Clinton tiene cien días para derrotar el recelo que despiertan ella y su marido

La animadversión al matrimonio puede hacerle más daño en las urnas que Trump


nueva york / e. la voz

Odiado por unos y admirado por otros, el matrimonio Clinton no ha pasado inadvertido desde que llegó a la Casa Blanca en 1992 bajo el lema «dos por el precio de uno». Bill como presidente y Hillary como primera dama simbolizaron un cambio generacional que nada gustó a los republicanos en Washington.

Para los conservadores, el matrimonio recordaba la contracultura de los años 60, del movimiento jipi o el de la liberación sexual. Veían a Bill Clinton como representante de esa generación, no en vano fue el primer presidente en reconocer que había fumado marihuana. En paralelo, Hillary Clinton escapaba del papel más protocolario de primera dama y lideraba reuniones de gobierno, el colmo para los republicanos más derechistas, que se echaban las manos a la cabeza presenciando escándalos como el de Monica Lewinsky, o Whitewater.

Desde el comienzo, la dinastía Clinton se vio envuelta en una espiral polémica que la acompaña hasta el presente y que, según numerosos analistas, puede ser incluso el mayor obstáculo para que EE.UU. tenga en noviembre su primera mujer presidente. Hillary inicia la recta final a la Casa Blanca salpicada por altercados que desesperan a sus más cercanos. El tirón de orejas del FBI por el uso irregular de un servidor privado, cuando estaba al frente del Departamento de Estado enfadó a sus propios compañeros de partido, que ya lidiaban con las críticas contra Clinton por unas relaciones con Wall Street procelosas: «Yo no acepto dinero de los grandes bancos», le reprochó en primarias su rival, Bernie Sanders. Él es otro frente abierto para Clinton, ya que sus partidarios no le perdonan los movimientos en la sombra para enterrar la figura del senador. Está claro por tanto, que uno de los principales retos para Clinton está dentro de su propio partido: vencer la animadversión que provoca en el ala más izquierdistas, además de la que despierta entre el votante blanco y trabajador del cinturón industrial de EE.UU., que mira de reojo a Donald Trump receloso de la cercanía de los Clinton a sus donantes banqueros.

La inquina a Clinton no se queda dentro de las fronteras estadounidenses. En los últimos tiempos, también ha puesto en guardia a Rusia, enemigo histórico de EE.UU. Y es que, si Vladimir Putin estuviese detrás de los ataques informáticos que han sacudido al Partido Demócrata, no sería solo porque le gustan los puntos de vista prorrusos de Trump. «El exagente del KGB odia a Hillary Clinton con tal intensidad que su objetivo es avergonzarla y hacer descarrilar su campaña», dicen funcionarios estadounidenses a la NBC News. El jefe del Kremlin no olvida que en el 2011 la exsecretaria de Estado se refirió a su proceso electoral como un «fraude» o que comparó los argumentos de Putin para invadir Crimea con los utilizados por Hitler en los años treinta. «La señora Clinton nunca ha sido muy elegante en sus declaraciones. Es mejor no discutir con las mujeres», contestó entonces el presidente ruso. Putin sabe que el talón de Aquiles de Clinton es la desconfianza que genera. Un problema que siguen encarando desde su campaña y que, a tan solo cien días de las elecciones, puede ser mayor peligro para ella que su adversario, Donald Trump.

Cleveland y Filadelfia: dos visiones de país, dos estrategias opuestas

Estados Unidos se enfrenta a una de las contiendas electorales más impredecibles de su historia. Republicanos y demócratas ya han arrancado sus caravanas con rumbo a estados clave como Ohio y Pensilvania, por parte de Hillary Clinton y Tim Kaine, y Florida o Nevada, en el caso de Donald Trump y Mike Pence. Ambos partidos comenzarán a poner en marcha las estrategias perfiladas en las últimas convenciones de Cleveland y Filadelfia, dos cónclaves que pasarán a la historia no solo por el contenido, sino también por la forma en la que sus candidatos han definido sus posturas y la de sus respectivos partidos.

Los distintos escenarios reflejaron a la perfección la marcada diferencia del mensaje básico entre ambos, en el que el magnate optó por pintar un paisaje tenebroso y con pocas soluciones que no pasen por su elección, mientras su rival se apropiaba de un discurso optimista. «Vamos a construir un gran muro en la frontera para detener la inmigración ilegal», prometía Trump ante sus delegados. «Construiremos un camino a la ciudadanía para millones de inmigrantes que ya están contribuyendo a nuestra economía», replicaba Clinton. 

Beligerancia

La agresividad del republicano chocaba con la seguridad de la demócrata respaldada por pesos pesados del partido, entre los que se encontraban el presidente Obama, su esposa Michelle y los expresidentes Clinton y Carter, además de multitud de estrellas del mundo del cine y la música. El cónclave no pudo ser más diferente al republicano, cuyos oradores más destacados fueron los hijos y exempleados de Trump.

En cien días, los estadounidenses deberán elegir entre dos visiones completamente opuestas y que prometen una lucha sin cuartel. «La fórmula del desastre es la que promueve la corrupta Clinton que quiere una masiva subida de impuestos», denunciaba ayer el magnate. No hay alternativa para los demócratas. La beligerancia de Trump los obligará a hacer una campaña de inclusión cuyos objetivos pasan por registrar a tres millones de votantes más de cara a las elecciones de noviembre.

Los últimos sondeos reflejan una ventaja de seis puntos para la demócrata. Casi un 41 por ciento respaldó a Clinton, frente a un 35 por ciento que se quedó con el republicano, según la agencia Reuters. Es una diferencia demasiado ajustada para dos figuras que pondrán a prueba la solidez de la democracia estadounidense.

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