Los ojos de la niña afgana

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La idea, ingenua, de que una fotografía puede «contar la verdad de una historia» es casi tan engañoso como manipular una instantánea

04 jun 2016 . Actualizado a las 11:10 h.

En la famosa fotografía de Franco y Hitler en la estación de Hendaya, la cara de Franco no es la de ese día. El Caudillo cerró los ojos justo cuando el fotógrafo disparaba su cámara, así que en Efe tuvieron que recurrir a un truco: le pegaron otra foto de su cara encima. De paso, le pusieron una medalla que no llevaba y le dieron unos centímetros más de altura para que no contrastase tanto con el Führer, que no era bajo -quienes creen que sí piensan en Chaplin haciendo de Hitler-.

Me acordaba de esto al conocer el enésimo escándalo en el mundo del fotoperiodismo. Se acusa a Steve McCurry, una leyenda de la fotografía documental, de haber manipulado algunas de sus obras, borrando aquí un cable, allá una señal de tráfico, un personaje que estorba... Se alega que estas cosas se pueden hacer en la fotografía artística, pero no en el fotorreportaje, que se supone que debe contar simplemente la verdad.

Es un debate interesante pero, en el fondo, académico. Está bien que los fotógrafos fijen los límites de lo que consideran aceptable en su oficio, y McCurry los ha rebasado y se ha defendido mal -su primera reacción fue culpar a su ayudante-. Pero promover la idea, ingenua, de que una fotografía puede «contar la verdad de una historia» es casi tan engañoso como manipular una instantánea. Incluso cuando una fotografía no ha sufrido retoques -suponiendo que una foto no sea ya un retoque de la realidad misma- nunca cuenta una historia. La historia se la atribuimos nosotros al proporcionarle un contexto. Y raramente las dos cosas -fotografía y contexto- son verdad las dos, o verdad de la misma manera.

De hecho, si el escándalo en torno a McCurry ha trascendido tanto es porque es el autor de una de las instantáneas más famosas de la historia de la fotografía, la de la niña afgana, que a mí me parece una foto manipulada, aunque no por el fotógrafo, sino por lo que ahora se verá.

La foto, el retrato de una de tantas refugiadas de la primera guerra de Afganistán, se hizo célebre al aparecer en la portada del National Geographic de junio de 1985. Sobre todo, se ha convertido en un símbolo del sufrimiento de las mujeres y la lucha por sus derechos. Las oenegés la utilizan con frecuencia en su cartelería. Es la Gioconda del siglo XX. Contra lo que piensan muchos, la Gioconda no sonríe, y esta niña tampoco. Mira a la cámara sin verla, con un gesto ambiguo de desconcierto y miedo. Los ojos verdes son la clave. Añaden un detalle inesperado que centra la imagen y la singulariza. Ahora, algunos lo cuestionan. «Ya no queda ni la certeza» escribía estos días un comentarista, «de que los ojos verdes de la niña afgana son realmente verdes».

Pues lo son. De hecho, fue gracias a ese color de ojos que se pudo localizar a la niña afgana cuando National Geographic la buscó en el 2002. Todas las mujeres de los campos de refugiados decían ser ellas la niña en cuestión; así que, como en un cuento de la Cenicienta con un giro oftalmológico, se empleó un programa informático de reconocimiento del iris, que reveló, con una probabilidad cercana al cien por cien, que la verdadera niña era Sharbat Gula, una mujer pastún.

Pero había un problema: Sharbat no se ajustaba bien a la historia que supuestamente contaba la foto. Resultó que era inequívocamente partidaria del régimen talibán, que acababa de ser derrocado precisamente enarbolando su imagen. «Con los talibanes vivíamos mejor», declaró cuando le preguntaron. «Había paz y orden». Ya no le preguntaron más. Interesaban sus ojos, no sus opiniones. Digamos que se le aplicó el Photoshop.