«Finlandia no es la tierra prometida»

leticia álvarez ATENAS /E. LA VOZ

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L. Álvarez

Miles de refugiados iraquíes dejan voluntariamente el país nórdico

17 may 2016 . Actualizado a las 12:42 h.

Mortadha recuerda con melancolía las largas caminatas por la ciudad de Tampere, Finlandia, cuando el aire frío cortaba su piel y sus sueños se congelaban. Llegó convencido de que los mensajes publicados en las redes sociales eran verdad. «En unos meses podrás tener trabajo, viajar por todo el continente y traer a tu familia». Él, que se curtió informando desde las trincheras iraquíes mientras su ejército luchaba contra el Estado Islámico, no soportó sentirse solo y marginado. Un joven decidido a empezar de cero en Europa que ahora está de vuelta en su piso de Bagdad, horas después de uno de los ataques más sangrientos del califato.

«Echo de menos la seguridad que tenía en el norte de Europa. aquí estoy 24 horas en alerta. Son sentimientos encontrados. No aguantaba la espera en la oscuridad de Tampere lejos de mi familia, pasaban los meses y solo comía y dormía. Todo estaba cerrado, no nos integrábamos. No aguanté más. Hoy me arrepiento. Ayer pasé por el mercado que hoy ha saltado por los aires», explica el joven periodista al otro lado del teléfono. «Somos una generación que ha crecido en la violencia y el sectarismo. Que nos traten como a diferentes es un error. A la larga solo aumentará el rechazo a Occidente», señala.

Los países del norte de Europa han sido y son, a pesar del cierre de fronteras, el destino preferido para los refugiados de Irak. 20.485 iraquíes, tres cuartos de los solicitantes de asilo, en su mayoría jóvenes, llegaron a tierras finlandesas en 2015. La presión a los suníes en parte de Bagdad, los kurdos acorralados por el Estado Islámico en el norte y la opresión de la minoría yazidí, son algunas de las causas de su huida desesperada a Europa.

Pero a pesar de que el país nórdico ofrece a los refugiados una de las retribuciones más altas, 316 euros por persona al mes, y el acceso a su sistema de educación, uno de los mejores de Europa, los plazos para la reagrupación familiar, el objetivo de la mayoría, superan los nueve meses. «Cancelan su proceso de asilo porque tienen familiares enfermos o bien alegan que Finlandia no es lo que esperaban. Hace frío, no pueden encontrar trabajo y por supuesto insisten en que traer a sus familiares es un proceso demasiado largo», explica Kaisa Härkisaari, oficial del servicio de Inmigración finlandés. Y es que el país está endureciendo los requisitos para obtener el estatus de refugiado. Como en el resto de estados, llegar a Finlandia no es garantía de conseguir la protección internacional. El Gobierno finlandés ha cifrado en 20.000 las solicitudes de asilo rechazadas, más de la mitad, que se presentaron en 2015. Una cifra que tendrán que revisar después de que miles de ellos hayan dejado el país.

El morenito

«Vinimos pensando en una vida ideal pero Finlandia no es la tierra prometida», relata Hajras, traductor en la base americana de Bagdad. El 4 de marzo terminó también para él su experiencia europea. Después de siete meses en Finlandia subió a una de las aeronaves fletadas dentro del programa de retorno voluntario. «En ese avión éramos todos refugiados y no solo jóvenes, también había familias», explica. El pasado año 632 iraquíes volvieron a sus casas con el programa de retorno voluntario, pero son muchos más porque la mayoría se costea su billete de vuelta o busca ayuda en su embajada. Este año la Organización Internacional para las Migraciones, OIM, señala que las cifras serán muy parecidas. Según sus datos, otros países [Alemania, Grecia y Holanda] están superando a Finlandia en el número de retornados a Irak.

«Me miraban como si fuera el morenito. Como si estuviera allí para quitarles el dinero. Yo llevo toda mi vida trabajando. No me sentía cómodo», explica Hajras. «El contraste es muy grande. Nosotros estamos acostumbrados a hablar, pasear, reunirnos en cafés y gritar. En Finlandia era todo frío. Además, había racismo», insiste. El traductor iraquí denuncia la escasa integración que ofrece la sociedad finlandesa donde la vida se hace dentro de casa y ellos estaban solos. «Cuando llegué a Irak rompí a llorar y abracé a mi madre», sentencia.

La semilla del racismo en los países nórdicos germinó en Finlandia. Los Soldados de Odin, un colectivo de ultraderecha que quiere expulsar a los refugiados, comenzaron a patrullar las calles del sur del círculo Ártico en diciembre del año pasado. Su organización racista cuenta con diversas filiales en Noruega y Estocolmo, y amenaza con expandirse a los países bálticos. Se denominan patriotas y su fundador, Mika Ranka, tiene antecedentes penales por agresión. Las redes sociales son su principal arma de propaganda. Bajo el anonimato acusan a los demandantes de asilo de acosar sexualmente a las mujeres.