Dinero físico: de la transición suave del BCE a la extinción escandinava

Países como Suecia o Dinamarca esperan enterrar los billetes y monedas en cinco años; la autoridad monetaria cree que el «cash» coexistirá con el virtual durante al menos una década


Bruselas / La Voz

El fin del mundo, la desaparición del libro en papel y el ocaso del dinero en efectivo. Son los tres advenimientos más esperados de los últimos 60 años, pero ¿qué hay de probable y de improbable en estas profecías? La primera ha sacado los colores a estafadores e iluminados. La segunda se ha convertido en leyenda urbana, pero ¿qué pasa con los billetes y las monedas? ¿Desaparecerán de nuestros monederos, huchas y colchones?

El sector bancario quiere forzar el cambio. Las transacciones y pagos electrónicos generan más comisiones, requieren menos infraestructura física y permiten un mayor control y seguimiento de los intercambios. Para algunos países el fin del efectivo se erige como el principal aliado contra los evasores fiscales y el crimen organizado. Las empresas de telecomunicaciones se frotan las manos. Sin embargo, los ciudadanos se niegan a enterrar el milenario método de intercambio que les permite mantener un control más estrecho sobre sus gastos a golpe de vista. Según cifras del Cambridge Security Iniciative, más del 80 % de las transacciones en el mundo se siguen haciendo en efectivo. El Bundesbank asegura que el 79 % de los pagos que se realizan en Alemania todavía se hace con billetes y monedas. El porcentaje cae al 52 % en países como Reino Unido y Francia. En el otro extremo están los países escandinavos. En Noruega, solo el 6 % de la población prefiere sacar el monedero. 

Las disparidades, especialmente dentro de la Unión Europea, dificultan una transición rápida. «No conseguiremos dar el salto con el actual nivel de fragmentación del mercado», asegura el ex comisario de Mercado, Michel Barnier. El Banco Central Europeo (BCE) reconoce que los pagos con tarjeta, moneda virtual y transferencias electrónicas con dispositivos móviles y aplicaciones aumentan a un ritmo del 8,5 % anual, pero cree que «la sociedad no está preparada para funcionar sin cash. El efectivo seguirá siendo indispensable como instrumento de pago en los años venideros», zanja la autoridad bancaria. «Contemplamos un escenario a medio plazo en el que coexistan múltiples formas de pago», reconocen fuentes de Bruselas, pero sus equipos están trabajando a toda máquina para culminar el mercado único digital y el propio presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, anunció su intención de convertir a la UE en un espacio de 5G y wifi gratis antes de que finalice la década, una infraestructura que facilitaría las transacciones electrónicas. El Consejo Europeo de Pagos cree que de aquí al 2020 «el efectivo puede ver disminuido su uso, pero en todos los lugares se seguirá usando por razones culturales».

El responsable de la plataforma de pagos virtual PayPal, Dan Schulman, lo niega tajantemente. El pasado enero aseguró que queda mucho camino por recorrer, pero que la desaparición del efectivo «es inexorable». Algunos, como el presidente del Deutsche Bank AG, John Cryan, están convencidos de que el cash tiene fecha de caducidad: 12 años. La profecía es respaldada por la OCDE, que ya en el 2002 auguró que «el destino del dinero es volverse digital». 

Hay países reacios a abandonar el papel moneda. Los austriacos llevan una media de 131 euros en sus carteras para las compras del día a día. Los alemanes, unos 109. Sus monederos contrastan con el de los holandeses, que salen de casa con 45 euros. ¿Por qué? Solo hay que echar un ojo al desarrollo de nuevos sistemas de pago y al apetito innovador en algunas partes del globo. 

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Adiós al dinero en efectivo Un futuro sin billetes y monedas. El auge de las nuevas tecnologías incrementa los pagos online y condena a la desaparición del dinero físico. Especialistas en pagos digitales como PayPal aventuran que el cambio llegará «muy pronto»

Escandinavia, adiós al papel

Dinamarca, Suecia y Noruega encabezan el pelotón de países a favor de una transición más rápida al dinero virtual. Sin ir más lejos, el Gobierno sueco propuso en el año 2014 terminar con el efectivo y va camino de conseguirlo. Desde el 2009 al 2015 la circulación de coronas suecas ha caído un 25 %. Cuatro de cada cinco compras en Suecia se hace de forma electrónica y más del 50 % de las sucursales bancarias no aceptan operaciones ni depósitos de dinero en efectivo. Los suecos prefieren tarjetas y aplicaciones móviles de pago para realizar sus compras. El valor de las operaciones en cash ha caído hasta el 2 % del total el año pasado y los expertos apuntan que a ese ritmo, el país podría dar el salto virtual en los próximos cinco o seis años. Nadie escapa a las ventajas del comercio electrónico, ni siquiera las Iglesias. Algunas ya disponen de cepillo digital. El vecino danés emuló la jugada y anunció eufórico el ocaso del efectivo para octubre del 2015. Una oleada de ataques cibernéticos en el mes de agosto obligó a replantear la estrategia; para entonces, el banco central ya estaba imprimiendo nuevos billetes.

A pesar del traspiés, el Gobierno también reformó la ley que obligaba a comercios y restaurantes a aceptar efectivo. Son tantos los negocios que se han sumado a la santa cruzada contra el efectivo, que los daneses ya se han hecho a la idea de que los billetes y las monedas desaparecerán. Noruega va a la zaga de sus vecinos. Sus bancos quieren que el efectivo pase a ser historia y alguno ha pedido al Gobierno que lo prohíba. «No tenemos planes de cambiar la ley en este momento (...) Hay muchos, incluyendo ancianos, que quieren seguir utilizando el efectivo y debe ser permitido», aseguró el portavoz del ministro de Finanzas, Tore Vamraak. 

Y en España, ¿qué?

¿Qué ocurre en países como Alemania? Para los germanos, al igual que sus pares italianos y españoles, el efectivo sigue siendo el rey. Solo el 21 % de las operaciones se hacen con métodos alternativos al cash. No se trata de una brecha generacional. Dos de cada tres jóvenes prefieren el efectivo, según un informe del Bundesbank.

El mayor miedo que impide dar el salto sin paracaídas hacia un mundo sin efectivo es el robo y la suplantación de identidad. Los sistemas de seguridad vigentes no garantizan que los ciudadanos puedan conservar sus cuentas si existe un ataque a la red. Otro riesgo es el de colapso. Si la red se cae o no funcionan los lectores biométricos o simplemente una banda electromagnética se desgasta, el consumidor se encuentra bloqueado.

¿Y qué pasará con esa parte de la población envejecida que no tiene conocimiento o acceso a sistemas de pago virtuales? El efectivo es en este sentido un sistema más inclusivo. La encrucijada, sin duda, está a la vuelta de la esquina.

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