Tatuarse, una moda tan vieja como el hombre

Hace más de 5.000 años, el ser humano ya se tatuaba, pero fue en el siglo XVIII cuando Occidente redescubrió este arte


Redacción / La Voz

Ahora es una moda. Hasta hace unas décadas tatuarse era propio de macarras carcelarios, marineros de la mercante o de excéntricos. Hoy es una práctica habitual, especialmente entre los jóvenes, sobre todo a partir de la revolución social que se vivió en los años 70 y 80 del siglo pasado, cuando el movimiento hippie los popularizó.

Pero, ¿hubo tatuajes antes? Pues sí. No esa nada nuevo. Las tribus antiguas de medio mundo ya sabían cómo hacerlos. Hay constancia de que los pueblos del Neolítico tuvieron conocimiento de esta práctica. Testimonios de ello -pigmentos y útiles- los encontraron los arqueólogos en Siberia y en la cuenca del Danubio. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Ötzi, el hombre que murió en los hielos alpinos y que permaneció miles de años momificado bajo un glaciar. Hasta que el calentamiento del planeta hizo que Ötzi reapareciera. Su descubrimiento, además de desvelar que sufría artrosis, reveló que llevaba en su piel nada menos que 57 trabajos tatuados, muchos de ellos con un sentido espiritual para luchar contra el mal de huesos que padecía.

Y los egipcios de época faraónica fueron unos artistas del tatoo, aunque prefirieron emplear la henna para sus tatuajes, que eran vistos como símbolos de estatus social elevado, de ahí que fueran preferentemente los integrantes de la clase sacerdotal sus destinatarios. En América, las antiguas momias precolombinas y pueblos como mayas y aztecas también mostraban bajo la epidermis trabajos pictóricos, con igual tratamiento social.

Aunque el emperador Constantino -que le dio rango de religión de Estado al Cristianismo- los prohibió, todavía se marcaba a esclavos y a criminales con tatuajes, como harían los nazis siglos después con los judíos y gitanos. Incluso gente pudiente del imperio romano hacía gala de pequeños tatuajes con motivos simbólicos. La religión debilitó una práctica que fue asociada al demonio y a la nigromancia. Los tatuajes de estas épocas eran normalmente monocromos, con tinturas que iban desde el carbón, pasando por óxidos para los rojos. Sin embargo, los nobles -y también los famosos monjes-guerreros templarios que iban a combatir a Tierra Santa contra los infieles- acostumbraban a grabar cruces en su piel con el fin de que si morían en el campo de batalla fueran enterrados como cristianos por el enemigo.

La Edad Media supuso un retroceso por la rigidez del catolicismo sobre el cuerpo. Tatuarse era considerado un auténtico sacrilegio, pues suponía mutilar el cuerpo creado por Dios. Eso no excluyó que los hubiera. Donde no existía el cristianismo, caso de pueblos africanos, amerindios, o de la meseta asiática y la Polinesia, proliferaron. El descubrimiento por los europeos de esta última fue vital para que el tatuaje llegara a Occidente. Los viajes de James Cook a estas tierras mostraron miles de pueblos con pieles tatuadas casi por entero. De hecho, la palabra tatuaje proviene del samoano tatu. Era el siglo XVIII y Europa y Asia comenzaron a «imitar» los cuerpos coloreados de los nativos del Pacífico. En Japón hubo una fiebre de tatuajes entre la casta militar, extendiéndose después al pueblo llano, hasta el punto de que las autoridades acabaron restringiendo su uso.

El público más atrevido fue el de los marinos. Pescadores y capitanes lucían peces, anclas y otros símbolos relacionados con su oficio. La posibilidad de conocer mundo impulsó el desarrollo de pintarse la piel. Pero eran habas contadas. En esta época apareció en escena del primer tatuador oficial conocido, Martin Hilderbrandt, que aprovechó la guerra civil estadounidense (1891-1895) para ofrecer a los soldados de ambos bandos tatuajes a precios económicos. Liverpool acogió el primer negocio tatuador. A su expansión contribuyó Samuel O’Really, que en 1891 inventó la primera máquina de tatuar, que se inspiraba en un aparato creado por Thomas Edison.

Hasta pasado el meridiano del siglo XX los tatuajes se circunscribieron -además de a las gentes del mar- al mundo marginal. Drogadictos, prostitutas y criminales eran sus principales demandantes. La revolución social a partir de 1968 significó una apertura de la mente y del cuerpo, el redescubrimiento de lo primitivo, lo tribal y lo popular, y por tanto, su traslado en forma de pigmentos bajo la piel. Hoy, tras pasar a ser moda, esta técnica nada nueva ya ha ascendido a la categoría de arte.

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