Joyce en sus propias palabras

Traducen por fin al español el libro de conversaciones con Arthur Power, que ilumina el lado más humano del autor del «Ulises»


Redacción / La Voz

Era James Joyce (Dublín, 1882-Zúrich, 1941) hombre parco en la palabra hablada -rehuía además los círculos bohemios como una pérdida irresponsable de tiempo que no se podía permitir- y amigo de manifestarse a través de la pluma y el papel. Por ello cobra tan magnífico valor la recuperación de este libro de conversaciones que por fin trae al español la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile, más de cuarenta años después de su aparición original en inglés. Parece que cuando se trata de Joyce hay que mirar a la fuerza al otro lado del Atlántico; antes (allí apareció en 1945 la primera versión española del Ulises, la de Salas Subirat, en Buenos Aires, publicada por el editor Santiago Rueda) y ahora (en la misma ciudad, El Cuenco de Plata sacó a la calle la primera traducción de Finnegans Wake, de la mano de Marcelo Zabaloy).

El libro de conversaciones está escrito por Arthur Power (1891-1984), un artista olvidable para la posteridad si no fuera por que se ganó el privilegio de la confianza y la amistad íntima de Joyce, al que conoció en una fiesta en Montparnasse, en el popular salón de baile Bal Bullier, en donde el escritor y su amiga editora Sylvia Beach celebraban la publicación del Ulises. Gracias a que a Power lo había plantado una lavandera con que se había citado, el pintor trabó un contacto con Joyce que iría fructificando poco a poco: ambos compartían el origen irlandés y eso los unió.

«Cuanto más sujetos estamos a los hechos, cuanto más intentamos causar la impresión correcta, tanto más nos alejamos de lo fundamental», dejó dicho Joyce en una reflexión sobre el arte de la escritura. Y este apunte podría servir para tasar al alza el valor de estas conversaciones, ya que Joyce no se sentía observado y se comportaba y charlaba con naturalidad, sin buscar el aplauso de nadie. Como un alumno aplicado, Power tomaba notas al llegar a casa tras sus encuentros, y sobre ellas reconstruyó las conversaciones en este tomito.

En ellas, Joyce expone sus gustos y fobias literarios, explica por qué Turguénev, Pushkin, Synge, Hardy o Tennyson le parecen superficiales o esnobs o melodramáticos y escasamente naturales. Prefiere la locura, lo oscuro, la exaltación, la profundidad psicológica a la perfección formal. Es así como defiende a Ibsen y su forma de afrontar preocupaciones reales de las personas. También a Chéjov. «El escritor moderno -asegura- tiene que enfrentar otros problemas, asuntos más íntimos e inusuales. Preferimos ir por los rincones buscando lo que ha permanecido oculto».

Además, desgrana algunos de los aspectos más delicados de su relación con Irlanda, de la que deplora su «furibunda y aburrida atmósfera política». Echa de menos la libertad «casi desesperada» que había en el Dublín de su época (y bajo el gobierno de los ingleses) y lamenta que tras la independencia Irlanda se haya dejado dominar por una aristocracia eclesiástica. La Iglesia, advierte, «lo devorará todo... Solo quedarán unos cuantos andrajos por los que no valdrá la pena luchar: seremos una segunda España».

Power y Joyce se enfadaron, pero el fruto de su amistad pervivirá.

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