«Las heridas dejan de doler»

Los campos de refugiados están llenos de mujeres solas y valientes que huyeron de una Siria en guerra con sus hijos a cuestas y que llevan el peso de salvaguardar la vida de la familia


Atenas / E. La Voz

Son las que llevan el peso de la familia. Luchadoras y valientes. Dejaron un país en guerra con sus hijos en brazos. Cuentan su historia en la intimidad, sin velo ni tapujos. Un 40 % de los refugiados atrapados en Grecia son mujeres y niños. Aguantaron hasta última hora, cuando la ruta se estaba cerrando, para arriesgar sus vidas. Ahora están aquí, solas. Wafa Kawas, Nawall Mathiab y Batool al Assaf nos abren las puertas de su nuevo hogar, tiendas de campaña que califican como un «infierno». A través de las lonas de plástico escuchan peleas y su corazón se dispara cuando sus hijos gritan a lo lejos «mamá».

«Lo tengo que hacer todo sola. Yo que tenía una vida en Idlib (Siria), perdí mi casa. Perdona por mi ropa. Hace meses que no puedo cambiarme el velo ni siquiera los pantalones». Nos recibe Waffa con sus tres hijas correteando por la tienda de campaña. Es una conversación de mujeres así que nos deja ver su larga melena rizada. Suspira por el calor. Confiesa que ha pasado miedo en el camino y que no deja a sus hijas salir fuera del campo de refugiados. Teme que alguien se las puedan llevar, las secuestre. «No sabes lo que he llegado a escuchar», relata. Waffa apenas habla inglés y se siente arropada por sus vecinos sirios. Cuando empiezan los empujones en la cola para la comida ella aprieta los puños y aguanta. 

Reunificación larga

«Tomé la decisión de marcharme cuando vi el cuerpo de mí tío, su mujer y los niños destrozados por las bombas», ese día pensó: «No quiero que nos pase lo mismo» y caminó sin parar. «Cuando eres mujer y escapas rodeada de mafias, terroristas y criminales caminas hacia delante y no te detienes. No hay espacio para lamentaciones. Las heridas dejan de doler», argumenta. Su marido está en Alemania. Llegó cuando Angela Merkel daba la bienvenida a los sirios, todavía no tiene el estatus de refugiado por lo que la reunificación de la familia podría demorarse más de un año. Pero nadie ha informado a Waffa de su situación. «Intento no llamar la atención para evitar problemas», explica. Y así está aislada.

Aguantan el dolor solas. El marido de Nawal era doctor, murió en un bombardeo en el campo de Yarmuk, en la periferia de Damasco. Cuando lo recuerda rompe a llorar. No encuentra consuelo, necesita ayuda, alguien que la escuche. Pero está sola, huyó sola y vive atrapada con sus dos hijas en un campo de refugiados en Grecia. Al trauma de la guerra se suma la espiral de sin sentido que está viviendo los últimos tres meses. A penas mueve su brazo derecho, aún así se empeña en prepararnos un té. «Lavo la ropa, intento que las niñas coman y lucho cada día por mantener la dignidad», explica.

«No paso miedo, todo el miedo ya lo sufrí en Siria. Lo que no aguanto más es esta situación de miseria», y su cara de cansancio así lo atestigua. Nawal y sus hijas tuvieron que pisar cadáveres mientras huían de la guerra. Su sueño es volver a tener un hogar. «Es muy difícil para nosotras ducharnos al aire libre con hombres cerca. Tener que pelear con ellos por la comida y el aseo personal, apenas podemos mantenernos limpias», se queja Nawal sobre la situación de las mujeres en los campos de refugiados.

Batool al Assaf, economista siria de Alepo, nos acompaña en este recorrido por la vida de las mujeres refugiadas. Ella también lo es. Se considera afortunada porque su marido las acompaña en este viaje. «Para ducharme caliento agua dentro de la tienda de campaña y como puedo me limpio», explica. «El ruido es insoportable por las noches no podría imaginar estar aquí sola sin marido», confiesa. «Pero como puedes ver a la mujer siria e iraquí le ha tocado ser fuerte incluso la que vienen de una familia tradicional ha dejado atrás los miedos», explica. Y su dolor no lo muestran a nadie, por eso es importante escucharlas.

Una mención especial para el resto de mujeres que encontramos en este largo camino, como Alí que perdió a su hijo por las patadas que le propinó la policía turca, o las tres coquetas hermanas Bushra, Manar y Zahra que ya habían olvidado lo que era ponerse colorete y pintarse los labios. El día que abrí mi bolso recordaron lo que era ser adolescente. Muchas veces la mujer refugiada se convierte en la madre de jóvenes no acompañados que estallan en cólera. Son ellas las que ponen cordura en los clanes de familias y amigos que hay en los centros de refugiados de Grecia. Y muchas están solas.

Turquía amenaza con dejar de ser la «barrera» de los problemas de la Unión Europa

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, declaró ayer que el caso armenio es utilizado como «chantaje» contra su país, y que Ankara nunca lo aceptará.

En su reacción más dura desde la aprobación el jueves por el Bundestag de una resolución que califica de genocidio la matanza de armenios en 1915, Erdogan amenazó con dejar de ser una «barrera» a los problemas de Europa, en referencia al acuerdo migratorio, si estas controversias no se resuelven.

«El caso armenio es utilizado en todo el mundo como un chantaje interesado contra Turquía», explicó Erdogan en un discurso televisado en el que no ahorró críticas contra Alemania y toda la UE. «O resolvemos los problemas de forma justa o Turquía no será una barrera frente a vuestros problemas y os dejará solos con ellos», advirtió.

Añadió que su país sí reconoce que hubo matanzas de armenios, pero nunca admitirá que aquello se trató de un genocidio. «Lo subrayo una vez más. No hay nada en nuestro pasado de lo que avergonzarse. Pero todos esos países que nos culpan del genocidio armenio tienen la sangre de millones de personas en sus manos», denunció.

Erdogan señaló que Alemania es el último país que debe hacer acusaciones sobre genocidio y que primero debería «redefinir el Holocausto».

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