El endocrino Elías Delgado invita a no pensar en los obesos como glotones sedentarios: «No es tan sencillo, hay gente que tiene muy complicado mantener un peso normal; es una enfermedad muy compleja»
20 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.La obesidad está llamada a ser uno de los grandes problemas de salud en todo el mundo en los próximos años, y Asturias no es una excepción. La Encuesta Nacional de Salud de 2023 del INE muestra que el 15,7% de la población adulta asturiana padece obesidad, una cifra por encima de la media nacional, situada en el 15,2%. El contraste entre hombres y mujeres es llamativo: un 20,7% de las mujeres son obesas, frente al 10,1% de los hombres. En cuanto al sobrepeso, las tornas cambian: lo presentan el 53,17% de los hombres y el 31,73% de las mujeres adultas en la región. En la población infantil, un 1,02% tiene obesidad y un 36,1% sobrepeso.
El endocrino Elías Delgado, profesor titular de Medicina de la Universidad de Oviedo y jefe de la sección de Diabetes del HUCA, señala que las previsiones apuntan a que en 2030 cerca de la mitad de la población mundial tendrá sobrepeso u obesidad. Es, a su juicio, «una barbaridad». En España, se espera que para esa fecha casi un 30% de la población tenga obesidad, una cifra «escandalosa». Delgado cree que «tenemos que atajarla de alguna manera».
Esta enfermedad tiene graves consecuencias para la salud: multiplica el riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión y dislipemia (alteración de los niveles de grasa en sangre), que aumentan de forma muy acusada el riesgo cardiovascular. También son frecuentes las dificultades respiratorias —como la apnea del sueño, la hipoventilación o el asma— y los problemas articulares, especialmente en las rodillas. Aunque el componente estético y el rechazo social que genera no se pueden obviar, lo cierto es que los riesgos para la salud y la calidad de vida son mucho más relevantes.
Delgado insiste en que la prevención es clave. Los momentos en los que se crean los hábitos alimentarios —la infancia y la adolescencia— son determinantes: «Te quedan como una impronta; aunque después pueden matizarse al hacer deporte o comer más o menos, es en la infancia y adolescencia cuando uno se acostumbra a comer de cierta manera». Los hábitos pueden revertirse, pero resulta difícil una vez que están asentados, por lo que «el ideal es acostumbrarnos a rutinas buenas» desde los primeros años.
¿Y cuáles son esas medidas? En primer lugar, ser comedidos, no necesitar estar completamente saciados para levantarse de la mesa. También es fundamental el tipo de alimentos: consumir verduras, frutas, pescados, mariscos y legumbres, y evitar, en la medida de lo posible, los productos ultraprocesados, que suelen contener azúcares, hidratos de carbono en exceso y grasas transformadas poco saludables. El entorno actual facilita el consumo de este tipo de productos, y hay que hacer un esfuerzo consciente por evitarlos. «Comer bien muchas veces está reñido con la vida rápida, porque los procesados son más rápidos y fáciles de preparar», apunta Delgado.
En los últimos años se ha abierto una brecha alimentaria: la población con menos recursos es la que concentra más casos de obesidad. Algunos sostienen que comer sano es más caro, aunque Delgado matiza que «eso es simplificar demasiado». Es cierto que muchos alimentos poco saludables son baratos, pero también es posible adquirir productos sanos a precios razonables.
Como ejemplo, cita las legumbres: «Las lentejas o los garbanzos son muy asequibles y tienen un gran valor nutricional. Siempre pensamos en el pescado, que es sano pero nos parece caro; sin embargo, hay pescados más asequibles. Y también ocurre al contrario: hay chuletones carísimos. Puedes comer caro mal o caro bien, y con la comida barata pasa lo mismo: con imaginación, se puede comer saludablemente».
El otro gran factor es el sedentarismo, que agrava los efectos de una alimentación excesiva o inadecuada. Más de 300.000 personas en Asturias afirman no realizar ejercicio físico ningún día de la semana, y la población femenina es la más afectada: casi una de cada cuatro mujeres no cumple los niveles mínimos de actividad física recomendados. El tiempo promedio diario sentado roza las cuatro horas, cifra que aumenta notablemente en el entorno laboral, donde el 41,51% de la población pasa la mayor parte de su jornada en posición sedentaria.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada o vigorosa en niños y adolescentes, y 150 minutos semanales en adultos, con ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana. No se trata de convertirse en deportistas de élite: bastan pequeños cambios para notar mejoras en la salud.
Estos hábitos funcionan sobre todo en el ámbito de la prevención. Una vez que la obesidad se ha instalado, revertirla de forma clásica es mucho más difícil. Hasta hace pocos años, las alternativas se reducían a dos extremos. Uno era cambiar de hábitos —mejorar la alimentación y hacer ejercicio—, con escaso éxito: «La obesidad es una enfermedad muy compleja; tiene un componente genético. Cambiar los hábitos es muy complicado; es cierto que algunos lo son por comer mucho, pero hay muchos otros predestinados a ser obesos porque genéticamente tienen tendencia a no sentirse saciados», explica Delgado. Apenas un 5% de las personas que lo intentan por esta vía lo consigue.
El otro extremo lo representan los casos graves tratados con cirugía bariátrica, que reduce el tamaño del estómago o modifica el tránsito intestinal para limitar la cantidad de comida ingerida o absorbida. Son intervenciones muy eficaces y mejoran enormemente la salud, pero, como toda cirugía, conllevan riesgos.
En los últimos años ha surgido una tercera alternativa, la farmacológica, que está dando buenos resultados. Han aparecido medicamentos que ayudan a acelerar la saciedad. Como explica Delgado, la necesidad de comer en exceso podría tener un origen evolutivo: «Hubo un tiempo en el que nuestra especie comía más de lo necesario para acumular energía, porque podía pasar días sin alimento. Esa predisposición a no saciarse tenía sentido entonces, pero hoy, con alimentos disponibles a cualquier hora, juega en nuestra contra».
Los nuevos fármacos contrarrestan esa tendencia ofreciendo una sensación de saciedad mucho más rápida, lo que permite perder entre un 10% y un 20% del peso corporal en poco tiempo. Pero requieren prescripción y control médico. «Tiene que ser un efecto salud, no un efecto bikini; lo importante es que no se banalice y que haya un control médico integrado en una estructura de educación sanitaria, para ver las mejores opciones», subraya Delgado.
Además, su efecto desaparece cuando se dejan de consumir, y la persona vuelve a sentir más hambre. Por eso es esencial valorar cómo tomarlos, en qué dosis y buscar la mínima cantidad eficaz. También deben acompañarse de una dieta rica en proteínas y ejercicio físico de resistencia, para minimizar la pérdida de masa muscular. Estos medicamentos no solo ayudan a perder peso, sino que también reducen el riesgo cardiovascular y mejoran la función respiratoria.
En cualquier caso, hay que recordar que la obesidad es una enfermedad, aunque a menudo se ha estigmatizado como un problema de «glotones sedentarios». «No es tan sencillo; hay gente que tiene muy complicado mantener un peso normal», concluye Delgado. Con los nuevos tratamientos y un cambio real de hábitos, parece haber motivos para la esperanza de revertir una tendencia que, desde hace tiempo, resulta alarmante.