El desgarrador testimonio de una madre de Oviedo: «No hay peor cosa que ver morir a tu hijo»
LA VOZ DE OVIEDO
La asturiana Mónica Sánchez cuenta cómo aprendió a vivir tras la pérdida de su hijo Samuel. Señala las herramientas que le han permitido transformar el dolor en la energía necesaria para seguir adelante
23 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El fallecimiento de un hijo es considerado por los especialistas como una de las experiencias más devastadoras que puede sufrir un ser humano, ya que, además de romper el orden natural de la vida, obliga a enfrentarse a una realidad para la que nadie está preparado. El dolor que provoca es tan profundo y persistente que resulta incluso difícil de describir. «No hay peor cosa que te pueda pasar que ver morir a la persona que trajiste al mundo. Y no solamente muere él, sino que también una parte de ti y todos los planes de futuro que tenías», asegura Mónica Sánchez. Lo hace con un nudo en el pecho, puesto que no puede evitar recordar el momento que le dijo adiós para siempre a su querido Samuel.
Esta asturiana forma parte de ese grupo de madres y padres que han tenido que aprender a seguir adelante tras una pérdida irreparable. «Sé que la herida que tengo no se me va a cerrar nunca, ni tampoco lo pretendo, porque de alguna manera es el reflejo del amor que sentía y siento por mi hijo. Pero, sí que trato de llevar el duelo de la mejor forma posible», confiesa esta vecina de Oviedo, que ha encontrado en su entorno más cercano, en la asociación Galbán y en otros recursos de apoyo el acompañamiento necesario para sostenerse de pie en los momentos más difíciles y poder seguir manteniendo el rumbo de su vida.
La vida de Mónica cambió por completo cuando, en julio de 2021, supo que su hijo mayor, entonces con 16 años, tenía un carcinoma de NUT, un tumor sumamente raro y agresivo que explicaba los problemas respiratorios que arrastraba desde hacía unos meses. Tras recibir la noticia sintió que el mundo se le venía abajo y que todo perdía sentido al conocer que la enfermedad que padecía su hijo «no tenía tratamiento» y que, además, «era el primer caso de estas características» que se atendía en el HUCA. «Hablé con Carlos López Otín, que es muy amigo mío, y me dijo que el cáncer que tenía Samuel era incurable», recuerda.
«Fue como si por mi vida pasara un tsunami. Pasé de tener una vida muy tranquila, sin ningún tipo de preocupación, a que de repente todo girara en torno a la enfermedad de mi hijo», dice la ovetense, que, sin ser consciente de ello, empezó a aprender a convivir con el miedo y la incertidumbre. Inició también un proceso de duelo, cuya primera fase fue la negación. «No creía que no hubiese posibilidades de curación. Pensábamos que en algún momento iba a surgir la oportunidad. Que en algún lugar del mundo apareciese un tratamiento o algún ensayó clínico», admite, antes de lamentar las escasas investigaciones en torno al cáncer infantil.
Tenía toda la confianza puesta en que el «agresivo» tratamiento de quimioterapia pudiera frenar el avance de la enfermedad. Las nueve sesiones que recibió su hijo permitieron reducir «muchísimo» este carcinoma altamente infiltrativo que se origina en las células escamosas del cuerpo. Sin embargo, no lograron impedir que el tumor volviera a crecer con rapidez, hasta arrebatarle la vida al joven Samuel, que falleció el 15 de febrero de 2022, dejando tras de sí un vacío imposible de llenar. Marcando, además, un antes y un después en la vida de su familia. «Desde entonces, nada vuelve a ser igual», reconoce su madre.
En cierta manera, estaba mentalizada de que tendría que despedirse de su hijo. «Una parte de mí sabía que no había nada que hacer, que ese iba a ser el desenlace. Y, de algún modo, aunque no quería aceptarlo, lo fui asimilando poco a poco», confiesa. No obstante, reconoce que, cuando llegó el momento, no estaba preparada para ello. Eso sí, tenía claro que no iba a quedarse anclada en el dolor. Por eso, el último adiós fue muy especial. «Le hicimos una despedida con nuestros seres queridos, en la que, además, hubo música porque a él le gustaba mucho. De hecho, tocaba el piano y la guitarra y había empezado a componer. Carlos López-Otín dijo unas palabras y a él se sumaron amigos y familiares», detalla.
