La Voz de Asturias

Borja Balbuena, superviviente de cáncer: «Cuando me dijeron que estaba limpio no podía parar de gritar»

Asturias

Esther Rodríguez Redacción
Borja Balbuena, junto con su libro

Este joven asturiano afincado en Galicia consiguió hacer frente al linfoma de Burkitt, un tumor tan raro como agresivo. Su historia es todo un ejemplo de superación, que ha plasmado en un libro

28 Jun 2026. Actualizado a las 05:00 h.

«Ni somos superhéroes ni tampoco tenemos superpoderes. Somos niños o adolescentes que, por desgracia, nos ha tocado vivir una situación a una edad que no nos correspondería. Es más, si tuviéramos habilidades fuera de lo normal evitaríamos pasar por un proceso oncológico, con todo lo que ello supone». Quien dice estas palabras es Borja Balbuena y sabe muy bien por qué las dice. Hace más de una década, cuando tan solo tenía 16 años, este asturiano tuvo que hacer frente, durante siete largos meses, al linfoma de Burkitt, un tumor tan raro como agresivo. Esta experiencia marcó por completo su vida hasta el punto plasmarla en un libro para visibilizar la «dura» realidad del cáncer infantil, donde ser valiente no es una opción.

«Cuando te ocurre una cosa así, por más que quieras y pongas de tu parte, nunca vuelves a tener una vida normal porque el pasado sigue estando presente. Te acuerdas perfectamente por todo lo que pasaste y tienes miedo de que vuelva a ocurrir», manifiesta el gijonés de nacimiento pero gallego de adopción. Por esta razón, principalmente, este joven, de ahora 29 años, rechaza romantizar estas enfermedades, sobre todo, cuando se padecen a edades tempranas, ya que insiste en que se trata de procesos «muy duros» que requieren tratamientos médicos y mucho apoyo emocional. «Además, si de verdad los menores tienen poderes mágicos, ninguno se moriría de cáncer», recalca.

Varios diagnósticos erróneos

Han pasado ya más de 12 años desde que Borja se enfrentó a una enfermedad que le dejó una huella imborrable. Todavía recuerda con claridad el momento en que todo comenzó. «Era agosto de 2013 y estaba de vacaciones en el camping Valencia de Don Juan, en León. De repente empecé a tener fuertes dolores de espalda. Estaba sentado y me dolía, me tumbaba y lo mismo. No encontraba una postura cómoda», cuenta. Así fue como se manifestó, por primera vez, la enfermedad. Sin embargo, el médico del centro de salud de la comunidad vecina atribuyó el malestar a una distensión muscular y trató la dolencia con antiinflamatorios.

Durante los días siguientes, lejos de mejorar, el dolor continuó presente. A ello se sumó la sensación de cansancio extremo. «No era capaz de hacer nada, ni siquiera de estirar la sábana cuando me ponía a hacer la cama. Me tenía hasta que tumbar porque me latía el corazón como si hubiese corrido una maratón», relata. Volvió, por tanto, al médico. En esta ocasión, el especialista en atención integral barajó la posibilidad de que se tratase de una infección de orina, ya que sentía también molestias a la hora de mear. Pero, nada que ver con la realidad.

Trascurrían las semanas y su estado de salud cada vez estaba más deteriorado hasta el punto de que comenzó a tener serias dificultades para respirar. Se pasó de nuevo por la consulta del médico de atención primaria, quien, ante el empeoramiento de los síntomas, decidió realizar nuevas pruebas para tratar de encontrar el origen de un problema que ya empezaba a ser evidente. «Me auscultó —antes no lo había hecho— e inmediatamente mandó que me hicieran una placa porque solo estaba funcionando mi pulmón derecho y, en efecto, tres cuartas partes de mi pulmón izquierdo estaban oprimidos por líquido», precisa.

Ante los resultados del escáner, el especialista determinó que se trataba de una neumonía y que debía ser hospitalizado para recibir la medicación contra esta afección respiratoria lo antes posible. Así que, dada la cercanía, decidió acudir al Hospital Universitario de León, pensando además que solo permanecería allí unos días. «Nada más llegar, me hicieron más pruebas y concluyeron que padecía tuberculosis», apunta. Ante la previsión de que el ingreso se prolongara durante «cuatro o cinco meses», solicitó el traslado al Hospital de Cabueñes, donde comenzó el tratamiento para combatir esta enfermedad infecciosa, pese a que la prueba cutánea no había mostrado ninguna alteración.

