«Te echo de menos, Molinón»
Sporting 1905
Artículo de opinión
15 Jan 2021. Actualizado a las 22:38 h.
Por muchas cosas te odio, 2020. Te odio mucho. Pero sobre todo por no dejarme volver a casa. Tampoco hemos empezado bien contigo, 2021, pero nos auguras un futuro, al menos, más próspero. Afortunadamente no he perdido a ningún ser querido este último año. Tampoco el nivel económico de mi familia se ha visto mermado por la crisis sanitaria y social. De ahí que en mi reflexión pocas cosas sean más importantes como el no poder acudir a la tradicional misa sportinguista.
Se nos está haciendo muy larga esta etapa fuera de nuestro estadio, lejos de nuestra gente. Son 11 meses y medio desde la última vez que pisé el Templo. 355 días sin erizárseme la piel en los aledaños (pues disfruto yendo a El Molinón con el nerviosismo de las primeras veces de niño), pasar los tornos orgulloso, carnet en mano por todo lo que significa ser del Real Sporting, subir las escaleras y contagiarme de una felicidad inmensa oteando la panorámica desde la tribuna sur. El verde brillante del césped, el murmullo de la gente y el color inusual en la ropa de la afición visitante al otro lado del estadio. Identificar figuras conocidas en la grada y escuchar por primera vez la voz de Borja Blanco (qué raro se nos hace oírte por televisión).
Extraño saludar a mis compañeros de grada; ojalá estén bien, en estos tiempos nunca se sabe. Siempre he admirado al anciano: al pie del cañón, sin fallar a su cita y acudiendo temprano como buen feligrés. Desde hace tiempo sé que, a pesar del parecido, no es el padre de Villa. Iluso de mí. También me acuerdo del hombre de mediana edad que siempre va en chándal y llega a punto para alzar su bufanda al cielo en la salida de los jugadores al campo. Rezuma puro sportinguismo. Me separa de ambos un asiento vacío a la izquierda, que se evapora enseguida echa el balón a rodar.
El instante previo al himno. El más especial de todos. Ponerte en pie con la bufanda, la que ha sido el particular primer emblema rojiblanco de nuestra vida, y entonar al unísono. Ver llenarse el estadio y sentirme un gijonés más. Mirar a la gente, pensar que no nos pueden parar. Dejarme llevar. Y los tres últimos gritos ensordecedores. Que sepan lo orgullosos que estamos de ellos. Escuchar como retumba El Molinón puede ser ese momento de felicidad máxima e incomprensible.
Oír el once, los primeros cánticos y las palmas. Los pitos al árbitro y la bronca al jugador rival. La foto de postureo para ya centrarse de lleno en el partido. El paso de los minutos. Y, ahora sí, el gol. Enloquecer y entender la rabia ansiosa de 'Djuka'. Los golpes en el pecho señalándose el escudo. El "VAMOS, HOSTIA" que se escapa. Liberarte, sonreír y completar la frase del speaker por tres veces: "gol de...". Y seguir disfrutando.
Que acabe el partido y los tres puntos se queden en casa. La sensación de haber perdido un año de vida. Irte con las manos doloridas de aplaudir y la garganta rota cual botella de vidrio en el suelo, pero con el trabajo bien hecho. Y esa triste despedida con la última mirada hacia atrás porque "a saber cuándo vuelvo". Cosas de vivir fuera de Asturias.
Vivimos una pandemia que nos ha privado de muchas cosas necesarias. Que me perdonen, pero creo que es justo citar, de todas ellas, a este Sporting de David Gallego. Después de dos años de desidia, cada vez que en la tele se juega de rojiblanco me entra la morriña de volver a casa, ver a mi gente y disfrutar de este equipo. No sabéis la envidia que me generan los 300 que podrán estar el sábado ante el Betis. Animad por todos y agradeced a nuestro pastor.
Sí, te echo de menos, Molinón.
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