La historia de Vanessa Riesgo y la obesidad: «Cuando la enfermera me dijo que pesaba 102 kilos no me lo podía creer»
La Voz de Oviedo
Esta ovetense ha conseguido recuperar su índice de masa corporal tras probar los beneficios de Mounjaro
15 Jun 2026. Actualizado a las 05:00 h.
La obesidad se ha convertido en una de las grandes epidemias del siglo XXI. Más de 1.000 millones de personas en el mundo padecen esta enfermedad crónica y grave que se caracteriza por una acumulación excesiva de grasa en el cuerpo. Dicho de otro modo, una de cada ocho personas adultas se encuentra muy por encima del peso considerado saludable. Pese a ciertos prejuicios aún extendidos, quienes padecen esta patología no es porque solo piensen en comer y rechazan hacer ejercicio. Todo lo contrario. Son varios los factores que desencadenan este problema de salud que llevó a la asturiana Vanessa Riesgo a superar las tres cifras en la báscula. «Llegué a pesar 102,2 kilos», recuerda a sus 43 años.
Jamás esta vecina de Oviedo había tenido un índice de masa corporal tan elevado. Su peso solía oscilar entre «los 65 y 75 kilos». «De ahí, no pasaba», apunta. Sin embargo, distintos acontecimientos personales y familiares terminaron alterando sus hábitos y favoreciendo un importante aumento de peso. «La muerte de varios de mis seres queridos y mis dos embarazos hicieron que me acabase refugiando en la comida. No es que no llevase una dieta, pero, al final de la semana o incluso del día, me preguntaba qué cenar y acababa pidiendo algo a domicilio. Y nunca era brócoli al vapor con merluza...», admite.
Poco a poco fue cogiendo gramos y gramos de más. Por supuesto, sin ser consciente de ello. «Al principio veía que la ropa que tenía del año anterior ya no me quedaba bien, que me quedaba muy justa, pero no le daba importancia. Compraba algo de una talla más o mucho más holgado y, digamos, solucionaba el problema. Entre medias me quedé embarazada y, claro, ahí sí que te cambia el cuerpo», cuenta. Después de dar a luz, lejos de intentar recuperar su peso, siguió ganando kilos. Además, encontraba una justificación en el hecho de que estaba más pendiente de sus hijos que de ella misma.
No tomó conciencia de que había desarrollado obesidad hasta que se sometió a las pruebas previas a una reducción mamaria. Los resultados fueron claros: no podía pasar por quirófano hasta adelgazar. La enfermera le explicó que, para someterse a la intervención con las máximas garantías de seguridad, debía perder «al menos» 30 kilos. «Cuando me dijo que pesaba 102,2 kilos no me lo podía creer. Sabía que había engordado, pero no cuánto. No sabía si estaba en 89 o 98 kilos, porque nunca me pesaba. Para mí, superar la barrera de los 100 era como cruzar un límite que psicológicamente tenía marcado», recuerda.
Ese día marcó el punto de inflexión. Por primera vez fue plenamente consciente de la magnitud del problema de salud que tenía. Pero, lejos de quedarse de brazos cruzados, se puso a buscar una solución. «Volví a ponerme en contacto con la endocrina, con la que en su momento me trató para bajar de peso», cuenta, antes de señalar, que al padecer, además, lipedema —enfermedad progresiva del tejido graso que se caracteriza por un cúmulo de grasa patológica, principalmente en brazos y piernas— le cuesta «mucho» perder kilos. Aunque sabía que adelgazar iba a ser un proceso largo, estaba decidida a intentarlo.
Mounjaro como solución
«En ese verano de 2024 es cuando se empieza a hablar de unos inyectables que tienen beneficios similares a los Ozempic, tratamiento al que las personas obesas no podíamos acceder debido a que se daba prioridad a los diabéticos por el desabastecimiento que había. Uno de estos fármacos es el Mounjaro. Como aseguran que es muy efectivo, cuando fui a revisión, le comenté a mi endocrina que quería probarlo. Le pareció buena idea, así que me lo recetó», relata. Cabe señalar, que la administración de estos medicamentos debe ser pautado y seguido por un especialista, puesto que puede resultar contraproducente para la salud.
Corría el mes de octubre de 2024 cuando Vanessa comenzó a inyectarse este medicamento para combatir la obesidad. Eso sí, el tratamiento vino acompañado de importantes cambios en su estilo de vida. «Al fin y al cabo, la medicación no te hace adelgazar. Lo que hace es retrasar el vaciado gástrico, que tengas menos ganas de comer cosas dulces y que no comas con tanta impulsividad», explica. En su caso, la combinación del tratamiento farmacológico, una alimentación saludable y la práctica regular de ejercicio le permitió perder nada menos que 38 kilos, mucho más de lo que la enfermera le había exigido para poder someterse a la intervención.