A los pocos días de ingresar en el centro sanitario de Gijón, descubrió un bulto al rascarse la zona de la clavícula. Se lo dijo a su madre, quien, rápidamente, le restó importancia al asunto. Sin embargo, nada más que entró el neumólogo por la puerta de la habitación, fue su propia progenitora la que se lo comentó. El especialista solicitó hacer un TAC para descartar un posible tumor. A la mañana siguiente, fue trasladado a la sala de radiodiagnóstico para someterse a la prueba. «Al poco de volver a la habitación llegaron unos cuantos médicos para decirme que tenían que hacerme de inmediato un aspirado de médula», cuenta, antes de señalar que, debido a la urgencia, no pudieron sedarlo.

Los médicos detectan a tiempo su cáncer

No habían pasado ni 24 horas desde que le extrajeron una pequeña muestra del líquido medular cuando ya tenía los resultados. El diagnóstico era claro: linfoma de Burkitt, en un estado muy avanzado, con riesgo de progresión a metástasis. «Afortunadamente, aunque el cáncer estaba muy avanzando, los médicos lo habían pillado a tiempo, ya que la médula estaba completamente limpia», asegura. A pesar de ser entonces menor de edad, era plenamente consciente de la gravedad de la enfermedad que padecía. «Mis padres, además, quisieron que estuviera informado en todo momento para que supiera realmente a qué me enfrentaba», admite, antes de señalar que en estos procesos es muy importante confiar al 100% en el equipo médico. «Si te ocultan información, malo», concluye.

«Tuve suerte porque el diagnóstico me lo dio un médico residente al que conocía desde hacía tiempo y, quieras o no, el hecho de que fuese él, que sabía cómo decírmelo para que lo afrontara lo mejor posible, hizo que la noticia fuera un poco más llevadera», admite. «Recuerdo que cuando se me puso a explicar en qué consistía la enfermedad y demás dejé de escucharle porque en mi cabeza solo se repetía la palabra “tumor”. Intentaba contener el llanto hasta que se fijo que tenía los ojos llenos de lágrimas y me dijo que podía llorar. Ahí me rompí por completo porque sabía que era una enfermedad grave», prosigue.

Poco tiempo después de recibir el 6 de septiembre de 2013 el diagnóstico que cambió para siempre su vida, decidió volcarse en su vuelta al instituto. «En realidad era lo único que podía hacer, porque con la enfermedad lo único que me quedaba era dejarme tratar y seguir las indicaciones de los médicos. No estaba nada en mi mano más que cumplirlas al pie de la letra. Así que me centré en estudiar. Quería sacar el curso adelante para poder graduarme e ir a la universidad con los compañeros de mi promoción. Además, las horas de estudio se convirtieron en una forma de desconectar, de no pensar constantemente en el proceso oncológico», asegura.

Para acabar con el linfoma de Burkitt que padecía, Borja tuvo que someterse a un tratamiento de quimioterapia. «En un primer momento me dijeron que serían ocho ciclos, pero no hizo falta completarlos todos, porque en el segundo ya estaba prácticamente limpio. Pasé de tener un 12% de posibilidades de recuperación a un 75%», explica el joven, que finalmente recibió seis sesiones. «Tuve la inmensa suerte de que mi cuerpo respondió muy bien a la medicación y la asimiló como, en principio, debía hacerlo cualquier organismo», añade. Aun así, tardó tiempo en saber si aún quedaban células cancerígenas en su organismo.

«Cuando terminé la quimioterapia me hicieron un TAC, cuyos resultados no eran concluyentes, así que me tuvieron que hacer un PET-TAC. El problema es que, por aquel entonces, la Seguridad Social no disponía de estas máquinas, pero hicieron todo lo posible para que pudiera realizar la prueba en la privada sin tener que asumir ningún coste», cuenta. En este punto, agradece las donaciones de equipos que hizo Amancio Ortega a la sanidad pública, ya que, gracias a ello, se evitó este tipo de derivaciones y la demora de diagnóstico. «En mi caso, pasó un mes hasta que me hicieron la prueba, el tiempo suficiente para que las células activas pudieran reproducirse con rapidez», manifiesta, dejando en evidencia la importancia de reducir los plazos en los procesos oncológicos.

