Nuevo paso de Barack Obama para cerrar la prisión de Guantánamo

EE.UU. realiza la mayor transferencia de presos durante el mandato del demócrata


nueva york / e. la voz

«Vamos a cerrar Guantánamo», anunció Barack Obama el 24 de junio del 2007. En aquel momento, el demócrata era todavía aspirante a presidente de Estados Unidos, pero su declaración marcó un antes y un después en el sentimiento americano profundamente dañado tras los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York. «Se trata de cerrar un capítulo de nuestra historia. Refleja las lecciones que hemos aprendido desde el 11 de septiembre, las que necesitamos que guíen nuestra nación», reiteró meses más tarde desde la sala Roosevelt de la Casa Blanca y ya como comandante en jefe de la nación.

A lo largo de muchos años, una y otra vez, el presidente ha tratado de vaciar el centro a golpe de orden ejecutiva y así poder llevar a término su promesa, sin embargo, el muro republicano ha sido mucho más fuerte. Indestructible. Y es que la mayoría con la que han contado en el Congreso, les ha permitido frenar cualquier intento de transferencia de presos a cárceles del país, tal y como pretendía la Administración Obama. No importaron las permanentes condenas por parte de la comunidad internacional y organizaciones de derechos humanos, ignoraban que la mayoría de los reclusos jamás llegaron a ser enjuiciados porque no había cargos en su contra. Todo dio igual. La oposición republicana fue firme y el portazo no hizo más que repetirse.

De esta manera y a pocos meses de terminar su segundo mandato, Obama se queda sin tiempo y a contrarreloj trata de vaciar el penal instalado en la base naval estadounidense de la isla de Cuba. La última transferencia se ha produjo hace tan solo cuarenta y ocho horas, cuando el Pentágono anunciaba el traslado de quince prisioneros a Emiratos Árabes Unidos.

«La continuidad del centro de detención debilita nuestra seguridad nacional vaciando recursos, dañando nuestra relación con aliados y socios, además de alentar a extremistas violentos», aseguró Lee Wolosky, enviado especial del Departamento de Estado para el cierre de Guantánamo. Sus palabras volvían a sacar a flote la intención del presidente y justificaban la mayor transferencia de presos desde que Barack Obama llegó a la Casa Blanca en el 2009. Se trata de doce reclusos de Yemen y tres de Afganistán que en el país de destino, serán sometidos a programas de rehabilitación y supervisión. Así, el número de prisioneros que todavía permanecen en Guantánamo se reduce a sesenta y uno, después de los casi 800 que se registraron en el año 2002, tras los atentados del 11-S

Censura republicana 

Los reproches del lado republicano no tardaron en llegar, acusando al presidente de poner en riesgo la seguridad del país. «Se trata de una liberación imprudente», dijo el senador y excandidato Marco Rubio. «Somos una nación en guerra y nuestro comandante en jefe no debería de estar devolviendo operativos al otro lado», denunció por su parte Michael McCaul, republicano de Texas y presidente del Comité de Seguridad Nacional del Congreso.

Horas antes del anuncio y al hilo de su política de mano dura contra el terrorismo, Donald Trump, se había referido en un mitin a Guantánamo asegurando que su intención era mantener abierto el centro. Hillary Clinton, en cambio, defiende el cierre. La última palabra la tendrá el Congreso que salga de las elecciones del 8 de noviembre. 

Un hispano liderará el equipo de transición de Hillary Clinton

El exsecretario de Interior Ken Salazar liderará el equipo de Hillary Clinton encargado de preparar el traspaso de poder con Barack Obama si gana en noviembre. La formación de este equipo es tradicional en el proceso electoral estadounidense, para preparar la transición durante las semanas precedentes a la asunción del cargo del nuevo presidente en enero siguiente a la elección.

En el equipo figuran varios antiguos miembros de la Administración Obama. Además de Salazar, de origen hispano, están los asesores Tom Donilon y Neera Tanden.

Trump puede costar una generación de votantes republicanos

«Que Dios nos ayude», dijo George Shultz al ser preguntado sobre la posibilidad de una presidencia de Donald Trump. Su opinión no es baladí. Él fue el secretario de Estado con Ronald Reagan, el que consiguió el desenlace pacífico de uno de los periodos más complicados de la historia y el mismo que pronunció aquellas palabras que retumbaron en todo el mundo en 1988: «La guerra fría ha muerto».

Veintiocho años más tarde y en su propio partido, el actual candidato ha invocado aquel periodo para amparar sus extremos: «Durante la guerra fría teníamos una prueba de detección ideológica. Ya ha pasado demasiado tiempo, es hora de desarrollar una nueva prueba que detecte las amenazas que enfrentamos hoy», dijo Trump en un discurso en Ohio. El magnate volvió a escorarse en su retórica y lo hizo en aras de la lucha antiterrorista. Así, volvió a agitar el miedo en un nuevo intento de que a 84 días de las elecciones, las encuestas dejen de caer en picado. Sin embargo, el escrutinio extremo al inmigrante que propone, ha sido analizado en diferentes círculos donde el futuro de Trump, no pinta nada bien. 

Antes de septiembre

«Si no consiguen que el señor Trump cambie de concepto antes de septiembre, los republicanos no van a tener más opción que dar por perdido a su candidato y concentrarse en la carrera por el Senado y la Cámara de Representantes», dice The Wall Street Journal. Es más, el sentimiento de confusión es tan fuerte, que diarios como The Washington Post sostienen que la actuación límite del magnate podría significar pérdidas irreparables y costes tan altos para el partido, que se estaría hablando de los votantes de toda una generación. «Diferentes expertos conservadores están consternados por la falta de sustancia de Trump», añade el diario. «Es un bala perdida», dice sin tapujos Loren Byers, un republicano de Texas y miembro del Comité Electoral, en la web Politico. 

Lejos de amainar, el temporal empeora. En las últimas horas, Paul Manafort, jefe de campaña de Trump, se ha vuelto a ver salpicado por la polémica. The New York Times asegura que Kiev pueden demostrar que el Gobierno prorruso de Viktor Yanukóvich pagó ilegalmente a Manafort 12,7 millones de dólares en efectivo. «Toda sugerencia de que acepté pagos en metálico no tiene fundamento, es estúpida y sin sentido», sentenció la mano derecha del candidato republicano. La información no cae en saco roto teniendo en cuenta que el magnate ha profesado su admiración por Putin. Halagos, que muchos atribuyen a la influencia de Manafort. 

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