Ana Rodrigo, psicóloga: «Los niños pueden tener ansiedad por cosas muy comunes como hacer exámenes»
La Voz de Oviedo
Si no se detecta ni se aborda en la infancia, este trastorno puede persistir y agravarse con los años, afectando seriamente la vida adulta. «Es una gran verdad y una verdadera pena, porque enseñar a los jóvenes a manejar la ansiedad no es algo tan complicado», asegura la experta
05 May 2025. Actualizado a las 09:33 h.
Se piensa que los niños únicamente pueden ser felices, pero no es así. Que de vez en cuando tengan sentimientos negativos resulta también beneficioso para su desarrollo. De hecho, es normal que sientan miedo en ciertos contextos o se muestren preocupados ante determinadas situaciones. La clave de todo está en el tiempo que duran estas emociones. Si no son pasajeras, pueden derivar en problemas de salud mental como la ansiedad. Un trastorno que, si no se detecta ni se aborda en la infancia, puede persistir y agravarse con los años, afectando seriamente la vida adulta. «Puede incluso desembocar en un cuadro depresivo», asegura la psicóloga clínica Ana Rodrigo (Madrid, 1970). Miembro del Colegio Oficial de Psicología del Principado de Asturias (COPPA), la experta en la conducta humana explica cuáles son, en edades tempranas, los síntomas más comunes de este trastorno y cómo prevenir el mismo.
—¿Está percibiendo en consulta más casos de niños y adolescentes que presentan síntomas de ansiedad?
—Que vengan expresamente por temas relacionados con la ansiedad, que los padres lo identifiquen como tal, no estoy viendo un incremento. Lo que sí que estoy apreciando son las consecuencias. En los adolescentes, por ejemplo, sí que hay mucho malestar, conflictos familiares o bajo rendimiento, que cuando te pones a analizar ves que hay una base ansiosa, Entonces no directamente pero de forma indirecta sí y, sobre todo, estoy viendo más adolescentes que niños. Y más mujeres que hombres.
—¿Qué es exactamente la ansiedad infantil?
—La ansiedad en realidad es una respuesta emocional que todo el ser humano tiene en situaciones de peligro o estrés. Es totalmente normal y, aunque es incómoda, es necesaria. Tiene además una clara función adaptativa. El problema está cuando se da en situaciones que no tendría por qué darse o se da de una forma excesiva, con mucha intensidad o con una frecuencia que no procede. Pero, es importante saber que todos a lo largo de la vida tenemos un cierto grado de ansiedad que va fluctuando.
—¿Cuáles son las señales más comunes que un niño o un adolescente puede estar sufriendo ansiedad?
—Es un poco diferente en niños que en adolescentes. Los niños sí pueden identificar ese malestar, pero no lo tienen tan claro porque esa preocupación la pueden tener de forma habitual. Los niños pequeños pueden tener ansiedad por cosas muy comunes como hacer exámenes o los deberes, cometer errores… A nivel físico sí que pueden notar temblor, mareos, que se les acelera el corazón y, sobre todo, tienen muchos pensamientos de duda, indefensión o que quieren irse. El adolescente, en cambio, como normalmente está en una fase complicada, es muy bueno ocultando sentimientos. Entonces, desde fuera no le vamos a ver, pero ellos mismos sí que pueden notar más sensibilidad, malestar, pero no es habitual que lo identifiquen con ansiedad. En los últimos tiempos parece que la visibilidad de la salud mental sí que ha hecho que haya más conocimiento y más conciencia y cada vez hay más chavales que te lo identifican pero no es lo más frecuente.
—¿Cómo un padre o una madre puede darse cuenta de que es un problema serio y no una preocupación pasajera?
—Es algo difícil, sí, porque al final son todo ese tipo de temores que el niño puede tener. Pero, cuando el niño quiere salir de su cotidianidad, no quiere ir a clase ni al parque, tampoco quiere salir con los amigos. O si el adolescente está más irritable, irascible, se aísla más, ese es un poco el síntoma principal. Sí que se les puede ver preocupados por las cosas, pero en el momento que el niño o el adolescente deja de hacer aquello que le producía satisfacción es porque algo ha cambiado.
—¿Qué factores influyen en el desarrollo de la ansiedad en menores?
—Hay algunos menores en los que solo hay una variable. Pero, por lo general, es la unión de varias. Muchas veces es un tema ambiental, por ejemplo, cuando el niño está en una situación de acoso escolar o de caída de rendimiento académico. Otras es más bien un tema de aprendizaje porque al final aprendemos lo que vemos. Si su madre, su padre o las figuras de vinculación principales tienen esa respuesta, ante dificultades, él también puede tener ese mismo tipo de respuesta. También la ansiedad puede darse por la forma de ser. Hay niños que son más reflexivos, dan muchas muchas vueltas a las cosas y repiensan en exceso. Y, por último, hay un factor genético. Hay personas que tienen mayor predisposición a sufrir ansiedad.
