras mundiales, el consecuente avance del multilateralismo y del Derecho Internacional Público, y el desarrollo de los Derechos Humanos, surgen gobernantes «pirómanos» con la intención socavar esos avances que, a duras penas, tratan de apuntalar la convivencia global.
Las guerras no cesan, tal vez como eludible expresión de la lucha por la supervivencia en un mundo con recursos limitados y en deterioro evidente. Y es en ese complejo contexto de incertidumbre, en el que se da un fenómeno también recurrente: los salvapatrias que prometen orden y seguridad en un mundo desordenado e inseguro. Y cuanto mayor es la incertidumbre, mayor es la posibilidad de que surjan salvapatrias enajenados que, en su delirio egoísta y mesiánico, e insensibles a los daños que infligen en la población, acaben provocando un caos global de consecuencias impredecibles.
He dedicado unos cuantos artículos a explorar una variable que no suele aparecer en los análisis geopolíticos. Las alteraciones en el desarrollo psico-afectivo pueden dar lugar a perfiles conflictivos que, en determinados contextos, llegan a acumular un poder con un potencial nefasto. El padre de la psicología política moderna, Harold D. Lasswell, ya dio algunas claves importantes en sus textos «Psicopatología y poder» (1930), «Política mundial e inseguridad personal» (1934) y «Poder y personalidad» (1948). Desde entonces hemos adquirido conocimientos acerca de los mecanismos que conectan las carencias afectivas y los traumas de la infancia con la conducta abusiva y violenta de la vida adulta.
En tiempos de crisis y precariedad la crianza se deteriora, material y afectivamente, y, de forma concomitante, el desarrollo neurológico que sustenta la capacidad de vincularse afectivamente, respetarse mutuamente y cooperar para un objetivo común. Más aún en zonas en las que los conflictos se enquistan, retroalimentando una espiral de violencia como, por ejemplo, la del conflicto árabe-israelí. Aunque se da en todo el mundo: señores de la guerra, conflictos tribales, dictadores, nacionalismos radicales, yihadismo, supremacismos varios, etc. Sería muy interesante poder hacer un perfil psicológico, a partir de la infancia, de quienes lideran todos estos movimientos que fomentan la discriminación, el abuso y la violencia.
De todos esos personajes, expondré cuatro casos destacados. Por la amplitud de los daños que provocan, su contribución al caos mundial, además de por la accesibilidad de sus respectivos historiales.
Qué decir del «rey» de todos ellos, Donald Trump. No es la primera vez que escribo sobre él, ni será la última. No en vano es el epítome de la enajenación narcisista. Y un tremendo peligro para todo el mundo, como se empeña en demostrar hasta el esperpento. Su historia es conocida. Los hermanos Fred, Jr. y Donald Trump recibieron una educación despiadada por parte de su padre. No había relación afectiva, sino una adiestramiento obsesivo en busca del dinero y el poder: «Sé un rey, un asesino, y no te disculpes jamás». No podían demostrar debilidad y debían responder a cualquier ataque multiplicando la agresividad. Esta presión acabó con el hermano mayor y heredero del imperio inmobiliario, Fred Jr., que, a pesar de la nociva disciplina familiar, consiguió realizar su sueño de ser piloto de avión en una aerolínea importante (TWA). «Conductor de autobuses del aire», se burlaba su padre. Este desprecio de su familia lo llevó al alcoholismo y a morir de un infarto a los 42 años. Un entorno de negligencia emocional y trauma del que Donald debió creer que la única escapatoria era satisfacer las codiciosas expectativas de su padre. Y ahí está, amenazando a quien no accede a sus caprichos, tomando recursos de otros países por la fuerza. Y lo que nos queda por ver.
