Un cierre más en Oviedo, el histórico Bar Madrid se despide de la ciudad: «A los clientes les da tanta pena como a mí»
La Voz de Oviedo
Al hostelero José Manuel Rodríguez le ha llegado el momento de disfrutar de la jubilación, después de 47 años dedicando su vida al sector
27 Jul 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Hablar en pasado es algo que a José Manuel Rodríguez todavía le cuesta. Quizá porque, a simple vista, nada hace pensar que el negocio hostelero que regenta esté viviendo sus últimos días. El bar que regenta desde hace 27 años y lleva por nombre Madrid vive su mejor momento, después de que se viralizase el vídeo de una pareja de Ponferrada mostrando lo bien que se come en el establecimiento. Sin embargo, la realidad es que este ovetense ya tiene las horas contados detrás de la barra. El próximo viernes, 31 de julio cerrará definitivamente las puertas del local situado en la calle Tenderina Alta para disfrutar de su merecida jubilación.
Al hostelero ovetense ya le ha llegado el momento de poner fin a su carrera profesional después de casi medio siglo entre cafés recién hechos, copas de vino y el incesante trajín de la barra. «Llevo 47 años trabajando», asegura, antes de recordar que se adentró muy joven en el sector y que, con apenas 24 años, decidió dar el paso y convertirse en su propio jefe. Primero regentó el ya desaparecido bar Alvant hasta que surgió la oportunidad de ponerse al frente del Bar Madrid. «Cuando cogí el traspaso tenía intención de cambiarle el nombre, pero el Ayuntamiento me cobraba 75.000 pesetas, así que cambié de opinión. Era mucho dinero pero los clientes me acabaron de convencer al decirme que todo el mundo lo conocía así desde 1960», recuerda.
Esos mismos clientes, más todos los que se fueron sumando a lo largo de este tiempo, todavía les cuesta asimilar que vaya a dejar la barra y que, con su jubilación, el bar donde llevan décadas reuniéndose para jugar a las cartas, tomar algo o llenar el estómago eche el cierre. «Tienen tanta pena como yo. A mi la verdad que me da mucha pena, porque para mí son parte de la familia. Muchos de ellos, entre 15 o 20, llevan viniendo todos los días desde que abrí. Ya sé lo que quieren sin necesidad de que me lo pidan. Ni les pregunto si vienen a comer o a tomar algo. Por las mañanas, con los desayunos, pasa exactamente lo mismo», reconoce, convencido de que el mayor legado que le deja la hostelería no son los años de trabajo, sino las relaciones que ha forjado al otro lado de la barra.
Además de tener que despedirse de unas personas que hace tiempo dejaron de ser simples clientes para convertirse en amigos, a José Manuel también le da rabia echar el cierre justo cuando el negocio atraviesa uno de sus mejores momentos. «Una pareja de Ponferrada vino a comer aquí, lo grabó y lo subió a TikTok. Desde entonces no ha parado de venir gente interesada en la comida. Ahora no dejan de llegar clientes, pero ya es tarde. Solo nos quedan unos días aquí. El 31 ya cerramos», explica el hostelero, quien los fines de semana llega a servir medio centenar de comidas y entre semana ronda la treintena de menús. Una elevada cifra, teniendo cuenta que el establecimiento es de reducidas dimensiones.
La oferta gastronómica es uno de los puntos fuertes de este bar de Oviedo que conserva el encanto de otra época. «La comida es toda casera y servimos, principalmente, platos de cuchara. Pote, fabada, lentejas, fréjoles...», señala. La propuesta se basa en menús, con dos primeros y dos segundos a elegir, además de pan, bebida, postre y café. De lunes a viernes cuesta 10 euros y los sábados y domingos, 12. Una de las curiosidades del local es que apenas anuncian las comidas que sirven cada jornada. «Solo lo ponemos los domingos, porque la gente cuando, por ejemplo, ve que hay lentejas, no entra porque no les llama. Y eso que cuando las pruebas, quieren repetir. Por eso, preferimos que entren y prueben lo que hay. Siempre digo lo mismo, el que entre aquí, va a comer bien», comenta Ana, su mujer, quien le echa una mano en los fogones.