—¿El uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías también pueden influir en el desarrollo de este tipo de trastornos mentales?
—Sí, claramente sí. Antes de la pandemia hubo un aumento de casos y después también. Ambos casos están muy relacionados con el uso de las redes sociales y los dispositivos en general por varios motivos. Por un lado, al estar más horas con los dispositivos, tanto niños como adolescentes, desplazan a un lado otras actividades como son los deportes o las interacciones sociales cara a cara que son fundamentales para gestionar esa tensión. Y eso es una verdadera pena. Por otro lado, sobre todo en adolescentes, está en alimentar la autoestima en base a las interacciones que reciben. Si suben una foto como quieren tener muchos “me gusta”, se vuelven muy dependientes y eso acaba generando verdaderos problemas de ansiedad, que, al mismo tiempo, acaban queriendo “resolver” abusando más de las redes sociales. Pero sí, claramente, los dispositivos tienen mucho que ver con el aumento de la ansiedad. La ansiedad era además una de las conductas con mayor frecuencia en infancia y adolescencia pero en los últimos diez años ha habido un aumento bastante importante.
—¿Cómo se diferencia la ansiedad del miedo?
—Buena pregunta. El miedo es algo que sucede en el momento. Tú estás en una situación y tu cuerpo reacciona así. En cambio, la ansiedad tiene más que ver con la reflexión humana porque es ese pensamiento hacia adelante o hacia atrás, pensando en lo que puede pasar o de lo que ya pasó. Por eso, los seres vivos pueden tener miedo pero no todos tienen ansiedad. El ser humano tiene miedo y luego añade ahí la ansiedad, porque tiene esa capacidad de pensarlo todo y repensarlo, que es muy buena para muchas cosas, pero nos trae muchos problemas para otras.
—En el momento que la ansiedad se manifiesta, ¿cuándo es recomendable acudir a un profesional?
—Muchas veces el propio manejo que pueden hacer los padres o los docentes pueden hacer de esta situación a lo mejor puede ser ya suficiente. Pero, cuando realmente hay una repercusión en el día a día, es decir, el niño o el adolescente no quiere ir a clase, no quiere relacionarse con sus amigos, no quiere jugar, tiene alteraciones del sueño o de la comida… ahí es cuando hay que acudir a un profesional.
—Ya en consulta se le aplica un tipo de terapia u otra, ¿no?
—Sí. Normalmente, primero se ven a los padres porque son los que te dan un poco de contexto sobre la vida de ese menor. Luego, por supuesto, se ve al niño o al adolescente y, a partir de ahí, se empieza a trabajar con aquellos tratamientos psicológicos que a nivel empírico están más apoyados porque tiene un mayor nivel de evidencia o grado de recomendación. En estos casos, solemos recurrir a la terapia cognitivo- conductual porque también enseña a padres a responder de una manera adecuada. Aunque los progenitores siempre tienen muy buenas intenciones, obviamente, a la hora de ayudar no siempre saben hacerlo. Por eso, se trabaja también con los padres, para que sepan qué tienen que hacer ante esta situación. Como la respuesta que suele tener el ser humano a una situación incómoda es alejarse y cuando más la evitas, más te aíslas y más aumentas esa ansiedad, se enseña a los menores a relacionar de otra forma con eso que sienten como una amenaza, con algo que es normalizado porque tienen que acostumbrarse a esos síntomas. Cuando empiezan a reaccionar de otra manera, esa ansiedad va bajando y van afrontando situaciones. Para ello se puede hacer relajación, respiración profunda, meditación y, por supuesto, deporte. Luego depende de si es un tema social, que en adolescentes es algo súper común y muy normal. Entonces habría que trabajar con el menor para desarrollar habilidades sociales, de afrontamiento… La terapia, por tanto, depende de cada caso. En psicología, como en otros muchos ámbitos, cada caso es un mundo y siempre hay que hacer un análisis pormenorizado del mismo para ver qué estrategias se pueden aplicar.
—¿Qué estrategias pueden aplicar en casa para ayudar a gestionar esa ansiedad?
—El error más común que los padres cometen es que si el niño se siente mal porque no quiere ir a clase lo dejan en casa o si teme algo lo alejan para que se quede tranquilo. En realidad lo primero que tienen que hacer es localizar qué es lo que el niño teme o qué pensamientos son los que tiene. A partir de ahí, de forma muy progresiva y muy amable, los padres deben poner a los niños delante de esas situaciones que les generan malestar. El año pasado tuve en consulta a un niño que estaba preocupado por cómo iba a estar en los recreos cuando pasase a la ESO. Insté por tanto a los padres a que no lo dejasen en casa y hablasen también con los docentes para acompañarle también en esa situación.
