China silencia la Revolución Cultural

Se cumplen 50 años del estallido inspirado por Mao que costó la vida a dos millones de personas


pekín / e. la voz

A sus 82 años Jiang Zuzhui aún conserva la energía y la coquetería de cuando era bailarina. Su silueta menuda se escaquea entre los muebles del salón para dirigirse a un espejo. Se atusa el pelo, se pinta los labios de rosa claro y se gira risueña para coger un libro de fotos en blanco y negro que los integrantes del Ballet Nacional de China le regalaron por su 80 cumpleaños. «Es el reconocimiento a toda una vida dedicada al ballet», dice orgullosa antes de puntualizar que «no hay que contar los años oscuros».

Jiang tenía 32 años cuando empezó la Revolución Cultural (1966-1976) que marcó la historia reciente de China. En aquel momento estaba en la cumbre de su carrera profesional. «Ya no bailaba porque me habían ascendido a directora de coreografías del ballet más importante del país», cuenta a La Voz mientras pasa las hojas del recopilatorio de fotos que sus compañeros editaron para ella.

Pero su gesto se ensombrece cuando se le pide que precise donde estaba el 16 de mayo de 1966, cuando Mao ordenó acabar con los «revisionistas contrarrevolucionarios». «Estaba en Albania con el ballet y las funciones se prologaron hasta el mes de julio. Cuando volvimos a Pekín, todo había cambiado. Había mucho miedo y mucho recelo entre los compañeros. Éramos un grupo de 240 personas y las relaciones empezaron a tensarse», narra con el hilo de voz que le deja libre la tristeza.

Década de terror

La Revolución Cultural fue el último intento de Mao por acaparar todo el poder, después de haber perdido parte del control. Su nefasto plan económico denominado «El Gran Salto Adelante» había dejado decenas de millones de muertos a causa de una hambruna feroz y Deng Xiaoping y Liu Shaoqi, políticos moderados y eficientes, intentaron hacerse con las riendas del país.

Durante una década, China vivió una guerra civil encubierta. Mao pidió a los jóvenes que se rebelaran contra el orden establecido y se produjeron manifestaciones multitudinarias de apoyo al Gran Timonel en las que blandían su famoso libro rojo. Surgieron entonces los guardias rojos, jóvenes hombres y mujeres que se dedicaron a denunciar a profesores, artistas e incluso a sus propios padres a pesar de que esa denuncia conllevaba su ejecución. «Fue un estallido social de una escala sin precedentes», afirma Frank Dikotter, autor del libro La Revolución Cultural: La historia de un pueblo.

En 1968, Mao llamó a terminar con la cultura tradicional china, a la que consideraba contrarrevolucionaria. Pueblos y manuscritos históricos fueron devastados y de los más de 6.843 lugares reconocidos por su interés cultural, los guardias rojos destruyeron o dañaron cerca de 5.000. Los intelectuales y los artistas estaban en el punto de mira en una década de terror, que se saldó con 36 millones de personas perseguidas y cerca de dos millones de ejecutados, especialmente en las zonas rurales.

Jiang fue una de las millones de personas que fueron obligadas a marcharse al campo, a una escuela de reeducación. En 1970, uno de los bailarines, Liu Qintang, la denunció a ella y a otras 40 personas ante la mujer de Mao, Jiang Qing, quien ejerció de puño de hierro durante esa etapa. «Trabajábamos todas las horas del día cultivando o recolectando la cosecha. Fueron seis años muy duros que no olvidaré jamás porque truncaron mi prometedora carrera», afirma.

También la perdieron los padres de Ju Anqi, un director de cine independiente que acaba de estrenar una película en la que aborda esta oscura etapa de su país. «No es fácil hablar de esta etapa y por eso recopilé varios sucesos horribles que en todo el mundo sucedieron en 1968. En China, fue la revolución cultural. Mis padres fueron obligados a irse al campo a trabajar cuando acabaron la universidad. Las condiciones eran brutales y mi padre quedó discapacitado», cuenta a La Voz en su estudio de edición de Pekín.

Miedo a represalias

La película, Grandes caracteres, toma su título de unas consignas gigantes que en 1968 Mao mandó escribir en una cima de Xinjiang. «Mucha gente no sabe que eso existe porque es necesario subir con un avión para poder contemplarlas y distinguirlas», explica. «Larga vida a Mao» o «Sirve al Pueblo», se puede leer todavía hoy, según Ju Anqi, quien prefiere no dar más detalles por miedo a represalias.

Aunque la Revolución Cultural terminó en 1976, el mismo año en que murió Mao, las secuelas continúan hoy en día. Xi Jinping, el presidente, ha optado por silenciar el cincuenta aniversario de esta etapa pese a que no le es del todo ajena ya que su padre, Xi Zhongxun, alto funcionario del Partido Comunista, fue purgado y enviado al campo para reeducarse.

Ahora son muchos los analistas que comparan los tres primeros años del mandato de Xi con aquella época de Mao. El actual presidente chino se esforzado por concentrar el mayor poder en sus manos, ha aumentado el culto a su personalidad y persigue con puño de hierro cualquier signo de disidencia. También dentro del propio Partido Comunista ha purgado a altos «tigres» con el pretexto de la corrupción. Según Frank Dikötter, «los líderes chinos tienen miedo de que se recuerde la Revolución Cultural porque piensan que podría repetirse si se le da a la gente sencilla el poder de expresarse libremente».

«Las condiciones eran brutales y mi padre quedó discapacitado», afirma Ju Anqi

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