«El primer mes bajé nueve kilos. No me lo podía ni creer porque no es lo habitual ni tampoco lo más recomendable. Es verdad que hice mucha restricción calórica porque apenas tenía hambre, sin embargo, no perdí tanta masa muscular porque tenía una vida muy activa», detalla. Al comprobar que el tratamiento estaba funcionando, continuó con su administración. «Notaba que no tenía hambre, que cuando llegaba la hora de comer me sentía llena y que no me apetecían alimentos poco saludables. Tampoco los había probado porque, al principio, me volví súper estricta con la alimentación», explica.
Los resultados no tardaron en llegar. Si durante el primer mes perdió nueve kilos, en el segundo bajó otros siete y en el tercero, ocho más. «Fue entonces cuando me planteé si lo estaba haciendo bien, porque era mucho peso en muy poco tiempo. Empecé a investigar y decidí abrir una cuenta de Instagram para que mi entorno pudiera seguir mi proceso y, de paso, decirme si iba por el buen camino. Publicaba siempre lo que desayunaba, comía y cenaba, además de mostrar mi día a día. También me servía para organizarme y mantener la constancia, porque esto supone un desembolso económico importante», explica. El tratamiento no está financiado y su coste varía en función de la dosis. «El inyectable más barato ronda los 209 euros, mientras que el más caro alcanza los 446 euros», apunta.
38.000 gramos de grasa menos en el cuerpo
Tras año y medio administrándose este medicamento y adoptando hábitos de vida saludables, Vanessa pesa ahora 65 kilos. Gracias a haber adelgazado se siente mucho «más ágil». «También me ha subido la autoestima porque, aunque se diga lo contrario, el sobrepeso no es bueno para la autoestima. En mi caso, al menos, no lo era porque no sabía ni podía remediarlo», afirma esta vecina de Oviedo. Además, asegura haber notado beneficios a nivel cardiovascular y una reducción de la inflamación relacionada tanto con el lipedema como con la artritis que padece. «Me vino muy bien para muchas cosas», asegura. Y no solo porque haya vuelto a pesar lo mismo que antes de desarrollar obesidad, sino porque ha recuperado movilidad, confianza y bienestar.
Pero, como cualquier tratamiento, Mounjaro también tiene efectos secundarios. «El que más acuso es el frío. También he tenido algún problema gastrointestinal, como estreñimiento. Además, al principio se me cayó muchísimo el pelo y, cuando volvió a crecer, me salió rizado, cuando yo lo tenía liso como una tabla», relata. Vanessa comparte estas y otras experiencias en su perfil de Instagram, donde documenta su proceso de pérdida de peso con el objetivo de ayudar a otras personas que atraviesan una situación similar. Allí habla tanto de los beneficios como de las dificultades del tratamiento, convencida de que mostrar una visión realista puede ser útil para quienes están comenzando el mismo camino.
«La verdad es que he tenido mucha suerte en muchos aspectos porque ni siquiera he tenido que aumentar la dosis. Siempre he estado en 2,5 miligramos, que es la mínima y con la que el cuerpo empieza a adaptarse al tratamiento. Y eso, a nivel económico, también supone un alivio», asegura Vanessa. La ovetense recuerda que se trata de una medicación costosa y que, según apuntan los especialistas, muchos pacientes deberán mantenerla a largo plazo. «La obesidad no deja de ser una enfermedad. No es simplemente una cuestión de comer más o menos, sino que hay personas cuyo cuerpo tiene una mayor tendencia a ganar peso», explica.
Por eso, insiste en la necesidad de adoptar hábitos saludables que puedan mantenerse en el tiempo. En su opinión, las dietas excesivamente restrictivas pueden resultar contraproducentes, ya que ralentizan el metabolismo. «Ese déficit calórico lo tienes que conseguir con actividad física. Tiene que ser ejercicio el que te haga bajar de peso y no la dieta. La alimentación tiene además que ser equilibrada a tu tasa metabólica basal, a lo que tu cuerpo quemaría en reposo», sostiene. Recalca también la importancia de que un especialista supervise todo el proceso para garantizar que la pérdida de peso se haga de forma saludable.
«Yo voy a revisiones periódicas con el endocrino y también me hace seguimiento un nutricionista. Además, tengo un entrenador personal para que todo el ejercicio que hago esté orientado, sobre todo, a evitar la pérdida de masa muscular que suele producirse durante estos procesos», apunta. Sin embargo, echa en falta una atención más integral en la que participe también un psicólogo. «La pérdida de peso se produce antes en la báscula que en la cabeza. A mí me pasa mucho que, cuando voy a comprar ropa, sigo cogiendo tallas más grandes de las que necesito. Ya no las que usaba al principio, pero sí las de los primeros meses. Sigo mirando una talla L cuando ahora utilizo una S o una M», cuenta.
Ahora, cuando mira atrás, apenas se reconoce en aquella mujer que llegó a superar los 100 kilos. Sin embargo, más allá de la transformación física, se queda con la tranquilidad de haber recuperado el control de su salud. Y con la certeza de que pedir ayuda fue la mejor decisión que pudo tomar.