—¿Qué tan importante es atajar el problema? ¿Puede la ansiedad influir en el desarrollo de esos niños y adolescentes?
—Hay siempre un porcentaje de casos que evoluciona de forma positiva, pero hay otros que depende un poco de cómo les vaya la vida y, por tanto, puede que se cronifique esa respuesta. Por ejemplo, si un adolescente tiene mucha ansiedad social, se aísla y decide que no quiere salir de casa, puede que cuando se convierta en adulto mantenga esas sensaciones a la hora de tener relaciones. Esa base ansiosa, aunque sea un poco incómoda, puede ser que se mantenga de una forma estable pero también puede ir a más. Muchas veces lo que pasa es que la persona deja de hacer cosas y, por tanto, la ansiedad está a unos niveles que puede tolerar. Pero, la mayoría de los problemas si no se trabaja se pueden acabar agravando y hay que pensar que en la adolescencia es cuando se está formando la personalidad y eso les puede quedar.
—¿Es cierto que algunos adultos con problemas mentales es porque en la infancia sufrieron ansiedad?
—Sí. La ansiedad es además muy agotadora porque al final supone tener la cabeza permanentemente con pensamientos que generan emociones negativas. Es también incómoda y desgasta. Por eso es muy fácil que con el tiempo acabe en un cuadro depresivo. La ansiedad es como un caldo de cultivo en el que pueden surgir muchas cosas porque estamos mucho más vulnerables a todo. Uno puede afrontar un problema con ansiedad durante un tiempo sin que esto tenga mayores repercusiones; para eso estamos preparados. Sin embargo, cuando esta situación se prolonga durante meses o incluso años, es muy probable que la persona acabe desarrollando algún tipo de trastorno, como mencionabas. Es una gran verdad y una verdadera pena, porque enseñar a los jóvenes a manejar la ansiedad no es algo tan complicado. Debería ser un conocimiento básico para todos, precisamente para evitar que estos problemas se agraven con el tiempo. Además, es importante tener en cuenta que los adolescentes, como forma de gestionar su ansiedad, pueden recurrir a conductas poco saludables, como fumar, consumir cannabis —que aparentemente relaja—, o abusar de dispositivos electrónicos, que también pueden parecer una vía de escape. Es muy fácil que la persona adopte alguna de estas formas inadecuadas de afrontamiento y se quede atrapada en ellas.
—¿Es posible prevenir la ansiedad?
—Si supiéramos inculcar a los chavales desde pequeños una forma de afrontamiento adecuada igual sí que se puede prevenir. Aún así, tenemos ahí una parte de la población que, como te decía antes, tiene esa vulnerabilidad genética. Pero, sí, si nos educaran para afrontar esas emociones de una forma más adecuada, evitaríamos muchas cosas.
«Uno puede afrontar un problema con ansiedad durante un tiempo sin que esto tenga mayores repercusiones; para eso estamos preparados. Sin embargo, cuando esta situación se prolonga durante meses o incluso años, es muy probable que la persona acabe desarrollando algún tipo de trastorno»
—¿Qué consejo le daría a sus padres que están preocupados por el estado emocional de sus hijos?
—A veces los padres acuden a consulta, especialmente cuando los niños son muy pequeños —me refiero a menores de hasta 12 años—, y en muchos casos el trabajo se realiza únicamente con ellos. Es decir, se trabaja directamente con los padres, a quienes se les ofrece lo que llamamos psicoeducación, que consiste en explicar cómo funciona la ansiedad, cómo se manifiesta y cómo puede manejarse. En ocasiones, con dedicar un breve tiempo a esta orientación, los padres ya comprenden la situación y son capaces de gestionarla de otra manera. Por eso, yo les diría que no duden en pedir ayuda. No es algo tan complicado. De hecho, preparando esta conversación contigo, encontré un dato bastante llamativo: el 80 por ciento de los menores con ansiedad no recibe ningún tipo de tratamiento, es decir, solo un 20 por ciento sí lo recibe. Así que a esos padres que están preocupados les diría que se informen, que se formen, y que acudan a un profesional, quien puede explicarles cómo afrontar este problema. A veces, con una buena orientación, el tema puede resolverse sin necesidad de intervenir directamente con el niño. Ahora bien, si la situación lo requiere o si hablamos de adolescentes, entonces sí es importante trabajar de forma más directa con ellos, lo cual resulta más efectivo. Además, este tipo de intervenciones no suelen requerir tanto tiempo cuando se abordan a tiempo. El problema es cuando la ansiedad se cronifica; en esos casos, cuando la persona ha vivido con ansiedad durante muchos años, el proceso de recuperación puede ser mucho más largo. Pero si se interviene cuando son pequeños, lo habitual es que no lleve tanto tiempo.