Al otro lado del tablero geopolítico tenemos a Vladimir Putin, que creció en un entorno diametralmente opuesto al del ostentoso lujo de su rival americano. Vladimir nació en Leningrado apenas siete años después del final de la Segunda Guerra Mundial. Ciudad que padeció un atroz asedio nazi. Así pues, su infancia estuvo marcada por el trauma de la guerra y el trauma familiar de la muerte de sus dos hermanos mayores. Vivió en condiciones de precariedad, compartiendo una infravivienda con otras familias y con ratas, y de acoso por parte de los chicos de su barrio. La lucha por la supervivencia marcó su carácter: «Si la pelea es inevitable, debes golpear primero». Debió ver en el alistamiento al servicio secreto soviético (KGB) una salida de la situación pobreza y de abuso de poder que padecía. Mejor ejercer la dominación, que ser dominado. Y ahí lo tenemos, intentando reconstruir el imperio ruso y hacer frente a la dominación occidental (de por sí en decadencia).
Asciende con fuerza en el ranking de la infamia Benjamin Netanyahu. Este no tuvo carencias materiales, ni obsesión por el lujo. Pero padeció un entorno muy duro marcado por la severidad de un padre radical del sionismo revisionista, el historiador Benzion Mileikowsky. Afectivamente distante, inculcó en sus hijos una actitud de lucha sin cuartel contra los «salvajes» árabes, a los que había que expulsar de Palestina; sin lugar para la debilidad o el arrepentimiento. Su intransigencia dogmática le granjeó el ostracismo académico en la época del primer ministro laborista Ben-Gurión, por lo que la familia migró a EEUU arrastrando un ambiente de aislamiento y resentimiento. La muerte del hermano mayor de Benjamin, Yonatan, abatido en una operación de rescate llevada a cabo por una unidad de élite del ejército israelí, de la que era comandante, fue un golpe terrible para la familia. Tenía 30 años y representaba al héroe israelí. La aspiración de satisfacer las expectativas de un padre tan intransigente quedó a cargo de Benjamin, el pequeño. Y lo intenta desde la política, en la que su padre fracasó al volver a Israel en 1949, tratando de construir el Gran Israel, genocidio mediante.
Hay un caso menos letal pero igual de ilustrativo de la relación entre negligencia emocional en la infancia y la conducta violenta en la edad adulta. Se trata de Javier Milei. ¿Qué historia tiene detrás alguien que se jacta, motosierra en mano, de abandonar a su suerte a una gran parte de la población de la que es responsable político? Porque, según él, la «justicia social», cuyo propósito es evitar el histórico abuso de poder de unos pocos sobre la mayoría, es una aberración que hay que eliminar. Alguien que dice que los derechos sociales son un obstáculo a la economía. Pero no dice a la economía de quién, claro. Y obvia que favorecer la economía de unos pocos, obstaculizando la satisfacción de las necesidades básicas a muchos, es una forma de violencia.
Es el propio Javier quien ha relatado el maltrato físico y psicológico que sufrió durante la infancia, tal vez como explicación de una mal entendida dureza de carácter. Recibía constantemente palizas por parte de su padre, ante la indiferencia de su madre. También sufrió acoso escolar por parte de sus compañeros, que lo llamaban «El Loco». Uno de sus principales apoyos emocionales fue, según él, su «hijo» Conan; un mastín que murió en 2017, con el que, dicen algunas biografías, sigue hablando. Incluso le aconsejó meterse en política.
Como dijo el profesor H.D. Lasswell: «El hombre político busca el poder como un mecanismo de compensación contra las privaciones sufridas en la infancia». Sin embargo, aunque esa infancia traumática no pueda servir de eximente en un muy improbable juicio, si lo considero una atenuante. Es más, aunque estos personajes son la cara visible de movimientos «psicopáticos», no son los únicos responsables. Necesitan la complicidad de un equipo afín, y el apoyo de una parte significativa de la población a la que gobiernan.
Preguntas pertinentes serían: cómo ha evolucionado la sociedad, debilitando el desarrollo psico-afectivo de la infancia hasta el punto de alterar las bases neurológicas en las que residen la empatía, la regulación emocional o el control de los impulsos, entre otras funciones. Qué mundo le espera a nuestra descendencia si la criamos en la desconfianza, el resentimiento y la hostilidad. Y, finalmente: a río revuelto ¿ganancia de acaparadores?