La Voz de Asturias

Eduardo Ruiz Sosa, escritor: «Es imposible regresar al lugar del que uno se va porque cambia al igual que los que estamos lejos»

La Voz de Oviedo

Esther Rodríguez Redacción
El escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa

El autor mexicano presenta esta tarde su nueva novela en la librería Kafka & Co, en Oviedo, donde conversará con el escritor Alejandro Basteiro

18 May 2026. Actualizado a las 09:37 h.

Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983) se sumerge en las profundidades de la memoria histórica y colectiva para explorar en su nueva novela, El paisaje es un grito, los mecanismos de la deportación y el desarraigo. A través de una prosa que combina la precisión cronística con una gran carga poética, el escritor mexicano construye un relato donde el territorio deja de ser un simple escenario para convertirse en un testigo que guarda las cicatrices de la violencia y el olvido. El autor, consolidado como una de las voces más singulares y exigentes de la narrativa hispanoamericana actual, presentará esta obra en el encuentro que tendrá lugar este lunes, a las 19.00 horas, en la librería Kafka & Co, en Oviedo, donde conversará con el escritor Alejandro Basteiro.

—No es la primera vez que viene a Asturias a presentar una novela. Pero, ¿qué espera de este encuentro con su público asturiano?

 —Hace unos años estuve en la feria del libro de Gijón. La actividad fue una charla con dos autores más. Fue un encuentro interesante y un público atento el que asistió. Tengo muy bien recuerdo, además de la compañía de algunos muy buenos amigos. Yo vivo en Barcelona, pero visito con frecuencia algunas cuantas ciudades a las que regreso cada tanto y donde tengo muchos y muy queridos amigos. Son como casas más allá de la casa propia. Lugares de acogida. Me gustaría encontrar eso, en términos generales, y regresar muchas veces. En cuanto la presentación, creo que la charla con Alejandro Basteiro será muy interesante y espero que las personas que asistan la disfruten, se interesen por el libro y por los asuntos que trata.

—Ahora ya que por fin El paisaje es un grito ha visto la luz, ¿cuál diría que ha sido el principal reto de escribir una obra así?

—La exigencia emocional, la parte autobiográfica. El libro, aunque no se perciba de forma directa, es profundamente autobiográfico. Creo que ahí es donde encontré las principales dificultades. La forma de construir los relatos que a mí me interesa no pasa por los recursos de la autoficción ni la autobiografía, son otras las estructuras narrativas que me interesan. Fragmentar la historia personal y verla aparecer en los diversos personajes, ahí fue donde el libro se me complicó. Ahí fue donde las jornadas de escritura se hacían complejas, extenuantes, demandantes.

—¿Cuánto tiene de usted esta novela?

—Como decía antes, es un libro profundamente autobiográfico. La experiencia en la frontera, en la maquila en Tijuana, el desierto y la sierra, la migración, son todas experiencias propias. Pero creo que lo más importante de todo cuanto hay de mí en el libro es la presencia de una mirada crítica a todo aquello: a la explotación en las fábricas, a los desastres humanos y ecológicos de la explotación minera de las empresas canadienses en México, a la violencia del narcotráfico, al trato a los migrantes por parte de las instituciones y la propia experiencia migratoria como una fractura en la memoria y en la identidad. 

—¿Qué le llevó realmente a escribir esta obra?

—Una serie de ideas esenciales sobre el desarraigo, la distancia, la familia. Sobre los cuidados. Creo que el principio primordial del libro está en la idea de que la cultura, la civilización, la sociedad, comenzaron en el momento de prodigar cuidados a aquellos que no pueden cuidarse a sí mismo. En todas las historias, en todos los personajes, persiste esta idea. Pero también el asunto autobiográfico está presente. Aunque no sea evidente, este es el libro más autobiográfico que he escrito. Haber estado seis años sin papeles, ocho sin volver a Culiacán, sin ver a mi familia, fue haciendo crecer una serie de emociones e ideas sobre la migración que están en el centro de este libro.

—La mayoría de los relatos sobre migración se centran en llegar, mientras que su novela pone más bien el foco en lo que se pierde durante el trayecto. ¿Por qué ese enfoque?

—Porque es imposible regresar. No en términos físicos, aunque un poco también. Quiero decir que el lugar del que uno se va sigue su camino y se transforma, cambia, como nosotros, que estamos lejos. De modo que no hay regreso posible. El tránsito es lo que me interesaba, el cruce, lo que simbólicamente también se relaciona con la frontera. Además, es en ese trayecto que hacen los personajes en donde poco a poco se dan cuenta no solo de qué tanto ha cambiado el origen sino de que también cambió para quienes se quedaron, que es otro de los elementos importantes de la reflexión sobre la migración: el origen cambia también para quienes no se fueron, y ellos mismos cambian.

—En El paisaje es un grito la deportación no es solo un desplazamiento físico, sino también una ruptura de identidad. ¿Qué ocurre con una persona cuando deja de sentirse parte de un lugar?

—Creo que la identidad está arraigada a los espacios. Creo que en los espacios encontramos algunos asideros más o menos seguros para el anclaje de determinados elementos identitarios. Desarraigar es, precisamente, arrancar la raíz, la identidad atada al espacio, y colocarla en otro sitio diferente. La adaptación o, como se dice en los términos de lo políticamente correcto, la «integración» de alguien en un lugar nuevo, sea o no muy diferente a aquel del que proviene, establece la existencia de «un otro», una especie de doble. Por eso, en la novela, el concepto del doble es muy importante. Un doble que aquí se adapta, pero que sigue siendo el de allá, el del origen. Ahí ya tenemos una ruptura de la identidad, porque, salvo excepciones, casi nadie quiere, o puede, olvidar el origen, desprenderse del yo original que representan el pasado y la memoria.

 —¿Y qué significa “hogar” para alguien que ha sido expulsado, desplazado o arrancado de su lugar?

—Creo que la palabra que prefiero usar, por un mero asunto de hábito, es casa. En el libro hay muchas casas y muchas reflexiones sobre las casas. La casa es lo que se deja atrás. Lo que se abandona. Lo que se destruye. Y, si hay suerte, es el lugar a donde se puede regresar. Es un refugio, tanto temporal como definitivo. Y es un modelo que buscamos repetir siempre: replicar la casa originaria, la casa familiar, la de nuestros padres, aunque sea imposible.

 —La novela atraviesa fronteras geográficas, pero también emocionales y sociales. ¿Cuál era la frontera que más le interesaba explorar literariamente?

—Todas, sin excepción. Las fronteras políticas, sociales, geográficas primero, porque sin esas fronteras, las otras tal vez no se cruzan. Una vez que se atraviesa la frontera espacial, se atraviesa la frontera íntima. Así lo es en la gran mayoría de los casos, si hablamos de la migración laboral, forzada, climática, etc. Y al explorar el quiebre de las fronteras íntimas, no se pueden desprender de sus causas políticas e historias. Todo está cruzado, relacionado.

—¿Qué espera que se lleven los lectores tras leer esta novela?

—Me gustaría que la experiencia de leer este libro sea física, emocional, intelectual. Es lo que me propuse al escribirlo. Una experiencia física que atraviese el cuerpo y las emociones. Una reflexión sobre la distancia, el distanciamiento y la migración. Sobre aquello que nos salva en la soledad y en el desarraigo. Creo que me interesa, más que el desciframiento de ciertos símbolos, la experiencia emocional del libro. Aunque, en el fondo, ambas se sustentan una a la otra. 

 


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