La feliz noticia

A los dos días de someterse a la citada prueba diagnóstica, el 13 de febrero de 2014, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde, sonó el teléfono de la casa de Borja. Al comprobar que se trataba de un número «larguísimo» llamó inmediatamente a su madre para que descolgase, ya que intuía que era la hematóloga que llevaba su caso. Y, en efecto. Era la especialista para informarles de que no había rastro de la enfermedad en su cuerpo. «En el momento que supe que estaba limpio sentí que volví a nacer. Se me quitó un gran peso de encima y el alivio fue instantáneo. Todo lo que había sufrido en los últimos siete meses había merecido la pena», detalla el joven, a quien «nunca» le van a volver a dar «una noticia tan buena», sobre todo, que me pueda hacer sentir tan pleno como entonces.

«Nada más colgar, lo primero que hice fue asomarme a la ventana y gritar que estaba limpio. Luego salí corriendo al rellano y empecé a subir y bajar pisos, picando a mis vecinos para decirles que estaba limpio. Es que no podía parar de gritar», recuerda sobre aquel momento de euforia «máxima». Tras asimilar la noticia, Borja quiso ir inmediatamente a casa de sus abuelos. «Tenían que ser los primeros en saberlo, porque durante todo el tiempo que estuve en el hospital se encargaron de cuidar de mi hermano, que, aunque no lo parezca, también lo pasó muy mal», dice, agradecido por el apoyo recibido.

A lo largo del proceso oncológico, casi todo su entorno se volcó con él, pero, sin duda, su madre fue su salvavidas: el ancla firme a la que pudo aferrarse cuando todo se tambaleaba. «Después de que nos dieran el diagnóstico, cuando me quedé a solas con ella, me dijo que lo sentía mucho por mí, porque no iba a poder quitarme los dolores ni todo lo que iba a pasar. Pero me prometió que, desde que pusiera el pie en el hospital hasta que todo hubiera terminado, no se iba a separar de mí, que iba a estar conmigo siempre. Y así fue, a pesar de que ella también tiene sus propios problemas de salud», cuenta, orgulloso de la madre que lo parió.

Dosis extra de tratamiento

Para asegurar que las células cancerígenas no volvieran a hacer de las suyas, Borja tuvo que someterse a dos sesiones más de quimioterapia. A partir de entonces, se somete periódicamente a revisiones médicas para comprobar que todo sigue en orden y, sobre todo, para vigilar que la medicación recibida durante meses no haya mella en su organismo. «Ahora tengo más probabilidades de tener un problema cardiaco o pulmonar, por lo que tengo que hacer controles médicos de forma regular», dice el joven, que tiene el disco de la columna tocado como consecuencia de los pinchazos en la médula. Es la «única secuela» que le quedó de la enfermedad. Sí que en su momento padeció varios efectos secundarios, como vómitos, dolor general, pérdida del tacto y caída del cabello.

Aunque ha recuperado su estado de salud, su día a día está lejos de lo que solía ser. «Nunca voy a volver a tener una vida normal porque mi pasado sigue muy presente. Ahora convivo con el miedo a la recaída, aunque he aprendido a vivir con él», asegura el joven, autor de Superhéroes sin superpoderes, una obra en la que relata su experiencia cuyos fondos se destinan íntegramente a Pulseras Amarillas. Esta entidad de la que forma parte está vinculada a la Asociación de Cáncer Infantil y Juvenil de Galicia, que trabaja para visibilizar y desmitificar la enfermedad, además de dar apoyo a pacientes y familias.

Uno de los objetivos de Asanog es que exista un médico especialista encargado del seguimiento de los supervivientes a largo plazo. «Esto es algo muy importante. En mi caso, tengo suerte de que mi médica de cabecera me deriva a donde sea para que me hagan las pruebas pertinentes, pero no todos los pacientes tienen esa posibilidad», dice Borja, quien recomienda a todo el mundo la autoexploración, puesto que es una forma de detección precoz.

Así es como este asturiano de nacimiento y gallego de adopción se ha convertido en un ejemplo de superación. Su historia es la de alguien que aprendió a convivir con la enfermedad sin renunciar a seguir adelante, convirtiendo la experiencia en un testimonio de vida y esperanza.


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