El hecho de ofrecer una excelente relación calidad-precio es otro de los motivos por los que el local mantiene una clientela fiel desde hace décadas. «Tengo las cosas baratas porque si las pongo altas, en cuatro días, me queda esto vacío», asegura, antes de reconocer que son varias las discusiones que ha tenido con compañeros de profesión por esta política. «Me dicen que el café está caro y que no se puede vender a 1,20 euros como lo vendo yo. Está calculado que de cada kilo salen 100 cafés. Si lo vendes a un euro ya sacas 100… Las cuentas están ahí; entonces los que lo hacen caros son ellos», defiende.
«Entiendo que quien tiene un alquiler elevado, empleados y demás al final tiene que repercutir todos esos gastos en el precio. Pero, en mi caso, estoy solo y, en proporción, gano más aunque tenga precios más bajos», explica. Asegura que la clave está también en negociar con los proveedores. «El panadero, el carnicero y los demás me respetan los precios, y eso me permite mantener tarifas ajustadas», admite. No obstante, «a mí los refrescos y los pinchos me cuestan prácticamente lo mismo que a cualquier otro bar, pero mientras en muchos sitios ya cobran entre 1,50 y 2 euros por un pincho, yo lo sigo vendiendo a 1,20», admite el hostelero, quien ya está comprando «lo mínimo de todo» porque el cierre del negocio está cada vez más cerca.
En esta recta final antes de la jubilación, José Manuel aprovecha para compartir tiempo con los clientes que siguen entrando cada día por el bar, especialmente durante las mañanas. Las tardes, asegura, han perdido la vida de antes. «Como en casi todos los sitios, están muertas», comenta. Con cierta nostalgia, el hostelero recuerda una época en la que el establecimiento era un punto de encuentro para el barrio. «Desde la pandemia esto bajó mucho. Antes teníamos una tertulia; la gente se reunía para jugar a las cartas, al dominó o al parchís. Todo eso se acabó...», lamenta.
Ahora, sin embargo, José Manuel ya no piensa en el futuro del negocio. Su mirada está puesta en su jubilación, más que merecida, después de toda una vida dedicada a la hostelería. «A partir del día 31 voy a dormir hasta que me canse. No sé lo que es pasar una mañana durmiendo. Aunque los sábados cerramos, siempre vengo porque hay que reponer la mercancía. Todos los días estoy en pie a las ocho de la mañana», reconoce. Una buena parte de su tiempo libre la dedicará a caminar porque, como dice, «hay que seguir moviéndose». El resto de la jornada espera disfrutarlo con más calma, haciendo todo aquello para lo que hasta ahora apenas había tenido tiempo.
¿Habrá relevo?
En cuanto al destino del Bar Madrid, confía en que todavía aparezca alguien dispuesto a hacerse cargo del negocio. «Ya pasaron diez personas a verlo, pero no se decide nadie porque es un local viejo y necesita una reforma. A la gente mayor sí que le gusta, pero la juventud prefiere una cafetería o una terraza, no un bar de antes», explica. Si de aquí al 31 de julio no encuentra un relevo, el establecimiento cerrará definitivamente sus puertas. «Sacaré todas las existencias que tengo aquí e intentaré venderlas de segunda mano. Si las vendo, bien; y si no, pues nada», comenta
Pese a todo, reconoce que le gustaría que el bar tuviera un nuevo dueño y pudiera mantener sus puertas abiertas para poder seguir juntándose con esos clientes, que ya son más que familia, y continuar compartiendo buenos momentos. «La verdad que voy a echar de menos verlos todos los días»,confiesa el hostelero, quien solo tiene palabras de agradecimiento para aquellas personas que lo han acompañado a lo largo de su trayectoria profesional al otro lado de la barra. «No me cansaré de darles las gracias y también de pedir perdón por si algún día no les atendí como esperaban, porque después de tantos años es inevitable haber cometido algún error», dice José Manuel, que se despide con la satisfacción de haber dedicado su vida a este oficio.