Todo el acto de despedida fue recopilado en un libro. «Esa realmente fue la primera tarea de duelo que hicimos», confiesa la ovetense, quien, mucho antes del fallecimiento de su hijo, ya acudía a sesiones de terapia con Carmen, la psicóloga de la asociación Galbán, tanto para afrontar el proceso y prepararse para el desenlace como para contar con herramientas de apoyo para su hijo pequeño, a menudo uno de los grandes olvidados por el sistema. Desde la entidad sin ánimo de lucro que lucha contra el cáncer infantil a través de sus múltiples programas también la orientaron sobre los recursos disponibles ante este tipo de situaciones.
«Si no hubiera contado con la psicóloga de Galván, no sé qué habría sido de mí, no sé si habría logrado salir adelante», reconoce. Critica, además, las carencias de la atención psicológica pública, que, según explica, finaliza en el momento del fallecimiento del hijo. «Es completamente paradójico. Además de no acompañarte en el momento que te dan las malas noticias, yo estaba sola cuando me dijeron que mi hijo se iba a morir, la ayuda se acaba justo cuando fallece. Después entras en el servicio de Salud Mental, pero no sirve como terapia. Las sesiones son cada dos meses y no te atiende siempre la misma profesional, así que cada vez es como empezar de cero. No hay seguimiento de ningún tipo», lamenta sobre la falta de apoyos por parte del sistema sanitario.
Al igual que la ayuda psicológica, el apoyo de su entorno cercano fue clave para sobrellevar la situación. «Rodearme de mi familia y de mis amigos me vino muy bien. Han estado y siguen estando a mi lado en todo momento, y lo han demostrado con hechos. Una amiga me dejó su casa para pasar la Semana Santa, otra para el verano. Hubo quien me dejo su chalet con piscina también para disfrutar el verano. Incluso hemos pasado temporadas en la casa de otros amigos en Denia», detalla, orgullosa y agradecida a partes iguales de todo el cariño que le proporcionaron y le siguen proporcionado sus seres queridos.
Le ha servido también «muchísimo» formar parte de un grupo de duelo que se reúne una vez al mes. «Como todos los padres y madres que están allí han pasado por lo mismo, me siento comprendida. Porque, en realidad, si no lo vives, no puedes saber exactamente cómo es», asegura Mónica. De la misma manera, formar parte del grupo de investigación Humanidades Médicas de la Universidad de Oviedo —institución en la que trabaja como profesora y a la que volvió tras casi dos años de baja por la muerte de su hijo— es, según explica, algo que también le motiva.
El hecho de ver cómo su hijo lidió con la enfermedad, «con mucha tranquilidad, resiliencia y, sobre todo, dignidad», es otra de las cosas que le ayuda a afrontar el duelo con la misma actitud. «Hay días en los que, por supuesto, no me apetece ni levantarme de la cama, pero hago todo lo posible por seguir adelante», confiesa. «Y lo hago por mí, porque, aunque una parte se haya ido con él, otra parte de él vive en mí», añade, antes de subrayar que «tú no puedes controlar lo que te pasa en la vida, pero sí cómo reaccionas ante ello. Puedes decidir qué haces con lo que te ha pasado, y eso es lo que intento, de alguna manera, hacer».
«En lugar de quejarme porque la ciencia no pudo dar una solución a mi hijo, que falleció al no existir tratamiento, intento emplear ese tiempo en algo útil para la sociedad. Por eso, uno de los objetivos de la investigación en la que participo es que, a corto plazo, se establezca en el propio HUCA un protocolo de acompañamiento para cuando se comunican malas noticias», confiesa. Asimismo, centra buena parte de sus esfuerzos en la recaudación de fondos para la asociación Galbán. «Nunca me planteé crear una asociación propia para financiar la investigación, porque prefiero contribuir a que crezca esta asociación, que no solo impulsa la investigación, sino que también ofrece apoyo a las familias, tanto en el ámbito económico como en el social», señala.
Así es como Mónica Sánchez trata de sostenerse en la vida. Esta vecina de Oviedo ha conseguido transformar la ausencia en impulso y el dolor en acompañamiento. Su historia es un claro ejemplo de resiliencia y de cómo el sufrimiento puede convertirse en motor para seguir adelante, siempre y cuando se pida ayuda cuando se necesite. Aunque perder a un hijo deja un vacío difícil de llenar, contar con los apoyos y las herramientas necesarias permite aprender a convivir con esa ausencia y seguir adelante con el tiempo.